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Nacionalismo y religión - 27 Octubre 2017

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Nuestra Palabra de Hoy, Comunicaciones, SJ
  Viernes, 27 Octubre 2017  
Nacionalismo y religión

Aunque solo sea por proximidad cultural o por la cantidad de hermanos nuestros migrantes en Cataluña vamos a hacer una reflexión teológico-religiosa del trasfondo político social de lo que está sucediendo allá en estos momentos. Vamos a recoger lo que el filósofo y teólogo Juan Antonio Estrada nos aporta con sus reflexiones y cercanía. Con frecuencia una perspectiva honda, a largo plazo y estructural da más luz que el estar metido en el remolino de lo coyuntural e inmediato. Sobre todo cuando no hay nada conclusivo y la pelota está en el aire.

Nuestro autor nos dice que “no conocemos sociedades sin algún tipo de religión. La pregunta por Dios recorre la historia humana y está vinculada a la búsqueda de sentido, a la necesidad de trascender lo inmediato y preguntar por la vida y la muerte, por el bien y el mal, por lo que es importante y por lo que no lo es. Preguntarse y darse un proyecto de vida es una necesidad constitutiva”. No basta con vivir y dejarse llevar por la sociedad, sino que toda persona necesita un plan de vida que le merezca la pena, que le dé sentido. Este ha sido el contexto en el que las religiones han sido importantes.

Pero hoy vivimos dos situaciones nuevas y convergentes. Por un lado, la llamada "muerte de Dios" en las sociedades occidentales: el deterioro creciente de la fe en Dios, la crisis de las iglesias y la pérdida de influencia de los valores religiosos de la sociedad. Junto a esto ha surgido la sociedad del consumo, que ha canalizado los deseos y búsquedas de las personas en la acumulación de bienes materiales.

El problema está en que lo "sagrado" no puede faltar en ninguna sociedad. No basta la abundancia material, necesitamos algo más que dé sentido a nuestra vida, metas y objetivos por los que luchar y vivir. El mundo desencantado necesita trascendencias y absolutos, no podemos vivir sin ellos. Si las Iglesias y las religiones no responden adecuadamente a esa exigencia, otras instancias las sustituyen.

La crisis de lo religioso es una de las causas del auge de los nacionalismos y viceversa. La patria, la nación y el Estado son las realidades sagradas, que ocupan el lugar vacío que han dejando las religiones. El "choque de civilizaciones" tiene raíces religiosas y nacionales al mismo tiempo. La religión se politiza, la política se sacraliza, y el nacionalismo deviene una corriente con connotaciones religiosas. La sacralización de lo político culmina cuando los nacionalismos se convierten en religiones seculares y utilizan las instancias religiosas. Esta ha sido la experiencia de diversos países y sociedades.

Ahora surge también en una Cataluña muy secularizada y con gran fervor nacionalista, como nuevo ejemplo de la religiosidad secular. Siempre está vigente el potencial del nacional catolicismo, adormilado pero omnipresente y que resurge ahora como españolismo reactivo y agresivo. Hoy no es la religión la que se impone, sino el nacionalismo y si hay que elegir entre las exigencias de la fe religiosa y las de instaurar la identidad nacional, se opta por la segunda. Es más fácil criticar al Papa, al Obispo y la propia iglesia, que criticar al líder del partido, a este mismo y a la propia patria. De luchar y morir por Dios, se pasa a hacerlo por la patria.

Ha ocurrido al revés: la sustitución del credo religioso por otro secularizado, o lo que es peor, la fusión de ambos que exige luchar por Dios y por la patria. Dios es de los nuestros y está con nuestra causa política, compite con otros poderes y deviene así una divinidad nacional. La tentación de la religión es engancharse al credo político, para sobrevivir y seguir influyendo. La Iglesia en lugar de ser instancia crítica, que cuestiona desde el evangelio a toda la sociedad y defiende al más débil, se alinea con una de las partes en la lucha política y renuncia a tender puentes contra los odios y la violencia. El componente emocional, se impone y ya no valen argumentos ni razones.

Consecuentemente subsisten los resentimientos, los deseos de venganza y la conciencia de fractura con los otros. Ya no se puede convivir con el que no tiene la misma opción política y se anula la democracia (vivir y expresarse con libertad en una sociedad plural) en favor de una identidad nacional sacralizada y maniquea (conmigo o contra mí). Incluso se aceptan previsibles consecuencias negativas porque se decide desde la pasión.

En estos momentos en que Carles Puigdemont renuncia a la convocación de las elecciones autonómicas, da paso a que sea el Parlament quien tome la decisión ante la posible aplicación del artículo 155 de la constitución española. Es decir, que el proceso aún sigue inconcluso y sin saber hacia dónde se decanta.

Ciertamente si nos parecen acertadas estas reflexiones de Juan Antonio Estrada, que recogemos y compartimos con ustedes pues ilumina lo que está pasando allá y, con otros parámetros, en muchos de nuestros países latinoamericanos.

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