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Radio Progreso

Hillary Clinton y JOH: ¿Dos campañas que se cruzan?

Oct 26, 2016

Honduras ha entrado en la campaña electoral del Partido Demócrata en momentos en que avanza el proyecto reeleccionista de Juan Orlando Hernández. La campaña en Estados Unidos de la fórmula presidencial Hillary Clinton – Tim Kaine tiene vasos comunicantes directos con la reelección de Juan Orlando Hernández. Porque Kaine tiene “un amor” en Honduras y porque JOH cuenta con el apoyo de Estados Unidos para seguir gobernando.

Pero sobre todo porque la inestabilidad, violencia y corrupción han carcomido a la institucionalidad hondureña que al gobierno de los Estados Unidos no le va quedando otro camino que tomar en “adopción” una democracia que luego de carca de cuatro décadas de procesos electorales continuos ya no solo dejó de crecer, sino que se quedó raquítica que ya no puede sobrevivir sin la inyección externa que le suministra el gobierno de los Estados Unidos.

El hombre que durante seis meses de 2015 fue masivamente rechazado por decenas de miles de personas con la consigna ¡Fuera JOH! tiene ya todo atado y bien atado para reelegirse como Presidente de la República en las elecciones de 2017. Mientras su poder se consolida y la campaña electoral que se avecina anuncia violencia, Honduras, un país insignificante en la política internacional, entró de lleno en la campaña del Partido Demócrata, que aspira dentro de pocas semanas a llevar a Hillary Clinton a la Casa Blanca.

Cuando la candidata Hillary Clinton anunció el 22 de julio a Tim Kaine como su compañero de fórmula para la Vicepresidencia, el nombre de Honduras ocupó espacios en las primeras planas de medios nacionales e internacionales. Justo cuando el país se hunde en el mayor de sus deterioros, y cuando todas las decisiones fundamentales se vinculan con hilos extraños a la identidad e intereses de la sociedad hondureña, más cerca se encuentra Honduras de los Estados Unidos. Cuando se avizora la campaña electoral más polarizada y destructiva en Honduras, más hilos la vinculan a la política de los Estados Unidos. 

Kaine, senador por Virginia y uno de los responsables de política internacional en el Senado estadounidense, declaró que su compromiso político sería impensable sin su experiencia de trabajo con sectores pobres a comienzos de los años 80 en este remoto y macóndico rincón de la costa norte hondureña que es El Progreso. “Esa experiencia me marcó -dijo Kaine en varias entrevistas-. Hay dos amores que dan fuerza a mi vida: el amor de mi familia y el amor a El Progreso, donde trabajé con los pobres y con los jesuitas”. Periodistas nacionales e internacionales se aparecieron inmediatamente por esta caliente y polvorienta ciudad de El Progreso buscando declaraciones de los jesuitas.

Días después de su selección para la Vicepresidencia, el 13 de agosto, “The New York Times” publicó un reportaje realizado por la periodista Sonia Nazario, Premio Pulitzer, en el que quiere asentar la idea de que Honduras dejó de ser el país más peligroso del mundo para ser el más seguro gracias a la política desarrollada aquí por el gobierno de Estados Unidos. La crónica de la periodista se enfoca en la “Rivera Hernández”, una zona al noreste de San Pedro Sula, el sector más violento de la ciudad más violenta del país y del mundo.

Nazario, quien un par de años atrás escribió un libro sobre el drama de los migrantes de Centroamérica en ruta hacia el Norte, destaca en su texto los magníficos resultados que han tenido las políticas estadounidenses para reducir la violencia en la turbulenta zona de la “Rivera Hernández”. “Hace tres años -así comienza su escrito- Honduras tenía la tasa de homicidios más alta del mundo, San Pedro Sula tenía la más alta del país y el vecindario “Rivera Hernández”, donde 194 personas fueron asesinadas o apuñaladas hasta la muerte en 2013, tenía la tasa de homicidios más alta de la ciudad. Decenas de miles de jóvenes hondureños viajaron a Estados Unidos para pedir asilo y alejarse así de la violencia de las pandillas y de los narcotraficantes”.

“Este verano -continúa- regresé a la “Rivera Hernández” para encontrarme con una reducción significativa de la violencia, en gran parte gracias a los programas desarrollados por Estados Unidos, que han ayudado a que los líderes de las comunidades combatan el crimen. Al tratar la violencia como una enfermedad contagiosa y transformar el ambiente donde se propaga, Estados Unidos no sólo ha ayudado a hacer que estos lugares sean más seguros, también ha reducido los problemas que padecían”.

Este reportaje en un diario de tanta influencia en Estados Unidos tiene la clara intención de abonar a la campaña de Hillary Clinton, destacando los éxitos de la política de seguridad de Estados Unidos en nuestro país. Y de paso, apoya también la campaña de Juan Orlando Hernández, pues la periodista no deja de referirse a la estrecha alianza de Washington con el gobierno hondureño, dedicado hoy a asentar su reelección en el imaginario nacional como el mejor camino para proseguir con la “Vida Mejor”, uno de los ejes de su propaganda.

Es así como la campaña demócrata Clinton-Kaine y la campaña reeleccionista de JOH aparecen vinculadas, usando ambas a los más pobres, particularmente a los jóvenes y niños víctimas de la violencia o en situación de riesgo social.  Mientras JOH usa a la gente miserable como fuerza proselitista a través de decenas de programas asistencialistas, políticos de Estados Unidos usan al país más miserable y violento del continente para probar que pueden gobernar “pacificando” a los violentos.

“Vamos por más cambios” dice uno de los eslóganes de Juan Orlando Hernández, copiándose del “Vamos por más victorias” uno de los de Daniel Ortega y su esposa en la vecina Nicaragua, de donde la pareja presidencial hondureña copia el ejemplo para avanzar hacia la concentración de poderes y decisiones personalistas.

“Honduras ya dejó de ser el país más violento del mundo. Ya no es ni el primero ni el segundo ni el tercero ni el quinto. Hay países vecinos que nos han quitado el puesto”, suele decir el Presidente, refiriéndose a la violencia que se ha apoderado de El Salvador con la intensificación del conflicto entre maras. Y ese logro --así lo cuenta a sus lectores Nazario--, es fruto del apoyo de las políticas de seguridad que Estados Unidos desarrolla en nuestro país.

En el marco de esas políticas uno de los programas es el de “Prevención de Violencia”, que se viene impulsando a lo largo y ancho de todo el territorio nacional. Entre sus componentes están los llamados “barrios modelo” y “colonias modelo”, lugares conflictivos en donde elementos del gobierno de Estados Unidos establecen alianzas con gobiernos locales y con instancias del Ministerio de Seguridad y de otros ministerios con el propósito de intervenir en esos espacios construyendo parques y lugares de recreación, mejorando la infraestructura pública y las instalaciones de salud y educación e instalando postas policiales con sus respectivas unidades motorizadas de patrullaje.

Las alianzas no las hacen sólo con los gobiernos locales, también con otros sectores de la sociedad civil, con patronatos e iglesias. A nivel nacional el programa ha establecido una buena relación de cooperación con la Alianza por una Sociedad más Justa (ASJ), instancia desde la que Estados Unidos impulsa otros programas relacionados con investigaciones, derechos humanos, incidencia y fomento de la democracia.

El programa “Prevención de Violencia” parece tener una línea específica vinculada a algunas iglesias evangélicas para diseminar mensajes religiosos que incidan en la población. Quien recorra Honduras con ojos avispados observará que son muchos los muros y paredes de todas las ciudades del país que tienen escritos mensajes religiosos. Algunos son citas textuales de la Biblia, otros son citas que se atribuyen a textos bíblicos, pero que han sido glosados con redacciones más atractivas. Son centenares, quizás miles, los mensajes pintados por doquier.

Tienen un mismo formato, un mismo estilo, un mismo tamaño de letra, los mismos colores y todos llevan los créditos de la iglesia evangélica “Iglesia Renacer”, lo que indicaría que esa iglesia tiene una notable capacidad para desarrollar una publicidad masiva… o tal vez se trata de una “iglesia de maletín” que está dando cobertura a la estrategia de la política de seguridad del gobierno de los Estados Unidos bajo el programa “Prevención de violencia”.

La periodista Nazario conoce perfectamente que Estados Unidos está metido hasta el tuétano en la política hondureña y que es el principal respaldo con el que cuenta el gobierno de Juan Orlando Hernández. Sabe también que Washington dejó de confiar en sus aliados tradicionales en Honduras, lo que incluye al gobierno de Hernández, al que trata con desconfianza, pero al que sigue apoyando al no tener otros sectores a quienes respaldar.

Honduras se ha convertido hoy para Estados Unidos en un territorio en emergencia por razones de seguridad. El masivo fenómeno de niños migrantes no acompañados ejerció una gran presión en Estados Unidos para que la política de seguridad que ya se venía desarrollando con fuerza en nuestro territorio adquiriera tintes de emergencia.

La avalancha humana rumbo al Norte se considera una “crisis humanitaria” y eso requiere de políticas de seguridad, que se están implementando actualmente, tanto en Honduras como en la ruta que recorren los migrantes. Crear barreras de contención políticas, legales, sociales, policiales, militares y sicológicas para detener el masivo éxodo de hondureños y de centroamericanos hacia Estados Unidos es uno de los objetivos de Washington, que ha sumado a la contención otras estrategias, entre ellas la captura y extradición de capos hondureños del crimen organizado y del narcotráfico, la prevención de violencia en barrios y colonias del país y el apoyo a nuevas generaciones de políticos que releven a los viejos aliados tradicionales, tan salpicados de corrupción y de vínculos con la delincuencia.

¿Es tan cierta la “pacificación” de la “Rivera Hernández” en San Pedro Sula de la que habla Nazario? Sus habitantes lo dudan. Siguen caminando por esas calles, trabajando en ese lugar y durmiendo en sus mismas casas con un miedo idéntico al que tenían hace tres años. Conocen los mismos datos de muertes macabras que hace tres años. Y sienten las mismas amenazas de las bandas juveniles y de la policía que sentían hace tres años.

Al menos en una de las fotografías que ilustra el texto de Nazario aparecen niños de padres asesinados en ese vecindario, de cuyas muertes el gobierno no ha dado ninguna cuenta, manteniéndolos en la más absoluta impunidad porque existe la fundada sospecha de que esos crímenes los cometieron personas o grupos directamente vinculados a autoridades policiales. Mostrar las fotos de esos niños, hijos de esos padres, como prueba de la “pacificación” es una grave falta de ética.

El texto de Nazario es propaganda electoral para Hillary Clinton, quien en 2009, cuando era Secretaria de Estado, no condenó el golpe contra el Presidente Manuel Zelaya, sino que dio a los golpistas ventajas sobre la delegación que representaba al gobierno defenestrado en las rondas de diálogo que se desarrollaron en aquella dramática coyuntura.

El carácter apologético de ese texto coincide también con el proceso de implementación de la Alianza para la Prosperidad aprobada por el gobierno de Estados Unidos para Honduras, El Salvador y Guatemala, un proyecto que ha despertado críticas y cuestionamientos, tanto en Centroamérica como en Estados Unidos. En la coyuntura electoral estadounidense el Plan encaja con el interés del Partido Demócrata de mostrar su compromiso con una política pro-migrantes, para distanciarse de la xenofobia del candidato republicano Donald Trump.

Pero, ¿es la Alianza para la Prosperidad un proyecto pro-migrantes? El discurso que acompaña esa Alianza insiste en que para detener la migración es necesario impulsar procesos de transformación en los países de origen, reduciendo la violencia con programas de educación y creación de empleos, calculando que eso no sólo detendrá la migración, sino que llevará a las sociedades centroamericanas del Triángulo Norte a respaldar la presencia interventora de Estados Unidos en la región.

750 millones de dólares son los recursos que destina la Alianza para los tres países centroamericanos, cantidad ridícula cuando se compara con las remesas que los migrantes hondureños enviaron a Honduras en 2015: casi 3 mil millones de dólares. Contrastar ambas cifras deja al descubierto la falacia de un proyecto que se publicita como un enorme apoyo para el desarrollo de Honduras, cuando sabemos que el trabajo de los más pobres es en verdad la “alianza para la prosperidad” de las familias más pobres de Honduras. Lo que necesita nuestro país, entre otros, son programas que promuevan que los fondos millonarios de las remesas no acaben engrosando las cuentas de la reducida élite empresarial del país.

Otra información que no encontramos en el texto de Nazario es que la educación en los centros escolares de la “Rivera Hernández”, de acuerdo a las informaciones recabadas en esa misma zona periférica sampedrana, la están impartiendo policías identificados por muchas personas de ese lugar como responsables de asesinatos y desapariciones de jóvenes. Es mucha la gente de ese lugar y de otros muchos lugares de Honduras que conoce de los vínculos de la institución policial con redes criminales. ¿Cómo hablar de “pacificación” si se entrega la educación a quienes son responsables de la “limpieza social” que tanto horror ha causado en ese barrio?

En Honduras persisten las señales de que la “limpieza social” -asesinatos que quedan impunes de jóvenes a los que, sin ninguna prueba, se les supone delincuentes-sigue vigente en barrios y colonias populares de las principales ciudades del país. Sabemos también que el 58% de los fondos destinados a Honduras en la Alianza para la Prosperidad serán destinados a programas de seguridad, entre ellos “pacificar” por vías militares y policiales y adoctrinar a niños y jóvenes. Será, pues, una “pacificación” sostenida en la fuerza y el miedo.

Hablemos un poco más de Tim Kaine, el candidato demócrata a la Vicepresidencia de Estados Unidos. Es, efectivamente, amigo de los jesuitas, y cuando habla de su experiencia en Honduras en 1980 y 1981, cuando colaboró con las obras sociales de los jesuitas de El Progreso, trasluce franqueza y honestidad.

En febrero de 2015 Kaine visitó de nuevo El Progreso. Actuó con mucha espontaneidad al encontrarse con los jesuitas y expresó su convicción de que la inversión en la educación de la juventud pobre y sin oportunidades es condición indispensable para el desarrollo integral de toda sociedad. En esta visita de Kaine se evidenció nuevamente como una persona buena y moralmente responsable. Pero en el engranaje institucional al que pertenece, el que sostiene el poderío de ese imperio que es Estados Unidos, se diluye su bondad personal.

Lo comprobamos cuando nos visitó en 2015. La visita fue concertada en noviembre de 2014 entre el senador y un sacerdote jesuita que lo visitó en su oficina en Washington. Unas semanas antes, su oficina envió la agenda que seguiría el senador, en la que destacaba un encuentro con los jesuitas y con sus obras sociales, por expreso deseo de Kaine. Sin embargo, sólo unos días después la agenda fue redefinida por otra oficina, vinculada al Departamento de Estado y a la embajada de Estados Unidos en Honduras. En esta nueva agenda las prioridades eran encuentros formales con las autoridades, imponiéndose así los intereses del gobierno más poderoso del planeta sobre los planes y deseos personales de Tim Kaine.

Por eso, aunque Tim Kaine conoce muy bien que el Presidente Juan Orlando Hernández usó fondos del Seguro Social para financiar su campaña política, un auténtico crimen en un país con un sistema de salud tan precario, y sabe también de los vínculos con el crimen organizado de oficiales de la Policía, del Ejército y de funcionarios muy cercanos al Presidente de la República, no pudo dejar de saludar amablemente al mandatario hondureño en Tegucigalpa y de recibirlo cordialmente en Washington.

Como senador, Tim Kaine ha realizado muchas obras buenas en su país y ha vivido su carrera política con probada honradez. Y cuando hace referencia a los años que vivió en Honduras siendo muy joven, siempre hace referencia a las lecciones de humanismo que recibió aquí de la gente más pobre.

Quisiéramos haberlo escuchado en alguna ocasión referirse al negativo papel que jugó en nuestro país el gobierno de Estados Unidos en los oscuros años 80, cuando Washington, bajo el gobierno de Reagan y en nombre de la doctrina de la seguridad nacional, convirtió nuestro territorio en plataforma desde la que hacer la guerra contra la revolución nicaragüense y las guerrillas de El Salvador y Guatemala.

Ni siquiera le hemos escuchado referirse a la desaparición en septiembre de 1983 de su compatriota, el sacerdote estadounidense Guadalupe Carney, víctima de un operativo combinado entre militares hondureños y estadounidenses. No ha acompañado tampoco a los familiares de Carney, también compatriotas suyos, que durante muchos años han realizado infructuosamente esfuerzos para conseguir del gobierno de Estados Unidos alguna información sobre el lugar donde quedaron sus restos.

¿Cuál será el comportamiento de Tim Kaine si llega a ser Vicepresidente de Estados Unidos? Con lo que ya sabemos del senador y del país que representa podemos especular que buscará hacer cosas buenas en beneficio de la población más pobre de Honduras, de Centroamérica y en general de los países empobrecidos del planeta. Por eso, probablemente influirá para que aumente el presupuesto de organismos como la AID, enfocados en programas de asistencia en educación, ayuda humanitaria, desarrollo local y beneficios a pequeños y microproductores y empresarios.

Seguramente, Kaine apoyará iniciativas orientadas a beneficiar a miles de migrantes latinos que ya estén en territorio estadounidense y propondrá leyes que dignifiquen a esa población, tan discriminada por su origen y por su estatus de “ilegales”. Velará también por la ampliación de las libertades públicas y los derechos sociales de todos quienes integran la sociedad de Estados Unidos.

A la vez, Kaine guardará prudencial silencio ante las políticas militares de la Casa Blanca y mantendrá una estrecha relación con el Comando Sur, especialmente en sus proyectos para México y Centroamérica, aunque cuidando que se respeten los derechos humanos. Mantendrá buenas relaciones con los gobiernos de América Latina, especialmente con los centroamericanos, respaldando políticas de ayuda bilateral que fomenten el desarrollo social y económico y fomenten a las medianas, pequeñas y microempresas, enfatizando que la ayuda de Estados Unidos incorpore mecanismos de fiscalización y transparencia en el uso de los recursos. Seguramente será firme en combatir la corrupción y en fortalecer las instituciones de justicia para erradicar la impunidad y tendrá como prioridades el respeto a los derechos humanos, el Estado de Derecho y la celebración de procesos electorales legitimados por la transparencia y la observación internacional.

Y, aunque se interesará porque surjan nuevas generaciones de políticos que sean auténticos servidores públicos, trasparentes en el uso de los recursos públicos, seguirá manteniendo las mejores relaciones con las élites empresariales y políticas de la región latinoamericana, particularmente con las de Centroamérica y México. Honduras no será la excepción en ese mundo de “las mejores relaciones”, aunque Kaine se esmere en beneficiar a los sectores hondureños empobrecidos con los que han trabajado los jesuitas y que tanto contribuyeron a moldear su compromiso social.

¿Será así, se comportará así Tim Kaine? Sea lo que fuere, no hay duda de que Honduras, un país empobrecido por políticas definidas siempre afuera, sin contar con la inmensa mayoría y, con frecuencia, en contra de esa inmensa mayoría, ha entrado en la agenda electoral del Partido Demócrata en el momento en que se fortalece la reelección de Juan Orlando Hernández.

En marzo de 2017 se elegirán los candidatos de los partidos políticos que competirán en las elecciones generales de noviembre de 2017 y los “éxitos” de la “pacificación” que lleva a cabo el gobierno de Estados Unidos son uno de los activos de la campaña reeleccionista de Juan Orlando Hernández. Él lo sabe y por eso hace jugadas tan contradictorias como eficaces. Se compromete en Ginebra a retirar al Ejército de las calles, a donde lo envió a garantizar la seguridad ciudadana. Agudiza el cuestionamiento a los altos jefes policiales para dejar puertas abiertas para que la Comisión de Depuración creada al calor de sus intereses vaya debilitando la institucionalidad policial y envíe al desempleo a centenares de policías. Pero en los últimos días de agosto crea dos nuevos batallones de la Policía Militar del Orden Público, mejor conocida como la Policía Militar a la Orden del Presidente.

Todos estos movimientos los realiza Juan Orlando Hernández mientras va recubriendo de legalidad su reelección. En la tarea de controlar todas las instituciones nacionales y en la de retorcer leyes para darle legitimidad, lo alienta la experticia de Daniel Ortega, que ha hecho igual en Nicaragua. En él ve Hernández que, cuando se logra tener en las manos todos los hilos de un país, se logra no sólo, reelección tras reelección, sino también un régimen familiar.

El equipo de Juan Orlando Hernández boicoteó la iniciativa de la sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia, que indicó que debía realizarse un plebiscito para que la población decidiera si quería o no la reelección. Y en agosto, con artimañas, el Presidente logró que la Corte pusiera fin al debate con esta formulación “El asunto de la reelección es cosa juzgada”.

La reelección del Presidente se ha convertido en motivo de inestabilidad y de confrontación. En las campañas que se avecinan confluirán las polarizaciones, amenazas, violencias y agresividades acumuladas en la sociedad hondureña en las últimas décadas. Se prevé una campaña violenta y peligrosa, en la que la reelección será detonante de muchos conflictos.

Las redes sociales ya lo anticipan. En los últimos días de agosto, a raíz del lanzamiento de Xiomara Castro, esposa de Mel Zelaya, como pre-candidata por el partido LIBRE, las amenazas de muerte contra dirigentes de ese partido proliferan en Twitter y Facebook, donde aparecen rostros de personas reales esgrimiendo armas pesadas también reales. Se amenaza también a través de mensajes y llamadas telefónicas. ¿Qué pasará cuando inicien las campañas?

Las vísperas, ya violentas, están indicando que la fiesta electoral será una guerra entre el sector de la extrema derecha hondureña, liderado por el Presidente y una oposición sin más vertebración que la frágil coincidencia en el rechazo de su reelección. Con un proyecto tan extremista como el del sector reeleccionista podría esperarse que los diversos sectores sociales opositores estarían firmemente unidos en un proyecto común. Pero no es así. Ni siquiera dentro del partido LIBRE existen líneas articuladoras sólidas. Tampoco las hay entre LIBRE y los otros partidos de oposición.

Es de esperar que ante la ausencia de una oposición política partidaria vertebrada, crezca la conciencia organizativa y movilizadora de los diversos sectores no partidarios que, desde las luchas territoriales y por temáticas específicas, articulen un esfuerzo nacional en contra del proyecto autoritario de Juan Orlando Hernández, ya que un esfuerzo centrado únicamente en el tradicional proselitismo electoral redundará inevitablemente en dar legitimidad a la reelección presidencial.

Articular los esfuerzos contra el extremismo neoliberal, expresado en el extractivismo, la privatización de los bienes comunes y los bienes públicos y las alianzas público-privadas que imponen las corporaciones transnacionales, es lo único que podrá enfrentar en mejores condiciones esta nueva coyuntura electoral, conduciendo a visiones de mediano plazo y a los cambios profundos que Honduras necesita.

 

Padre Melo

Ismael Moreno, SJ. Sacerdote jesuita director del ERIC y Radio Progreso, obras de la Compañía de Jesús en Honduras. 

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