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Radio Progreso

Un fraude con sabor a golpe de Estado con modalidad electoral

Dic 30, 2017

El 22 de diciembre el Departamento de Estado del gobierno de Estados Unidos reconoció a Juan Orlando Hernández como presidente electo. Con su decisión calló a Luis Almagro, Secretario General de la OEA con su llamado a nuevas elecciones, y condenó a los manifestantes hondureños a quedar al margen de la ley, y por eso mismo, expuestos a las arbitrariedades de los órganos de seguridad y de fuerza de un Estado hondureño organizado en muy poco tiempo para defender las arbitrariedades de un reducido sector de políticos y empresarios liderado por Juan Orlando Hernández, quien como se sabe, supo aprovechar su investidura para controlar los otros poderes del Estado para impulsar su candidatura de facto a la inconstitucional reelección presidencial.

El presidente que el Departamento de Estado eligió

Los promotores del fraude anunciado y ejecutado antes, durante y después del 26 de noviembre quedaron con la razón, con la ley y con las armas apuntando a transgresores del orden público. Los que se oponen al fraude y demandan nuevas elecciones o rechazan una dictadura, quedan fuera de la ley. Washington hizo caso omiso a todas las voces y protestas que denunciaron el fraude y exigían anulación de elecciones y la convocatoria a nuevos comicios. Con su reconocimiento, el gobierno de Estados Unidos dio su espaldarazo al desacreditado Tribunal Supremo Electoral quien, a través de su presidente, David Matamoros, oficializó el día 17 del mismo mes de diciembre los resultados electorales que dieron por triunfador al presidente hondureño.

Una vez que Washington reconoció al presidente electo, el grueso de la comunidad internacional dobló sus rodillas. Los países comenzaron oportunos y con celeridad, como en concierto armónico, a publicar sus cartas de felicitación al nuevo presidente electo, y todos, sin excepción, haciendo eco del llamado al diálogo nacional, convocado por el mismo presidente Hernández, para buscar consensos que pusieran fin a la crisis política hondureña. El reconocimiento en su conjunto dejó entre líneas diplomáticas que en Honduras hay un problema, que en una dosis importante de ese problema reside en el gobierno al que reconocen, y por eso mismo la sociedad debe tener una participación activa en la búsqueda de resolución de la crisis.

El poder de Estados Unidos se hizo sentir con toda su fuerza. Bastó que hablara para que los demás rompieran el silencio. No importó la protesta contra el fraude. No importó si hubo o no hubo fraude en las elecciones del 26 de noviembre. Tampoco importó el país en que había ocurrido esta crisis. Lo que importó para la llamada “comunidad internacional” fue su sumisión a la palabra dictada por Washington. Una vez más quedó patente el poder del imperio y la inexistencia de países como Honduras. Lo que pase en el presente y el futuro a este país es lo de menos. Si se despedazan sus gentes por conflictos internos, si se instaura una dictadura, eso no interesa. Lo que pesa son intereses geopolíticos y financieros. Y para esto la comunidad internacional necesitará siempre estar bien con lo que quiere y dice Washington.

El miedo a un fantasma geopolítico, ganó las elecciones

El miedo a un fantasma ganó las elecciones hondureñas del 26 de noviembre pasado. Un fantasma revoloteó por las oficinas hondureñas de los políticos de la extrema derecha primitiva, de la más alta élite empresarial, de algunas oficinas de un conspicuo sector autodenominado de “sociedad civil”, de los escritorios de misiones extranjeras, de misiones especiales de observadores, y especialmente de las oficinas de la Embajada Americana y en el buró de altos funcionarios del Departamento de Estado en Washington.

El miedo a un fantasma impuso finalmente la decisión que se decantó a favor del nada confiable en muchos de esos círculos Juan Orlando Hernández. Ese fantasma tiene nombre y apellido: Manuel Zelaya Rosales, un fantasma que, por estar en los hechos desprendido de sus rasgos humanos naturales, en todas estas oficinas acabó siendo tratado bajo la categoría de un auténtico mito, como si se tratara del monstruo de la laguna negra con los que los padres amenazan a los niños si no se van temprano a la cama.

No ha sido Juan Orlando Hernández quien propiamente ganó en esta vorágine política hondureña. No fue tanto el fraude el que por sí mismo se impuso. Si el gobierno de los Estados Unidos no se hubiese decidido por respaldar a Juan Orlando Hernández existían muchas razones para acusarlo de fraude y obligar al Tribunal Supremo Electoral a declarar ganador a Nasralla. No ganó Juan Orlando Hernández, tampoco el fraude. Quien ganó fue el miedo y prejuicio del gobierno de los Estados Unidos a través del Departamento de Estado a un gobierno que tuviera a Manuel Zelaya Rosales como principal protagonista. Nunca tuvo reparo en Salvador Nasralla. A lo sumo se rió con sarcasmo cuando lo imaginaban de presidente. Pero persistió el convencimiento de que quien gobernaría tras Nasralla sería el hombre del sombrerón.

Se impuso la lógica de la banana republic

De nuevo se ha impuesto en Honduras la geopolítica imperial por sobre los dinamismos nacionales. De nuevo ha pesado en Honduras la lógica de la Banana Republic: los asuntos hondureños se definen sin el país, fuera del país y en contra del país. El Departamento de Estado y el Comando Sur, por encima de las tibiezas de los demócratas que están en la Embajada en Tegucigalpa, decidió cerrar filas en contra del peligro que para ellos supone un gobierno imprevisible como el que se venía venir con un pendular Salvador Nasralla y un Zelaya Rosales con sus vasos comunicantes con el tambaleante socialismo del siglo veintiuno.

Cualquier cosa, incluso seguir avalando a un rufián y mafioso Juan Orlando Hernández, a tropezar de nuevo con la misma piedra o la redición en Honduras de un gobierno al que se le dio golpe de Estado en 2009 por haber establecido sospechosas alianzas no controladas ni por el Departamento de Estado ni por la élite más exclusiva de la oligarquía criolla. El fantasma de Manuel Zelaya revoloteó en todo el proceso electoral, estuvo presente en el conteo de los votos, formó parte de las sumas y restas de Juan Orlando con los obedientes miembros del TSE, y de las pláticas y decisiones con la Embajada y los miembros del Departamento de Estado.

Juan Orlando perdió irremediablemente las elecciones

Él lo sabe, lo sabe David Matamoros, presidente del Tribunal Supremo Electoral, lo saben los miembros de la Misión de Observación de la OEA y de la Unión Europea. Lo sabe el Departamento de Estado. Y lo sabe y lo convierte en rabio un sector mayoritario de la sociedad hondureña que votó en las elecciones no tanto porque creyera con firmeza en Salvador Nasralla, sino por el repudio a Juan Orlando Hernández, quien se ha convertido en l individuo hondureño más repudiado en la historia política de al menos los últimos 40 años.

Rasgos con los que se recuerdan a los presidentes hondureños

De los militares que dieron golpes de Estado en los años setenta, se les recuerda con burla por sus acumuladas ignorancias, y todo mundo en Honduras se mofa de Suazo Córdova, el primer presidente en la era de las democracias representativas por abrir las puertas a las políticas intervencionistas de los gringos con sus alardes pueblinos y su concepción de alcalde de pueblo. A Azcona Hoyos se le recuerda por la mediocridad con la que trató la demanda internacional de sacar a la contrarrevolución nicaragüense de territorio hondureño, mientras que a Callejas se le asocia inevitablemente con el más feroz neoliberalismo teñido de galopante corrupción patrimonial. Callejas es el símbolo de gobernante corrupto, que hasta lo convertía en héroe de la cleptocracia.

Carlos Roberto Reina quedó en el imaginario hondureño como el presidente que quiso adecentar la institucionalidad con una inexistente “revolución moral”, aunque dejó el imperecedero recuerdo de haber abolido el servicio militar obligatorio. De Flores Facussé se queda una agenda política arrasada por la tormenta tropical Mitch, y por ser un eximio controlador mediático a través de la sublime compra de periodistas. Fue el auténtico constructor del “cerco mediático” hondureño. Maduro se quedó en la memoria popular como el hombre de la mano dura, que pasó su gobierno entero vengando la muerte de su hijo y capitalizar las ayudas del Mitch para fortalecer las alianzas de la élite más pura de la oligarquía con el capital transnacional expresado en la ratificación de los tratados de libre comercio.

A Zelaya Rosales se le asocia con un “poder ciudadano” que puso a temblar todo lo que de que neoliberalismo se había consolidad desde Callejas hasta Maduro, la Cuarta Urna y el golpe de Estado. De Micheletti apenas se recuerdan su estridente tripleta de gritos de “Viva Honduras” propios de la afortunada mentalidad de un “gorilete”; de Pepe Lobo se le asocia con la mano extendida hacia la comunidad internacional suplicando reconocimiento, y tapando los agujeros que dejaban a su paso las prácticas corruptas de sus más cercanos colaboradores, incluyendo a su amada “mi Rosa”. ¿Y de Juan Orlando Hernández? Solo como el individuo cínico y ambicioso que alcanzó los niveles de repudio que ni por asomo alcanzaron sus predecesores en la silla presidencial.

Juan Orlando Hernández representa al sector de la élite más exclusiva de la oligarquía hondureña que tuvo el mayor liderazgo en la implementación del golpe de Estado del 28 de junio de 2009. No existe contradicción entre el hecho político de haber defenestrado a Zelaya Rosales con el argumento de buscar la reelección y de respaldar con fervor a Juan Orlando Hernández en su empresa de reelegirse pasando por encima de la Constitución de la República, porque en ambos eventos persiste la defensa de negocios y el control del Estado como el mayor de los negocios. Lo de la ley es asunto contingente y pragmático.

Cinco líneas de batalla de la estrategia para blanquear el fraude

Para la élite que lidera Juan Orlando Hernández el ciclo electoral se cerró con el reconocimiento por parte del Departamento de Estado. Como parte del proceso hacia de la asunción de su gobierno en esta etapa especialmente difícil, el equipo de Juan Orlando Hernández ha puesto en marcha una evidente estrategia política con al menos cinco líneas simultáneas de trabajo.

La primera es la línea internacional conducente a buscar el reconocimiento de la comunidad internacional, el cual temporalmente se ha ido logrando con notable éxito. De la mano del Departamento de Estado, el equipo de Juan Orlando Hernández encabezado por Arturo Corrales, ex canciller de la República y ex ministro de Seguridad, y experto en el uso de encuestas para blanquear fraudes o crear maliciosamente tendencias, penetró los pasillos del gobierno de Estados Unidos, y en una jugada del más descarado servilismo, se ofreció a ser uno de los países en votar a favor de la propuesta del gobierno de Trump de declarar Jerusalén capital de Israel a cambio del reconocimiento del triunfo electoral de Juan Orlando Hernández. Una vez alcanzado el favor de Washington el resto de reconocimientos vendría por añadidura.

La segunda línea es la estructuración de la alianza interna con los sectores afines a Juan Orlando a través del recurrente llamado al Diálogo Nacional, una línea íntimamente unida a la primera, puesto que todos los países que en el concierto armónico del reconocimiento incluyeron en su carta oficial el llamado a que el diálogo interno conllevara a la superación de la crisis política suscitada por el estrecho margen electoral con el que finalmente el TSE le adjudicó el triunfo a Juan Orlando Hernández. Esta línea del diálogo ya fue usada en 2015 en el fragor de la crisis que se expresó en el fenómeno de las antorchas, cuando se estrenó la consigna, ¡Fuera JOH! Sin duda la más popular que se haya conocido en Honduras en las últimas décadas, y que dio origen a la canción “¡Es pa fuera que vas!” tan cantada a lo largo del país y sonada en las redes sociales que, de acuerdo a una encuesta de internet de música, logró ocupar a finales de diciembre el lugar número tres entre las 50 canciones más escuchadas en el año 2017 a nivel internacional.

Cuando Juan Orlando y su equipo se vieron acorralados por las presiones por investigar y enjuiciar a quienes saquearon el Instituto Hondureño del Seguro Social, se convocó a un diálogo “incluyente y abierto”. Sin embargo, en el mismo participaron los afines a Juan Orlando Hernández, y del mismos surgió lo que hoy se conoce como la MACCIH (Misión de Apoyo a la lucha contra la Corrupción y la Impunidad en Honduras) como respuesta oficial que en arreglo con el Secretario de la OEA logró amarrar Arturo Corrales Álvarez a la sazón Canciller de la República, en respuesta a la demanda de una CICIH, una comisión de la ONU al modo como se instaló en Guatemala. La MACCIH fue una especie de híbrido que nunca acabó de cuajar no obstante la buena voluntad de algunos de sus integrantes.

Sin embargo, el auténtico fruto de aquel diálogo fue haber “normalizado” la situación, aplacado la crisis para allanar el camino para que Juan Orlando y su equipo avanzaran con precisión hacia la candidatura a la reelección presidencial, asunto que devino en la crisis electoral que orilló al país a una auténtica convulsión política y social, que hoy se trata de solventar con la reedición de un diálogo cuyo punto de partida es dejar intactas las reglas del juego en torno a la aceptación de los polémicos y conflictivos resultados electorales.

Esto es así porque el diálogo, que no fue ni abierto ni incluyente, buscaba aplacar la crisis, no resolverla, y fue como una tapadera puesta en una olla hirviendo en un fuego que no se aplacó. Ese fuego llevó a que la olla rebalsara con ocasión del proceso electoral conducido por una reelección que desde todo punto de vista fue el factor que disparó todos los conflictos, malestares y repudios concentrados en la figura de Juan Orlando Hernández.

La tercera línea de trabajo es la alianza magistral de Juan Orlando Hernández con los propietarios de los principales medios de comunicación. Es la línea mediática del blanqueo del fraude. Aquí se han afinado todos los dispositivos para ignorar a los opositores cuando hay que hacerlo; estigmatizar su trabajo y sus vidas, presentándolos como enemigos de la paz, aliados del crimen organizado, promotores del vandalismo y el desorden; sobornarlos o cooptarlos si encuentran la ocasión, cosa buscaron hacer con mucho esmero con el candidato de la Alianza Opositora Salvador Nasralla, a quien consideraron el eslabón más débil para provocar fricciones conducentes a la división interna; criminalizarlos, como en efecto ha ocurrido con la captura y levantamiento de procesos judiciales en contra de decenas de manifestantes con algún nivel de liderazgo de las diversas zonas con mayores índices de protestas; y finalmente, la persecución y eliminación física de varios de los líderes de base de la oposición.

Todo esto se ha manejado de manera proverbial y sin fisura a través de los medios de comunicación, los cuales se han dedicado a elevar el perfil humano, espiritual, familiar y del estadista Juan Orlando Hernández, a destacar los beneficios del diálogo nacional para unir y reconciliar a la familia hondureña, a destacar los daños y perjuicios ocasionados por el vandalismo de quienes se resisten a aceptar las reglas del juego de la democracia en donde hay un ganador y un perdedor, a destacar el reconocimiento internacional de los países a la democracia hondureña y a celebrar con alegría y regocijo espiritual la magia de la navidad y del año nuevo.

La cuarta línea de trabajo es la inversión económica descarada en afianzar la alianza con los altos oficiales de las Fuerzas Armadas, de la Policía Militar del Orden Público, de la Policía Nacional, y con los colaboradores más cercanos. Esta línea comenzó con los oficiales y clases del batallón Cobras de la Policía Nacional tuvieron un conato de sublevación pocos días después de las elecciones. El Presidente atajó personalmente la crisis con una inversión notable de dinero. El éxito de este operativo lo la trasladado a todos los mandos de las diversas estructuras armadas del Estado, y a otros colaboradores civiles a los que interesa tener muy a gusto para evitar que salte en esta crisis una desagradable sorpresa sin control.

La quinta línea de trabajo es la frontalmente represiva y de fuerza bruta contra manifestantes y opositores. Para el éxito de esta línea Juan Orlando Hernández decidió nombrar nuevos comandantes del ejército, entre ellos al General René Orlando Ponce Fonseca, estricto amigo personal, y formado en el Batallón 3-16, escuadrón de la muerte, responsable de asesinatos y desaparición forzada de decenas de opositores al Estado en la década de los ochentas. Mientras organiza con diligencia y publicidad el diálogo de nuevo “amplio e incluyente”, como en 2015, y que entonces no sirvió sino para catapultarlo a la reelección, las fuerzas represivas persiguen, captura, torturan, desaparecen y cuando los perseguidos tienen” suerte” los entregan a la fiscalía para que la misma los acuse por delitos de terrorismo, daños a la propiedad privada y sedición que suponen la condena por varios años de cárcel sin derecho a fianza o a medidas sustitutivas.

Entre todos los escenarios, el peor

Entre todos los escenarios, ninguno de ellos ideal, Honduras entró a partir del 22 de diciembre en el peor de los escenarios, el escenario que confronta y polariza sin posibilidades de entendimientos o negociaciones al proyecto autoritario que por la vía de la reelección y el fraude se erigirá a partir del 27 de enero en una auténtica dictadura liderada por Juan Orlando Hernández, con una oposición que aunque sin una articulación sólida, hace coincidir a todos los sectores que a ella se remiten en el repudio, rechazo y accionar en contra de la dictadura. Ese es el marco contextual en el que se sitúa este escenario por el cual optó el gobierno de los Estados Unidos y que conduce a una inevitable ingobernabilidad para los próximos años. Cuando el 27 de enero de 2018 Juan Orlando Hernández reciba la banda presidencial por segundo período consecutivo, al menos tres cuartas partes de la sociedad hondureña, entenderá ese gesto como la instauración de un gobierno de facto, que llegó a esa magistratura por la vía fraudulenta. El estigma del fraude no solo no se lo podrá quitar el gobierno entrante, sino que seguirá siendo el factor decisivo detonador de conflictos, movilizaciones y protestas.

Rasgos de una dictadura débil y enclenque, pero altamente peligrosa y mortífera

El gobierno que se inaugurará a partir del 27 de enero de 2018 será simultáneamente el gobierno más débil de la historia política hondureña al menos de los últimos 35 años. Y lo será porque su legitimidad está carcomida. Ya la primera administración de Juan Orlando Hernández se caracterizó por su escasa legitimidad. Fue legalmente muy dudoso y legítimamente muy pobre. En su segunda administración, Juan Orlando Hernández representará a un gobierno con el nivel más bajo de legitimidad y con una alta dosis de ilegalidad.

A estos dos rasgos habrá que añadir además la percepción amplia de estas tres cuartas partes de la sociedad de que el gobierno hondureño es usurpador de la voluntad soberana del pueblo, y por tanto es una dictadura impuesta inconstitucionalmente. A este usurpador habrá que hacerle la vida imposible, no puede gobernar en paz un gobierno que le ha quitado la paz a la sociedad, dirían estos amplios sectores hondureños. Y finalmente, el gobierno de Juan Orlando Hernández seguirá cargando con el calificativo de corrupto, debidamente ganado a pulso por el manejo oscuro de los bienes públicos por parte de los círculos más estrechos de los colaboradores de Juan Orlando Hernández en su primera administración como cuando lo fue como presidente del Congreso Nacional.

Un gobierno ilegal, ilegítimo, usurpador y corrupto no puede sostenerse en el poder si no es a costa de seis factores íntimamente articuladores:

Primero factor: una enorme inversión en la compra y soborno de voluntades, conciencias, estómagos en todos los niveles de la sociedad, desde los más encumbrados empresarios, políticos, profesionales y empleados, hasta los líderes de base necesarios para la atención clientelar de las demandas. El presupuesto de Casa presidencial y el discrecional del presidente deberán elevarse a niveles conocidos y sobre todo desconocidos incluso por los círculos de poder dentro del gobierno.

Segundo factor: la fuerza de las armas, con una inversión permanente y constante en la militarización de la sociedad y el fortalecimiento de la Policía Militar del Orden público. No le queda ninguna otro camino que recurrir a la represión y a la coerción, porque el Estado bajo la conducción de un gobierno fraudulento, usurpador, ilegal e ilegítimo perdió la capacidad de construir consensos, porque su naturaleza lo conduce únicamente a promover disensos. Y eso lo obliga a convertirse en un Estado esencialmente coercitivo. La militarización del Estado y amenazar con armas a la sociedad para mantenerla con miedo, serán plenamente necesarios para un gobierno con tan altos niveles de debilidad. El poder del Consejo Nacional de Defensa y Seguridad se elevará a niveles de llegar a ser la instancia en donde se toman todas las decisiones determinantes para el país, porque será la defensa y la seguridad basada en las armas y la inteligencia militar los instrumentos fundamentales del gobierno dictatorial.

Tercer factor: este gobierno deberá estar buscando alianzas permanentes con la élite más exclusiva y rica de Honduras y con el capital transnacional en base a establecer una alianza sólida con esto que en Honduras se ha dado en llamar COALIANZA. La privatización de los bienes, los proyectos extractivos y los contratos basados en los sobornos y chantajes serán típicos de un gobierno que necesita congraciarse con quienes manejan los capitales para evitar tenerlos en algún momento como sus enemigos porque resultaría fatal. De especial importante será el cuidado de las relaciones con el gobierno de los Estados Unidos, con quien de manera muy particular se habrá de expresar la ausencia de libertad y autonomía a través de los vínculos y prácticas serviles frente a la política de seguridad de Estados Unidos que será la determinante en sus relaciones con el gobierno hondureño.

Cuarto factor: el manejo mediático a través de compromisos directos con los propietarios de los medios de comunicación y con la inversión en publicidad en todos los medios posibles, con el propósito de tener el control de la noticia y del manejo de la opinión pública. De igual manera, se deberá invertir en el soborno permanente de periodistas a título personal para fortalecer la línea oficial de la noticia y de la línea editorial, y en atenazar, chantajear, amenazar a medios y comunicadores que se salen de la égida del “cerco mediático”. El sabotaje a una antena y torre de radio Progreso ocurrido entre la noche y madrugada de los días 9 y 10 de diciembre es apenas una advertencia a lo que podría ocurrir a los medios de comunicación que no se sometan a la línea oficial del cerco mediático.

Quinto factor: el manejo de lo jurídico a través de la legislación que se aprobará en el Congreso en virtud de contar con mayoría de diputados, y de los instrumentos que se aprueben para endurecer leyes, para aplicar penas a los detractores y para facilitar salidas legales a los aliados con quienes se necesita mantener excelentes relaciones.

Sexto factor: el sustento divino como necesidad de dar legitimidad sobrenatural a una debilidad política casi insostenible. Nunca se hablará tanto de Dios y de la providencia divina como en el gobierno que se inaugurará con los rasgos autoritarios y autárquicos como en este segundo período de Juan Orlando Hernández. Recurrir a Dios y al providencialismo como conductores de la obra humana de Juan Orlando Hernández sin duda que se expresará en alianzas específicas con iglesias, tanto evangélica como católica.

Los escenarios ciudadanos para derrocar a la dictadura

Escenarios a construir. El escenario ideal, pero menos posible, es el que revierte el proceso de fraude, y se convoca a nuevas elecciones bajo estricta supervisión internacional. Esto supondría que el Departamento de Estado rectifique, retomo con responsabilidad el análisis de los riesgos para la sociedad hondureña, y acabe dando un respaldo a la Secretaría General de la OEA. Este escenario es tan irreal como esperar que el gobierno de Estados Unidos se convierte en las reyes magos que traen regalos para el pueblo hondureño.

Otro escenario es la construcción de una convocatoria amplia de ciudadanía en rebeldía contra la dictadura que presiona desde los diversos ámbitos a que el gobierno tenga cada menos espacio para impulsar su propuesta autoritaria y en amenaza a la soberanía nacional y popular. Este escenario es el necesario y obligado a construir por parte de los diversos sectores que rechazan el fraude y la imposición de la dictadura.

Esto supone un amplio espectro de alianzas que irían desde los sectores más radicales del partido Libertad y refundación, pasando por el espectro que conformó la Alianza Opositora contra la Dictadura, llegando al sector del partido Liberal que lidera Luis Zelaya hasta extenderse a los sectores ciudadanos y populares que actualmente se aglutinan en la Convergencia Contra el Continuismo que aglutina a diversas iniciativas articuladoras de diversos sectores sociales y ciudadanos.

Una amplia alianza así, a partir de consensos básicos comunes puede impulsar una estrategia que puede ir desde la ampliación de las convocatorias para que cada vez más gente quepa y se integre a esta convocatoria ciudadana opositora, las estrategias mediáticas, la estrategia legal y de derechos humanos, la estrategia de incidencia internacional, la estrategia de contenidos hasta la actividad en la calle.

Con una convocatoria opositora ciudadana amplia como esta y una estrategia en base a consensos comunes, no habría manera de que el proyecto dictatorial tenga margen de éxito. Aunque tenga las armas y se esfuerce en imponer su ley, llegará un momento en que se verá en la obligación de negociar una salida, que puede ser a través de la convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente, la cual, en caso de llegarse a este extremo, deberá ser parte integral de la estrategia de lucha de la Convocatoria Opositora Ciudadana.

Padre Melo

Ismael Moreno, SJ. Sacerdote jesuita director del ERIC y Radio Progreso, obras de la Compañía de Jesús en Honduras. 

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