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  Miércoles,  24 febrero 2021    

Creer en nuestra fuerza como pueblo

Cuando la gente cree en sus propias fuerzas y capacidades, por muy pobre que sea, siempre surgirán oportunidades para sacar adelante el futuro. Por el contrario, cuando la gente se ha dejado vencer por tantas angustias, cuando se ha quedado con la mano extendida esperando que le den migajas o limosnas, y que todo lo resuelvan otras personas y sectores, entonces las oportunidades se cierran, y el futuro solo puede ser de miseria humana y espiritual.

¿Cuáles son las actitudes y los sentimientos que más dominan en nosotros y en nuestras comunidades? En esas zonas en donde dejó imborrables huellas el capital de las empresas extranjeras, la población se quedó con la herencia de anclarse en el pasado, en esa nostalgia que aconseja que todo tiempo pasado fue mejor. Y así, afincadas en esa nostalgia, las personas y comunidades nunca se yerguen para hacer frente a las calamidades del presente.

En estos lugares, petrificados en la nostalgia del pasado infecundo, tienen cabida los políticos que llegan con regalías a cambio de un indigno voto, o algún pastor cargado de un cielo que se promete a quienes se encierren en sus miedos, huyendo de sus culpas y pecados. Si alguien lleva algo para regalar, abundan las manos extendidas, pero si algún despistado llega sin nada en la mano y con propuestas de organización, las puertas se cierran y las manos no se extienden ni siquiera para un saludo pasajero.

El daño más profundo que heredamos de las compañías bananeras no fue solo haberse llevado las riquezas del país, y haber dejado en ruinas lo que fueron los florecientes campos bananeros. El daño más profundo fue haber dejado un pueblo sin fuerza propia, espiritualmente anémico ante la lucha, con una mentalidad puesta en que otros, los de afuera, vengan a resolver sus problemas. Ese daño significa que las transnacionales se robaron el espíritu de un pueblo que dejó de ser luchador, y al arrebatar esa dignidad, la gente quedó sin fuerza dentro de su corazón para emprender con brillo un nuevo andar. Siempre esperan que el brillo venga de otros iluminados.

El daño que las compañías transnacionales han dejado en la sociedad no solo es material, sino un daño profundamente espiritual. No solo se llevaron riquezas materiales, sino que arrancaron el espíritu de la población trabajadora. Ese espíritu es el que hoy hemos de saber inyectar en las nuevas generaciones para que nos convenzamos de que, a la lucha por conquistas y derechos materiales, se ha de unir la lucha por alcanzar la dignidad de un pueblo que cree en sí mismo.

Esa dignidad es fuerza espiritual que convertida en lucha como comunidad organizada en movimiento puede hacer de las pobrezas y calamidades más hondas un instrumento para la transformación de la sociedad. El asunto no se resuelve solo con cambiar instituciones o gobiernos. Es algo más de fondo: que la gente se llene de espíritu para luchar por su propia dignidad.

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