0Shares

Raúl Zaldívar*

(…) Y todo ello late allá en el fondo de estas notas, sencillos apun­tes de varia condición (semblanzas, confesiones, anécdotas), que se abren paso ante nosotros con toda libertad e incluso despar­pajo, y que dentro de su sencillez pueden sorprendernos con toda una novela comprimida en una página.

Manolo Garrido[1]


Del asombro y la gracia. Notas de paso son las memorias, según dice Isolda Arita, de don Ismael Moreno, mejor conocido como el Padre Melo, quien escribe una serie de perícopas sui generis que vale la pena leer.

Los jesuitas surgen en el contexto de la contrarreforma en el siglo XVI, para dar un apoyo irrestricto al Papa y a la Iglesia católica, según reza en los manuales de historia de la Iglesia. Todos sabemos del espíritu misionero de la Compañía de Jesús y eso los trae a Latinoamérica, especialmente a América del Sur, donde ocurre una serie de episodios. Uno de ellos, la evangelización de los indios guaraní, dio origen a La Misión, la magnífica película de Roland Joffé.

Otra de las áreas donde los jesuitas se han destacado es en la academia. En los Estados Unidos, con la fundación de Washington como capital, se fundaba la Universidad de Georgetown, una universidad jesuita para la élite académica de este país. En Chicago, donde vivo actualmente, está la Loyola University, donde estudió el padre Michael Jerome Cypher, mejor conocido como el padre Casimiro, quien fue asesinado por terratenientes de Olancho en la tristemente célebre matanza de Los Horcones. En San Luis Missouri está la St. Louis University, donde estudió James Francis Carney, mejor conocido como el padre Guadalupe, solo por mencionar algunas famosas universidades aquí en el Norte.

En Centroamérica tenemos la Universidad Rafael Landívar en Guatemala y la Universidad Centroamericana (UCA) José Simeón Cañas en El Salvador, donde estudio el padre Melo. Esta es la universidad más famosa por las figuras de Ignacio Ellacuría, discípulo de Karl Rahner en Innsbruck, y Jon Sobrino, integrantes de una generación de curas que marcaron época. En ella estaban Gustavo Gutiérrez en Perú, Leonardo Boff en Brasil, Juan Luis Segundo en Uruguay, inter alia. Esta generación pasó antes por la Université Catholique de Louvain y la Université de la Sorbonne, entre otras, y desarrolló la Teología de Liberación, que provocó una revolución copernicana no solo en la Iglesia católica sino también en la protestante. De esta época sale el padre Melo. Le tocó vivir el martirio de Monseñor Arnulfo Romero y la masacre de los jesuitas de la UCA.

En Honduras, los jesuitas enarbolaron la bandera de los pobres, la de los sin voz, la de los parias, estirpe que los administradores del Estado han condenado a cien años de soledad. El campeón de los derechos de los campesinos es, sin duda, Guadalupe Carney, el hombre que renunció a su ciudadanía estadounidense y adoptó la hondureña. Cuando Policarpo Paz García se la revocó y lo deportó, él dijo: … ningún decreto de ningún gobierno puede quitarme mi deseo de ser hondureño y de amar a Honduras y a su pueblo como mi verdadera patria… De ahí que no nos extrañe, cuando leemos las perícopas del padre Melo, encontrar historias como la de los dos aguacates, la niña Menche, los veinte lempiras, o de mártires como Herminio Deras y el mismo padre Lupe. El libro comienza narrando su origen, el origen de un hondureño que nace en la pobreza; la historia del carrito, que hace llorar a cualquiera, es la historia de los niños de Honduras condenados a vivir en la miseria.

Cuando leí las perícopas del padre Melo no pude evitar pensar en Los Dichos de Jesús, un documento que circuló en el siglo primero y segundo que contaba historias de Jesús y que sirvió como fuente primigenia para que los redactores de los evangelios escribieran los relatos que tenemos hoy en día. Lo que quiero decir es que, mutatis mutandis, podemos escribir la historia contemporánea de Honduras usando las perícopas del padre Melo como una fuente.

Otro de los aspectos que quiero señalar es la humanidad con la que el padre Melo se presenta, desmitologizando, para usar la expresión de Rudolf Bultmnan, el concepto errado que a veces se tiene de la gente religiosa. Aquí vemos a un hombre que ingiere alcohol, no que es alcohólico, que repite las “malas” palabras que dice la gente común y corriente, que celebra con la gente, que se identifica, empatiza y ayuda a los marginados sociales, que vive como ellos, come con ellos y disfruta con ellos.

Finalmente, recomiendo encarecidamente la lectura de este libro al público en general, especialmente a los hondureños, sin importar si son católicos o protestantes; es un libro escrito al estilo de García Márquez, usando el lenguaje pintoresco del pueblo de forma amena, reflexiva y crítica. Felicito a la Editorial Guaymuras por su publicación y a Isolda Arita Melzer por su magnífico prólogo, aunque ella lo llama colofón.

Ya días no leía un libro como este. Gracias don Ismael, Padre Melo, gracias Editorial Guaymuras.


* Hondureño, abogado y doctor en Derecho Internacional por la Universidad Autónoma de Barcelona. Es autor, entre otras obras, de Honduras – El Salvador: La controversia limítrofe (CEDOH, Tegucigalpa, 1995), y de Hondureños juzgados en tribunales de Estados Unidos de América. La extraterritorialidad del Derecho (Guaymuras, Tegucigalpa, 2021).

[1] Prólogo de Manolo Garrido en: Ismael Moreno, Del asombro y la gracia. Notas de paso, Tegucigalpa, Editorial Guaymuras, 2021.

0Shares