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Efraín Aníbal Díaz Arrivillaga*

Los desafíos de Honduras y su próximo gobierno son enormes, pero ha renacido la esperanza. Hoy se impone la necesidad de construir consensos tanto en el Congreso como en la sociedad, pues sería lamentable que las grandes expectativas que el pueblo depositó en las urnas, resulten frustradas o tergiversadas.

El pueblo hondureño habló y eligió con inteligencia y sabiduría la alternancia, derrotando el continuismo. Acudió masivamente a las urnas el pasado 28 de noviembre, y se alcanzó cerca del 70% de participación electoral, casi lo que se logró en los inicios de la transición democrática (1980-1981), que fue del 80%. En paz, llevó a cabo una demostración de civismo y patriotismo, que hoy representa una nueva apuesta del pueblo por la democracia, como en tantas otras ocasiones en los últimos 42 años.

Ciertamente, fue un resultado largamente esperado, pero sorprendente por su amplio margen y su contundencia, que no deja duda alguna sobre la voluntad soberana del pueblo. Al momento de escribir estas reflexiones el conteo de votos no ha concluido y, salvo que surjan irregularidades parecidas a las que hubo en 2017[1], existe ya una tendencia irreversible que confirma el triunfo electoral de doña Xiomara Castro, candidata del Partido Libertad y Refundación (Libre) y la coalición con otras fuerzas políticas como el Partido Salvador de Honduras (PSH) y el PINU-SD, que se unieron a un mes de las elecciones y causaron un vendaval inesperado en el Partido Nacional, en el poder desde 2009.

La cruzada anticomunista

Todo el proceso electoral, pero especialmente la recta final de la campaña, se caracterizó por una propaganda política, promovida por el Partido Nacional, que incitaba al miedo, la descalificación, el odio y la división de los hondureños, con la pretendida intención de disuadir a los votantes de abstenerse o decantarse por la deriva oficialista, que se presentaba como la opción salvadora de la nación ante la supuesta “amenaza comunista” que se cernía sobre Honduras con la candidata de Libre, un viejo y desfasado artificio ya empleado en Honduras, aunque no con la agresividad y visceralidad manifestada en las elecciones de 2021.

Voceros traídos desde el exterior —presentados por influyentes medios de comunicación social y apoyados por la estructura de poder del país—, se unieron al unísono, como en 2009, para acompañar la nueva cruzada anticomunista, más propia de la ya desaparecida Guerra Fría. Ahora se proponían “distraer” a la ciudadanía de la oprobiosa realidad que ha vivido a flor de piel.

Sin embargo, la cruzada —disfrazada de campaña electoral— no solo estaba alejada de los problemas cotidianos de la sociedad hondureña, sino que también insultaba su inteligencia. En su desprecio por la sabiduría popular, los directores de la campaña tenían la certeza de que ese discurso atemorizante sería un anzuelo seguro, que persuadiría al votante de inclinar su voluntad contra la oposición, unida en torno de la candidata de Libre.

Pero ni el poder establecido, ni la violencia política, ni el dinero que se dispuso masivamente para intentar “comprar” al pueblo empobrecido mediante el mecanismo más visible del clientelismo político, como son las transferencias no condicionadas del Programa Vida Mejor del Gobierno de Hernández Alvarado —su buque insignia para comprar conciencias y ganar votos con recursos mayormente otorgados por la cooperación internacional y el BCIE[2]—, fueron suficientes para doblegar la conciencia clara y responsable de un pueblo oprimido que enfrenta múltiples carencias sociales.

La voz de los Estados Unidos

La visita a Honduras del responsable del Hemisferio Occidental en el Departamento de Estado, Brian Nichols, puso sobre la mesa ante los distintos actores políticos, económicos y sociales del país los límites y preocupaciones de los intereses geopolíticos de los EEUU en Honduras y América Latina (China, Rusia, Cuba, Irán, Venezuela); cualquier giro hacia la “izquierda” podría significar una amenaza a esos intereses, y advirtió sobre sus efectos en las tradicionales relaciones con los países de su patio trasero. Y planteó también la necesidad de lograr unas elecciones relativamente limpias, la aceptación de los posibles resultados y la convivencia con un nuevo gobierno.

El pueblo se cansó y dijo ¡Basta ya!

El triunfo categórico alcanzado por la coalición de hecho, encabezada por doña Xiomara Castro, se explica por el hartazgo y rechazo de los hondureños a la continuidad del gobernante y los líderes de su partido, portadores de una arrogancia repugnante y símbolos de un despótico abuso del poder, de violaciones continuas a la Constitución de la República y principales responsables por el debilitamiento del Estado de derecho, la corrupción, la impunidad y los vínculos estrechos con el narcotráfico.

El pueblo también castigó en las urnas la inoperancia gubernamental en el manejo de la pandemia de la COVID-19 y los efectos de las tormentas tropicales en 2020; y, en general, su incapacidad para combatir la inseguridad ciudadana, asegurar el bienestar y brindar oportunidades de empleo a los hondureños, que han encontrado en la emigración al extranjero la válvula de escape de sus infortunios y sus sentimientos de indefensión e impotencia para solucionar sus variados problemas.

En lo concreto de la elección, la coalición de fuerzas políticas diversas potenció a una oposición antes dividida, víctima hasta ese momento de la principal estrategia del partido oficialista, que en teoría aseguraba su triunfo con solo obtener una mayoría simple en el cargo de Presidente de la República.

La Alianza que unificó a la oposición política atrajo el voto independiente, indeciso o sin militancia política; aumentó la afluencia de los jóvenes a las urnas y capitalizó la insatisfacción de muchos liberales con su candidato presidencial, a la vez que otros partidos y movimientos sociales se volcaron a favor de la coalición. Esta se convirtió así en una amplia convergencia popular por sus aspiraciones e intereses, asestando un golpe que resultó letal para el proyecto continuista y neofascista del orlandismo encabezado por el alcalde de Tegucigalpa, don Nasry Juan Asfura Zablah, su alter ego y prolongación en el poder.

La “primavera” hondureña

Hoy apenas comienza el camino. Hace falta saber cómo quedará integrado el Congreso Nacional, un factor fundamental para la conducción del nuevo gobierno. Es muy probable que ningún partido obtenga, individualmente, una mayoría simple, y mucho más difícil aún una mayoría calificada.

Este factor indica la imperiosa necesidad de construir un sólido consenso entre las fuerzas políticas ligadas a la Alianza, como base de sustentación de su convergencia en el Poder Legislativo, sin excluir la posibilidad de aproximarse al Partido Liberal y otras fuerzas políticas que serán indispensables para derogar leyes como la que autorizó la existencia de las ZEDE, las reformas al Código Penal, la Ley de Secretos y otras que representan la vocación de despojo y el legado autoritario del gobierno que se va. De igual importancia será la elección de una nueva Corte Suprema de Justicia, del Fiscal General y Adjunto y el Tribunal Superior de Cuentas, solo para mencionar algunas instituciones clave para asegurar la gobernabilidad, y combatir la corrupción y la impunidad que hasta ahora han reinado en el país.

El abultado resultado electoral le otorga a la presidente electa una mayoría suficiente, la mitad más uno, para gozar de una sólida legitimidad social y un amplio respaldo popular. Sin embargo, dadas las condiciones actuales en que se encuentra el país, enfrentado y dividido, cundido de temores, un nuevo liderazgo renovado debe emerger con una firme voluntad para forjar la unidad y la reconciliación nacional. Un gobierno de integración nacional que contribuya a restaurar la confianza, la credibilidad y estabilidad en las instituciones públicas y políticas, a la vez que hace renacer la esperanza en un futuro mejor para el país, que hoy vive una alegría inusitada que no había vivido en más de una década.

Los obstáculos a vencer

A pesar de la indiscutible victoria de la coalición opositora, se mantiene en pie una estructura de poder económico que influye en demasía en las decisiones políticas, y en general en lo que sucede en el país. En esa estructura se encuentran los grandes beneficiarios del desigual sistema económico y social que prevalece en Honduras, los que temen el cambio y al gobierno electo, los que de hecho conspiraron para que esto no sucediera.

El Partido Nacional y los sectores más conservadores aceptarán los resultados —del diente al labio—, pero lucharán contra el proyecto de cambio con todas sus fuerzas y recursos, aunque la postura de doña Xiomara Castro se muestre moderada, conciliadora y abierta, como bien lo expresó en sus primeras palabras en la noche de su elección.

El diálogo es la solución

Considero muy importante no solo el inicio de un diálogo con los diferentes sectores sociales, como ya lo ha manifestado la presidente electa, sino también que los posibles acuerdos a que se llegue se plasmen en consensos mínimos que constituyan prioridades en la agenda nacional, coincidan con las reformas básicas que el país requiere para avanzar en su trasformación y modernización, y sienten las bases de un proceso con visión de largo aliento de cara al futuro.

En otras palabras, reconocer la necesidad de un nuevo pacto social para Honduras en lo político, lo económico, lo social, lo ambiental y lo rural; este último es el espacio territorial y poblacional más abandonado y, por consiguiente, enfrenta la pobreza y el rezago social con mayor agudeza.

No será fácil, pero sí se puede

La gestión que la presidenta electa asumirá a finales de enero no será fácil, por lo que su liderazgo enfrentará dos grandes retos: 1) Cómo regenerar y reconstruir el país para establecer las bases de su transformación; y, 2) Cómo pasar de una alianza electoral coyuntural a una amplia alianza de partidos de signo progresista y reformista, que gobierne con una activa participación del pueblo en la toma de decisiones y la ejecución de un programa de gobierno concertado, que concrete lo que doña Xiomara Castro ha denominado “la unidad con el pueblo”.

Un enorme significado social

Esta elección es histórica porque, por primera vez, se eligió a una mujer como Presidente Constitucional de la República, un hecho tan significativo que no puede dejar de mencionarse con toda propiedad. Representa un logro enorme para la lucha cívica de las mujeres hondureñas por sus derechos, y el papel fundamental que han jugado y siguen jugando en nuestra sociedad y nuestro cotidiano vivir.

Estoy seguro, contrario a la campaña machista y misógina, que ella sabrá conducir la nación con el viento a su favor, con sabiduría, madurez, prudencia, tolerancia, independencia y respeto, como lo manifestó en sus palabras al conocerse los primeros resultados de su triunfo arrollador, pronunciadas con humildad y serenidad, sin ningún triunfalismo.

El bipartidismo centenario recibió esta vez una derrota catastrófica, pero no ha desaparecido; sigue vivo y activo, aunque fuertemente disminuido, especialmente el Partido Liberal, y en menor medida el Partido Nacional. No se puede desconocer que aún conservan una importante cuota de poder político y arrastre electoral para obtener diputados al Congreso Nacional y gobiernos municipales.

Sin embargo, están ante una crisis política profunda, que requiere el relevo de sus liderazgos, la renovación de sus propósitos y valores. Estos son los imperativos del momento que atraviesan ambos partidos, salpicados como están por la corrupción, el narcotráfico, el oportunismo, la mediocridad, la ausencia de una ética pública y un verdadero proyecto político; lejos del pueblo y lejos de la democracia.

La esperanza en lo que llegará

El futuro luce prometedor ante el veredicto del pueblo en las urnas, anunciado en el primer Domingo de Adviento, que propicia vientos favorables de esperanza y renovación para la llegada de una deseable primavera hondureña, que nos indican que es posible alcanzar la tierra prometida, el nuevo país que queremos. Una esperanza que se abre, una luz que brilla después de vivir una nefasta década de oprobio para un pueblo que se resiste a ser vencido por las fuerzas retardatarias que, con su poder, se han impuesto sobre nuestra nación y que históricamente han impedido su democratización y desarrollo.

El desafío parece enorme. Sería lamentable que las grandes expectativas que el pueblo depositó con ahínco en las urnas resulten frustradas o tergiversadas. O en reformas inconclusas. Tengo confianza en que este será el punto de partida, quizá también un periodo de transición, para emprender un nuevo camino en nuestra Patria y con nuestro pueblo, que merecen tiempos mejores, en especial los jóvenes y sus sueños de cambio.


[1] Tras presentar los primeros resultados electorales, el Consejo Nacional Electoral (CNE), repentinamente, dejó de actualizar la información sobre el nivel electivo presidencial; este hecho fue destacado en el informe de la Misión de Observación de la Unión Europea (MOE) a 48 horas de concluido el torneo electoral.

[2] Banco Centroamericano de Integración Económica.


* Economista con especialidad en economía agrícola, planificación y desarrollo. Fue diputado por el Partido Demócrata Cristiano de Honduras y candidato a la Presidencia de la República por el mismo partido. Se desempeñó, además, como Embajador de Honduras en Alemania y la ONU en Ginebra, Suiza.

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