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Sábado, 13 junio 2020

El nombre de Dios y el nombre de los pobres


En nuestros ambientes religiosos o eclesiásticos hay dos palabras que solemos usar con frecuencia. El nombre de Dios y el nombre de los pobres. Y no tiene nada de extraño ni debía ser criticable que se usen, porque lo divino es lo que da identidad a quienes se congregan en torno al culto o a una liturgia, como la asistencia social tiene como propósito socorrer las necesidades de los pobres.

El asunto comienza a complejizarse cuando echamos las miradas en el entorno de quienes usamos esas dos palabras y estamos referidos a una institución religiosa. No faltan autoridades religiosas que tienen una afinidad y cercanía con gentes adineradas. La cercanía y la amistad con gente rica no debía ser problema en sí mismo.

El asunto se complica cuando quienes tienen vínculos estrechos con gente adinerada, defienden sus intereses y justifican sus prácticas, y al mismo tiempo hablan con especial fervor de Dios y de amor a los pobres.

Cuando esto ocurre, se corre el peligro de usar el nombre de Dios para rituales y liturgias, y el nombre de los pobres para prácticas de beneficencia. Ya no solo defienden la gente adinerada, sino que usan el nombre de Dios y el nombre de los pobres para aparecer personas generosas. Hacen obras caritativas a los pobres, pero nunca defienden sus derechos, porque su corazón se encuentra entre sus amigos los pudientes. Y es a ellos y sus intereses los que acaban defendiendo.

En sociedades como la nuestra, con tanta carga de injusticia, desigualdad y aprovechamiento del Estado para enriquecimiento ilícito, aunque se use el nombre de Dios, lo que trasluce es un auténtico ateísmo práctico por parte de quienes conducen los hilos de las diversas institucionalidades. En un ambiente así, productor de abultadas riquezas y de escandalosas miserias, el nombre de Dios suele usarse para todo.

Se usa sobre todo para dar legitimidad divina a gobiernos, cuyos líderes a su vez, se sienten ungidos por Dios para imponer decisiones arbitrarias, y se usa el nombre de Dios para calmar a los pobres con unas esperanzas que en la realidad histórica y en las decisiones económicas y políticas se les niega.

Algunos países, como Estados Unidos, incluso pusieron el nombre de Dios en su dinero, al tiempo que existen líderes religiosos que llegan al extremo de bendecir bancos y negocios de muy oscuros orígenes. Los diputados nuestros invocan el nombre de Dios para sellar la aprobación de leyes injustas, y se usa para legitimar golpes de Estado, fraudes electorales y hasta para justificar elecciones amañadas de y autoridades judiciales.

Usar el nombre de Dios para sostener privilegios, y usar el sagrado nombre de los pobres para sacar beneficios personales o de grupo, es una idolatría. Ningún privilegio, poder y dinero se pueden justificar en nombre de Dios. Con Dios no podemos jugar sin caer en idolatrías que nos deshumanizan y destruyen. La opción por los pobres no se basa en la filantropía o la beneficencia, sino en defender sus derechos antes quienes los atropellan. Vivir el compromiso de fe desde la gente oprimida, es el lugar y el modo privilegiado para amar a toda la sociedad, y para evitar la manipulación del nombre de Dios.

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