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  Miércoles, 07 julio, 2021    

Encrucijada hondureña

O hay ruptura con el proceso de dependencia y sometimiento a la élite oligárquica y hacia las políticas de los Estados Unidos, sabiendo que eso supone pasar por un hondo período de crisis, que nos obligará a hacer frente al desafío de construir soberanía, o se sigue aceptando el control de esas reducidas élites nacionales y la presencia intervencionista creciente de las administraciones de los Estados Unidos.

Si como país seguimos como hasta ahora, podremos tener “prosperidad”, y “pax romana”, pero cada vez con menos dignidad. Y con la aceptación de seguir siendo, al menos por los siguientes doscientos años, “patio trasero”. Solo es posible tomar uno de los dos caminos.

La ruptura con la lógica que nos hace depender de los de arriba y del norte nos conducirá a dos cosas: una, a la obligada construcción de un país con soberanía e identidad, y, dos, a establecer relaciones justas y de complementariedad con Estados Unidos, con cualquiera otra nación, que incluye la China continental o Rusia.

Querer transitar en las condiciones actuales por los dos caminos, es como querer eso que es imposible: quedar bien por igual con Dios y con el diablo, o poner el corazón por igual en Dios y en el dinero. No se puede estar en dos caminos a la vez, o seguimos sometidos como hasta ahora, o hacemos ruptura, y definimos por primera vez en nuestra historia, nuestro propio camino y los aliados que necesitamos tener.

A lo largo de muchos años hemos creído, y nos han hecho creer, que somos un país soberano, porque cantamos con fervor el himno nacional, o porque burdamente nos enorgullecemos cuando la Selección Nacional de fútbol participa en torneos internacionales.

Todo eso es espejismo, es falsa soberanía, porque no somos conscientes de que cuanto más patriotas decimos que somos en un país de trasnacionales y ciudades modelo, más crece nuestra condición de serviles del imperio y de una reducida oligarquía local. O seguimos por la senda de siempre aceptado que seremos hoy y para siempre un país y una sociedad serviles; o asumimos la audacia de romper esa lógica, y emprendemos el difícil pero digno camino de construir soberanía.

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