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Ismael Moreno sj *

¿Qué explica que en las extremas condiciones de sobrevivencia, de la descarada corrupción en el manejo de los bienes públicos, de la mentira y el cinismo de las cúpulas políticas, de fraudes electorales, no surja una oposición organizada?

¿Por qué la población hondureña, con su pasividad, avala a los responsables de su postración?

Como aquí veremos, en las válvulas de escape radica gran parte de las respuestas a estas acuciantes preguntas.


Un día de mayo de 2021, cuando los contagios por la pandemia arreciaban, dejando un reguero de muertes y hospitales atestados de pacientes, y cuando arreciaba la inminencia de las Zonas Especiales de Desarrollo Económico (ZEDE) y los gringos anunciaban listas de políticos y funcionarios corruptos, miles de hondureños se lanzaron en tropel a las calles de la capital y de otras ciudades del país.

Con cohetes y pitoretas mandaron al carajo la mascarilla, olvidando el mandato de llevarla obligatoriamente, para festejar el triunfo del Olimpia, el equipo que, por enésima vez, alcanzaba el campeonato de la liga hondureña de fútbol.

“Aquí no pasa nada, qué importa la pandemia, qué importa si hoy no comimos, estamos felices porque somos campeones y esta felicidad nadie nos la quitará”, dijo una de las muchísimas voces de la barra Ultrafiel del equipo campeón. Esta es una típica válvula de escape.

Válvula de escape, recurso que desvía de la realidad

Cuanto más hundido está el país y cuanto más explosiva es una situación, más pronto emerge una válvula de escape. No cambia en nada la gravedad de la situación, pero la válvula de escape desvía la atención, la adormece; es el somnífero, el analgésico, la droga que distrae, embrutece, reduce los malestares y los lanza hacia una satisfacción que parece aplacar la angustia y la preocupación.

La válvula de escape no resuelve, pero desvía; provoca otros entusiasmos, otras distracciones. Deja intactos los conflictos y problemas; les quita presión con otras motivaciones emocionales, efusivas, entusiastas. Una válvula de escape está en correspondencia con la precariedad económica y social, con los bajos niveles de escolaridad (aunque no exclusivamente) y con la ausencia de cultura ciudadana.

De acuerdo a expertos en comportamiento humano, las válvulas de escape son mecanismos y comportamientos típicos de sociedades en estado de sobrevivencia, como la hondureña. Somos una sociedad estructuralmente organizada desde el estado de postración de millones de seres humanos, de los cuales ocho de cada diez tienen problemas de empleo; por consiguiente, se ven en la obligación de arañar cualquier cosa que conduzca a ganarse el sustento del día.

Honduras es una sociedad en estado de sobrevivencia, y una sociedad así es tierra fértil para la siembra de muchas semillas, que van desde las rebeldías hasta la apatía y diversas expresiones de descomposición social.

La base de la sobrevivencia en Honduras es real, en tanto que ocho de cada diez personas pasan su cotidianidad arañando para la alimentación; pero a su vez es inducida, porque el hambre y el desempleo de millones es negocio para reducidas élites. Es movilizadora y a la vez desmovilizadora.

En Honduras, las rebeldías se reducen a expresiones marginales, mientras la inmensa mayoría se decanta hacia expresiones descompuestas de humanidad, lo que llamaremos en este ensayo válvulas de escape, entendidas como desviación que transforma y transporta a quienes son víctimas de una carga opresiva, hacia una emotividad muy parecida a la que sentirían si asumieran respuestas de solución a sus problemas.

Válvula de escape como enajenación

En situaciones de extrema angustia, el camino propicio es el de las válvulas de escape. Cuando una persona tiene hambre, sufre desempleo y siente que sus problemas son tan grandes que superan sus posibilidades, se encierra en sus angustias y cae víctima del alcohol.

Y en lugar de encontrarse con otras personas que padecen sus mismas preocupaciones, se junta para emborracharse o para dar rienda suelta a sus frustraciones evadiendo sus problemas por otras vías. Este camino conduce a la enajenación, a sustraerse de la realidad y a buscar respuestas en lugares distintos a los vinculados con sus angustias.

Cuando el nivel de conciencia es tan bajo que no alcanza a emprender el camino que sea válvula de respuesta eficaz a los problemas, entonces la población puede ser fácil presa de manipulaciones porque se encuentra en un estado de enajenación.

Aquí nos referimos a enajenación como ese estado que conduce a la persona a perderse a sí misma, separada de su realidad; así como los trabajadores no identifican que su fuerza de trabajo es la que crea la riqueza de la sociedad, pero que esta es apropiada por los dueños de las empresas[1].

Cuando esto ocurre, los problemas crecen y adquieren una fuerza y un poder que avasallan a quienes padecen sus consecuencias. Problemas como el desempleo, el hambre, la falta de tierra o de salud, adquieren vida propia y se vuelven ídolos que matan, que necesitan que la gente se mantenga en esa mentalidad enajenada para seguir teniendo vida. Los problemas convertidos en mitos son malos consejeros, indican caminos de desviación. Estos son las válvulas de escape.

“Otros resuelven”, “ya vendrá quién responda y nos proteja”. Esa es la lógica de una sociedad que, en lugar de enfrentar sus problemas huye de ellos, porque esos problemas han adquirido vida propia ante la conciencia mítica y enajenada de la población.

Y entonces emergen las válvulas de escape que son otros ídolos, otros mitos que encarnan “soluciones” imaginarias a fenómenos complejos; que aconsejan no enfrentar los verdaderos problemas, porque se puede morir en la empresa y mejor resolver buscando otras respuestas.

El mito transforma la realidad de manera imaginaria, y oculta una realidad para mostrar otra. El mito propicia una reconciliación de los contrarios para calmar la angustia y brindar un cierto sentido de armonía[2].

Así nacen, se fortalecen y funcionan las válvulas de escape como respuestas míticas ante el hambre, el desempleo, la falta de tierra, educación, salud y, en general, ante la inseguridad social.

Un punto de partida como referencia histórica

Para situarnos históricamente, las válvulas de escape en Honduras encuentran su primer terreno fértil en la presencia arrolladora del enclave bananero, que introdujo en la sociedad esa concepción de que de afuera, del Norte, vienen las respuestas que resuelven la vida de los trabajadores.

La gente de los campos bananeros vivió bajo un sistema económico, político, social y salarial que resolvía sus necesidades; ante cualquier problema, había que remitirse a los empleados de la bananera porque todo se remitía al régimen de enclave. El enclave abrió las puertas a la primera gran válvula de escape y, ante la ausencia y necesidad de respuestas, se resolvió en sentido contrario a la identidad popular y nacional.

La huelga bananera de 1954 significó quizá el momento histórico en que los sectores populares de Honduras encararon sus problemas con conciencia transformadora, cuando las condiciones objetivas y subjetivas coincidieron; cuando esto ocurre, cuando se juntan estos dos dinamismos, de acuerdo a los expertos en teoría política, es cuando los problemas de la sociedad se resuelven revolucionariamente.

En lugar de válvula de escape, la huelga bananera fue una respuesta de dignidad y conciencia de los trabajadores, y alertó a las empresas bananeras y a los políticos criollos para organizar respuestas que neutralizaran el peligro de nuevos levantamientos populares. Entonces arreciaron las válvulas de escape.

Reformas: válvulas de escape para neutralizar luchas y conciencia ciudadana

Las bananeras y el gobierno de turno impulsaron, a finales de la década de 1950, diversas reformas que, a simple vista, parecían respuestas a las demandas populares[3]. Y así fueron, pero con el propósito de distraer, confundir, dividir y aletargar los movimientos subversivos dentro de las bananeras y del sector campesino y obrero en general.

La Ley del Seguro Social, el Código del Trabajo, una ley de reforma agraria, el derecho al voto a las mujeres y beneficios adicionales a los obreros de las bananeras en el marco de los sindicatos fueron, entre otras, reformas que aplacaron el ímpetu popular que se expresó en la gran huelga bananera.

Las reformas no eliminaron el ímpetu, pero lo aplacaron, porque las hicieron aparecer como conquistas alcanzadas por el movimiento sindical organizado. Es cierto que fueron en virtud de la gesta obrera, pero las reformas buscaban neutralizarla y tener bajo control sus dinamismos.

Las reformas y la política del miedo, unidas al control de la conciencia a través de la formación de líderes por el Instituto Americano del Sindicalismo Libre, eliminación selectiva de subversivos, campañas mediáticas para elevar el perfil de nuevos líderes sindicales y campesinos, y advertir del supuesto peligro comunista que se cernía sobre el país, fueron parte de la nueva estrategia impulsada por la alianza de las bananeras, el gobierno de Estados Unidos y el gobierno hondureño.

Reformas, miedo y represión: una respuesta articulada

En el fondo, las reformas de finales de la década de 1950 fueron válvulas de escape que estuvieron acompañadas —como lo estarán a lo largo de la historia posterior hasta nuestros días— de políticas para imponer el miedo, medidas y acciones de persecución, represión, amenazas y muerte de dirigentes políticos, cuando no de masivas muertes violentas.

Desde entonces, válvulas de escape y miedo inducido irán siempre de la mano. Este corto período de reformas representó la siembra de una sociedad que, desde entonces, habría de vivir bajo la lógica de las válvulas de escape.

La década de 1960, de acuerdo a diversos datos y referencias, fue el período de mayor auge de la organización campesina, cuando florecieron las más pujantes y entusiastas expresiones en el campo.

Pero sus líderes fueron cooptados por la poderosa corriente del “sindicalismo libre”, y las organizaciones y los líderes contestatarios, o situados a contracorriente del oficialismo, fueron severamente reprimidos o eliminados. Ese fue el caso de la Federación Nacional de Campesinos de Honduras, FENACH, cuyos dirigentes fueron masacrados por “subversivos” en abril de 1965 en la llamada masacre de El Jute, en las cercanías de El Progreso, en el norte hondureño.

Las organizaciones campesinas nacían y se desarrollaban en torno de la demanda de la tierra, una promesa que frecuentemente fue satisfecha por la rica y abundante frontera agrícola, sobre todo en la región noroccidental del país. Así surgió el tema de la tierra como válvula de escape.

La tierra y el sentimiento nacionalista

Ocurrió que en este proceso de entrega de tierras se identificó que unas 300 mil familias salvadoreñas poseían pequeñas o medianas parcelas. La guerra de 1969, falsamente llamada “del fútbol”, confrontó a la población campesina hondureña con la salvadoreña, con disputas atizadas por un inducido sentimiento nacionalista, que justificó la expulsión masiva de miles de familias salvadoreñas, y sus tierras fueron acaparadas por terratenientes o funcionarios públicos, o entregadas a organizaciones campesinas.

De modo que la entrega de tierras y el chovinismo se convirtieron en válvulas políticas de escape, las cuales serán parte de la realidad nacional, especialmente en los patronatos, que definen su existencia mediante acuerdos con las municipalidades para lograr concesiones de tierras.

El encanto del fútbol

La guerra de 1969 abrió con fuerza la válvula del nacionalismo chovinista. Pero, con mucha más fuerza, se abrió la válvula del fútbol como expresión de respuestas masivas de “mancha brava”, de la plebe conducida por políticos, militares, empresarios y medios de comunicación, hasta convertirse en las “barras” delos equipos con mayor sustento económico que, en las últimas décadas, han dejado decenas de muertes como consecuencia de las energías que se canalizan a través de esta válvula de escape.

Una mañana de lunes, en pleno trabajo en un taller automotriz, uno de los jóvenes trabajadores hizo una pequeña pausa y, con periódico en mano, se dirigió a sus compañeros para aclarar un error en la noticia deportiva: “Miren cómo miente este periódico, dice que el primer gol cayó a los veinte minutos, y fue a los 17”.

Los aficionados, sin duda, saben poco o nada de lo que ocurre en el país; no siguen las noticias y, si se enteran, no les preocupan. Sus vidas, con sus días y sus noches, giran en torno de los partidos de fútbol, los nacionales e internacionales; y tanto sufren cuando pierde su equipo preferido en la liga nacional, como cuando pierde su equipo favorito en España, Italia o Inglaterra.

Si hay fútbol, no importa si no hay empleo o falta la comida; en el fútbol se unen todas las ideologías. Puede haber confrontaciones en razón de visiones ideológicas distintas, pero al momento de un partido de fútbol decisivo, no hay bandera ideológica que divida.

En el día a día alguien puede despotricar contra la oligarquía, pero si en la noche hay fútbol, todo mundo grita porras por el equipo del patrón, como nos lo recuerda el cantautor popular hondureño Mario de Mezapa.

Los asistentes a un partido de fútbol se transforman. El mundo con sus complejidades deja de existir, y todo se reduce a la única pasión en torno de un balón y muchos pies corriendo tras las jugadas. El fútbol es una pasión ante la cual el mundo entero se rinde.

En el partido, el aficionado se transforma en fanático y sus sentimientos se exacerban como solo ocurre con un fanático religioso porque, a fin de cuentas, el fútbol y la religión, cuando se convierten en pasión, se asemejan en desviar la atención de la realidad para concentrar mente y corazón en una única devoción.

Quizá algunos aficionados tienen información de los dueños de los equipos de fútbol y de su relación con empresas que incumplen sus obligaciones con los trabajadores; pero una vez que el equipo ingresa a la cancha, la mente se enturbia y, en la medida que avanza el partido, el aficionado va sufriendo una metamorfosis que, al radicalizarse, puede llevar a un fanatismo con capacidad para ver en los contrarios a enemigos a los que hay que atacar, a extremos de provocar muertes, a veces cargadas de crueldad.

Ya se escribió en un meme que circuló por las redes sociales: “Un pueblo sumergido en la mediocridad, se condena al fracaso y a la miseria cuando sabe más de fútbol que de sus propios derechos, cuando grita más fuerte un gol que una injusticia, y cuando le exige más a un jugador que a los políticos”.

Migración y remesas

La migración con sus remesas, que desde la década de 1990 han venido en aumento, se han convertido en una potente válvula de escape. Una vez que las compañías bananeras abandonaron sus fincas en los inicios de los años noventa, proceso que culminó tras el paso feroz del huracán Mitch en 1998, los antiguos “campeños” quedaron viviendo en las mismas viviendas, en los “barracones” construidos por la empresa estadunidense, y poco a poco fueron cayendo en la cuenta que faltaba la asistencia que recibían de su “mamita yunai”.

Ya no había quién cortara el césped de los patios, llegaron los recibos de la energía eléctrica, comenzó a escasear el servicio de agua potable, los edificios de las escuelas se fueron deteriorando, y el dinero que semanalmente recibían de pago, se esfumó como por arte de abandono.

El abandono de la bananera unido a los destrozos y el desempleo que dejó el huracán Mitch, más la pérdida de tierras en las cooperativas de la reforma agraria, que provocó el abandono del campo de varios miles de personas, avalado por los “ajustes” del neoliberalismo, condujo a la migración masiva hacia los Estados Unidos: una válvula de escape que iría en aumento en la medida que aumentaba la violencia, la implementación de los tratados de libre comercio con su aumento del desempleo y la desvalorización de la producción campesina.

Los extrabajadores de las fincas bananeras fueron los primeros en tomar camino al Norte, quizá con el afán de seguir los pasos de la Compañía frutera que regresó a su lugar de origen. Si la Compañía no regresa, los campeños van a buscarla a Estados Unidos para resolver allá lo que no pueden resolver aquí. Y a los campeños les siguió la juventud desempleada o amenazada por la violencia.

Así, las primeras dos décadas del siglo veintiuno se corresponden con el florecimiento de la migración, la mayor válvula de escape de la sociedad hondureña. Las remesas alcanzaron más de cinco mil millones de dólares, convirtiéndose en el rubro de mayor ingreso, muy por encima del café, la industria de la maquila, el turismo y las comunicaciones, hasta constituirse en el colchón económico que da mayor estabilidad a la economía hondureña.

Las remesas son dineros que llegan directamente a las manos de las familias pobres, aunque solo de paso porque, de inmediato, van a las cuentas de los supermercados, las tiendas de consumo y las ferreterías, entre otras.

Una familia que depende de lo que envían sus familiares de EUA, y en menor medida de España, pasa la vida embelesada viendo hacia el Norte, lista para recibir el mensaje en el celular que le avisa que pase a retirar la remesa. La existencia cotidiana depende de la remesa, la vida transcurre en torno de la remesa, y más atenta aun a los mandatos de quien envía la remesa.

El proveedor de remesas es el único gobierno al que obedece la familia beneficiaria, y es quien dicta las pautas de comportamiento y relacionamiento cotidianos. El proveedor de remesas dicta las leyes y pautas, y ejerce control e incluso violencia sobre los beneficiarios.

La familia beneficiaria en nada se ha de involucrar que ponga en mínimo riesgo la estabilidad que le garantiza el régimen de remesas. Esas familias, que se cuentan por decenas de miles, no están interesadas en lo que ocurre en el país, ni siquiera en el entorno, que no sea el mundo religioso al cual están adheridas, o los equipos de fútbol y las novelas —preferentemente sobre narcos— que se transmiten por televisión. Nada que ocurra en el ámbito de lo público interesa a la familia receptora de remesas, a no ser que interese al proveedor, su único y auténtico gobierno.

La migración y las remesas se han constituido así en la válvula de escape más eficaz para tiempos de turbulencias y sobrevivencias; es apagafuegos y sostenedor del statu quo y un factor desmovilizador privilegiado porque, además de acentuar el individualismo familiar, estabiliza la economía, evitando el colapso de la sociedad.

Podrá anunciarse el vínculo del titular del Ejecutivo con la narcoactividad; podrá conocerse de saqueos descarados al erario, se podrá confirmar el fraude electoral, se podría anunciar el abandono del gobierno a los damnificados de huracanes y el gobierno podrá hacer concesiones de territorios a empresas extranjeras. Podrán caer todas las desgracias juntas, pero miles de familias no moverán un dedo para sumarse a protestas o reclamos públicos.

Esa es la efectividad de la migración y las remesas como válvula de escape. El imán de la migración como válvula de escape se expresa en las caravanas que, pasivamente, arrancan en busca del territorio estadunidense, cuando más ha arreciado el desempleo y la incertidumbre tras la inestabilidad política agravada por la pandemia y las inundaciones.

Campañas políticas

Atrapan a millares de personas en torno de candidatos, corrientes y partidos políticos, y en todas las circunstancias, revisten la característica de válvulas de escape.

La hondureña es una sociedad electorera y, aunque los partidos políticos son las instituciones de más desconfianza para ocho de cada diez personas, de acuerdo a los sondeos de opinión pública del ERIC, las elecciones con sus campañas son lo más parecido a una festividad, de la que muy poca gente tiene capacidad de sustraerse.

Los contenidos importan muy poco o nada; tampoco importa si un candidato hace promesas que no cumple. Es el fervor, es la fiesta lo que atrapa y convoca, y cuanto más caudillo sea el candidato, más capacidad de convocatoria tendrá.

En la reciente campaña política, las acusaciones de ser narcotraficantes fueron especialmente graves contra varios candidatos, sobre todo del partido de gobierno. Sin embargo, la mayoría de estos políticos, señalados de participar en actividades ilícitas, fueron votados para ser candidatos a cargos de elección popular.

La gente lo sabía, pero en condiciones de subsistencia, seguir a un candidato que desafía las leyes con sus negocios irregulares, puede redituar en empleo, ayudas y asistencias. Una campaña política puede ser entendida como oportunidad para la rebusca.

La campaña electoral está por encima de contenidos, trayectorias o compromisos de quienes corren tras un cargo de elección popular. La campaña política es una fiebre que contagia a toda la sociedad, y parece que no existe una persona, a la que se le proponga ser candidata, que tenga capacidad para negarse.

Se conocen muchas personas que han sido críticas frontales de los partidos políticos y del daño que la politiquería ha hecho al país. Sin embargo, un día cualquiera unos amigos les metieron el gusanito de una candidatura, y entonces olvidan las críticas, o las retoman para asegurar que, con un cargo de elección popular, realizarán las transformaciones que el país necesita.

Una vez que una persona ingresa al ruedo de las candidaturas, nunca nadie podrá convencerla de que se retire; estará en campaña política hasta que se la lleve la muerte.

Rebusque y asistencialismo

La rebusca ante regalías y programas asistencialistas, que se exacerba ante emergencias producto de eventos de la naturaleza y campañas electorales, es otra eficaz válvula de escape.

Esta responde al estado de postración y sobrevivencia de amplios grupos humanos y, a la vez, a la mentalidad que hace depender a la gente de fuerzas extrañas a su vida, y al individualismo que dice que cada cual libra su cacaste.

Meses después del paso dramático de los huracanes de 2020, un grupo notable de comunidades de la margen derecha del río Ulúa, en el valle de Sula, decidió hacer públicas sus demandas por la construcción de bordos, ante el inminente peligro de nuevas y devastadoras inundaciones.

Centenares de personas se movilizaron e hicieron tomas de puentes; la policía respondió con bombas lacrimógenas y, no obstante la promesa de las autoridades de tener lista la maquinaria para realizar los trabajos en el río Ulúa, las comunidades prosiguieron sus protestas.

De pronto, el propio titular del Ejecutivo se hizo presente en las comunidades y en algunos barrios de El Progreso, el epicentro de las acciones de protesta, y comenzó a regalar dinero contante y sonante. Aseguró que los seis mil lempiras que estaba entregando, los entregaría en dos ocasiones más en los siguientes meses del año. Obviamente, nadie rechazó el regalo de “dinero para el bolsillo”, como le llamó el gobierno, y en la siguiente protesta pública, los asistentes se redujeron a menos de la mitad de los que hubo en jornadas anteriores.

Rebusque e individualismo

En una sociedad atrapada en la sobrevivencia, el rebusque es lo que define en gran medida a la población; y por eso estará presente en aquellos lugares y ante los personajes que le garanticen la comida o el sustento para ese día.

El rebusque acentúa las salidas individualistas; cada cual busca resolver sus necesidades, sin ver a ninguna otra parte más que hacia sí mismo. La actitud individualista, propia del rebusque, no permite miradas conjuntas y, menos aún, respuestas conjuntas. Puede haber problemas y necesidades comunes, pero, en una sociedad del rebusque, las respuestas suelen ser siempre individualistas. A fin de cuentas, “el buey solo bien se lame”.

En una barriada marginal, informal e improvisada, en las afueras de un centro urbano de la Costa Norte, cada una de las veinte chabolas cuenta con una manguera que cada familia ha instalado desde la fuente de agua, situada a unos 300 metros.

A nadie se le ocurrió que podrían comprar una sola manguera con mayor capacidad, y así cuidar la fuente de agua como un bien común. Cada cual se rebuscó con su propia manguera y la pegó a la fuente de agua; las veinte familias con la misma necesidad, pero cada una se rebuscó por su lado para resolverla.

Lo mismo ocurrió con el tendido eléctrico. Las veinte chabolas tienen electricidad, pero existen veinte pegues que cada familia hizo desde unos 400 metros, con una cantidad notable de cables que, improvisadamente, cruzan los árboles, poniendo en peligro todas las viviendas.

Cada familia se rebusca para resolver su necesidad de agua y energía eléctrica. Y cada familia se vincula por su lado con quien le puede resolver su necesidad; seguramente un pastor evangélico o un directivo del patronato que, a su vez, es activista del partido gobernante.

Una población así alcanza una mirada inmediatista; el mundo tiene el horizonte del final del día, y la gente sigue a quien le asegure la sobrevivencia cotidiana. Ya lo han advertido algunos sondeos de opinión: la gente se inclina levemente por la democracia, pero sobre todo se inclina por el régimen que le garantice la subsistencia[4].

La gente sigue a quien le hace regalos, y esto lo sabe muy bien la derecha más extrema que conduce el gobierno; por eso invierte enormes cantidades de recursos en programas de asistencia y así mantener expectante a la población.

Esas personas saben que, además de evitar levantamientos, las ayudas se convierten en votos. Así, unen válvulas de escape: el asistencialismo más la campaña política, que adquieren una gran capacidad cautivadora a la vez que desmovilizadora.

En los ambientes más empobrecidos es frecuente escuchar: “A mí ningún político me da de hartar, me da lo mismo quién esté en el gobierno, porque si no trabajo, si no me rebusco, no como”.

La gente que así se expresa, que dice que no vive de la política, se inclina finalmente por quienes generan miedo ante el “peligro comunista”. Y al momento de depositar el voto, lo hace a favor del Partido Nacional, porque sus activistas y dirigentes representan, supuestamente, el orden y la estabilidad; además, suelen ser expertos en dar en el clavo del asistencialismo.

En estas poblaciones han cuajado la mentalidad y la cultura militarista, porque se inclinan por la cultura del ordeno y mando. En los diversos sondeos de opinión del ERIC, quienes desconfían de los políticos y las instituciones, suelen dejar un margen importante de confianza favorable a los militares, cuya presencia en las calles ven con simpatía porque, en su opinión, produce una percepción de seguridad y orden.

Cooperación internacional y oenegeísmo

Los suministros atractivos de la cooperación internacional a través de centenares de ONG, la mayoría concentradas en la capital, pero muchas con subsedes diseminadas en todo el territorio, se han convertido en una poderosa válvula de escape.

Los organismos donantes, tanto de Europa como de EUA, solventan la carencia de recursos, resuelven salarios e ingresos de activistas y profesionales, y compiten en el terreno asistencial y de suministro de ayuda a comunidades y organizaciones.

Esta cooperación tomó fuerza como fenómeno social, organizativo y económico a partir de la última década del siglo pasado, y creció al grado de ser un factor decisivo en la solución de salarios y ayudas humanitarias para miles de personas.

El extremo de esta válvula de escape se expresa en la dispersión en que acaban las ONG beneficiarias, que responden primordialmente a las orientaciones y sugerencias de los organismos donantes, de manera que las únicas ocasiones de encuentro entre las ONG y las expresiones de los movimientos sociales, es cuando las convoca y reúne el organismo donante.

Una mayoría de organizaciones sociales, comunitarias, populares, ecologistas, de derechos humanos, étnicas, feministas, juveniles, de comunicación y eclesiales han sucumbido al síndrome del archipiélago[5].

Son muchas, desparramadas por todo el país, con mínimas posibilidades de crecer. Estas organizaciones se ocupan de temas similares, pero cada una tiene su propia agenda y la defiende con pasión ante las demás. Cada cual impulsa su agenda de trabajo o de lucha, segura de bastarse a sí misma, o viendo a las demás a partir de esa seguridad. 

La mayoría de estas organizaciones ha establecido relaciones verticales con un organismo donante, del cual recibe apoyo y de donde emanan no pocas de las temáticas que conforman sus agendas de trabajo, y a quienes dan cuenta de lo que hacen, de lo que quieren hacer y de lo que han dejado de hacer. Las líneas verticales están muy bien definidas y se basan en la obediencia y la sumisión.

La mayoría de estas organizaciones no tiene relaciones horizontales con organizaciones similares; y si las tiene, son hilos muy tenues o líneas punteadas en lugar de continuas.

Así como cada organización suele obedecer “hacia arriba” a quienes definen las temáticas, aportan el dinero y exigen el marco lógico, también buscan establecer relaciones verticales con los destinatarios de sus agendas, convirtiéndose así en intermediarias de contenidos y recursos entre donantes y destinatarios. Las líneas verticales están muy bien marcadas, mientras que las líneas horizontales son difusas o inexistentes.

En una lectura provocadora, se podría decir que las organizaciones sociales acabaron convirtiéndose en un subproducto del neoliberalismo, aun cuando todas, sin excepción, son férreas críticas del modelo neoliberal. 

Este modelo arrastró en pocos años a las enclenques economías centroamericanas, sumergidas en obsoletas prácticas feudales, para que se insertaran en la globalización. A la vez, la cultura del individualismo y la competitividad sin límites del neoliberalismo penetraba a las organizaciones sociales, retrotrayéndolas a una especie de feudalización política, ideológica e incluso económica. 

Hoy, cada organización tiende a ser un feudo, con sus propios señores o señoras feudales, con sus espacios bien encastillados, con sus propios recursos y destinatarios. Las economías nacionales saltaron del retrógrado feudalismo a la economía neoliberal de mercado, mientras que las organizaciones sociales y populares retrocedieron a un modelo feudal.

Tan ocupadas han estado en sus quehaceres y afanes internos, que han acabado en la lógica del encierro, en rehuir los espacios públicos y ser factor de desmovilización, convirtiendo la propia lucha social y a quienes la impulsan, en una válvula de escape.

Fenómeno religioso

Una válvula de escape que aquí no podía faltar es el fenómeno religioso; se hace sentir con mayor fuerza en la proliferación de sectas fundamentalistas de corte neopentecostal, que se extienden y ramifican en barrios, colonias y asentamientos de las principales ciudades.

Aunque hay iglesias para las clases medias y altas, por lo general lideradas por pastores vinculados con el mundo de la política, la gran mayoría de miembros de las iglesias neopentecostales procede de los sectores más empobrecidos que, de inmediato, son beneficiarios de los programas oficiales de asistencialismo; además, muchos dependen de las remesas que les envían sus familiares en el exterior.

Quienes asisten a los cultos evangélicos —muchas veces con una frecuencia cotidiana— y dependen de remesas, suelen recibir “permiso” de los proveedores para que la mujer y los hijos salgan de casa si es para asistir a los cultos, de manera que las remesas y los cultos suelen estar íntimamente vinculados.

Los pastores y la feligresía realizan una labor invasiva en el barrio o colonia. El pastor y su iglesia invaden todos los espacios y son omnipresentes en la vida de las familias. Están en todos los acontecimientos familiares y cumplen una labor de sostén espiritual y humano cuando ocurren desgracias como la muerte, sobre todo si es violenta, como es frecuente en estos espacios suburbanos.

También dan respuestas complementarias a necesidades apremiantes de las familias. Eso sí, los beneficiarios han de haber profesado su fe, seguida del bautismo en la iglesia. Nadie que no sea miembro de esta, recibirá un beneficio.

Distinto es el fenómeno religioso católico. Mientras los pastores y sus iglesias son parte del paisaje cotidiano, el pastor de la Iglesia católica es un agente externo. En la mayoría de los casos, su presencia es esporádica y fugaz en la vida del barrio o la colonia.

En algunos lugares funcionan las redes de delegados de la Palabra, animadores de la comunidad y los catequistas quienes, al ser miembros de la comunidad, son el correlato entre los católicos de lo que son los pastores en las iglesias neopentecostales.

Pero estas personas están en pocos lugares y, si existen, no cuentan con la delegación plena de la parroquia para ejercer ministerios que, en la Iglesia católica, están reservados exclusivamente a los clérigos.

Existen comunidades de religiosas que se insertan en barrios y colonias, y ellas son las que más se asemejan al papel de los pastores, con la diferencia de que, en la mayoría de los casos, reducen el papel de válvula de escape de lo religioso, y suelen alentar a las familias y las comunidades a una formación espiritual que eleva la conciencia de las personas hacia un compromiso social transformador.

Por su parte, los pastores de las iglesias o sectas neopentecostales establecen relaciones verticales con los feligreses, alimentan la conciencia mágica y mítica que, en los hechos, desvincula a la persona de su realidad; acentúan la salvación individual y fuera de la realidad y, así, lo religioso se constituye en una formidable válvula de escape.

Violencia y medios de comunicación

La violencia se ha convertido en válvula de escape en sintonía con el rol que desempeñan importantes medios de comunicación. De acuerdo a diversos sondeos de opinión pública, siete de cada diez personas en Honduras, que escuchan o se interesan en las noticias, lo hacen a través de un canal de televisión con alcance nacional. Es un medio de comunicación que funciona como una red que entrecruza la televisión abierta, la radio y las redes sociales, donde el negocio reside en difundir hechos noticiosos violentos, casi en el momento que ocurren.

Decenas de miles de consumidores de noticias se aferran a este noticiero que destaca la sangre, las lágrimas y el dolor en un juego orquestado en torno del morbo, convirtiendo la noticia violenta en válvula de escape. “Eso mismo me puede ocurrir a mí o a alguien de mi familia o de mi vecindario”, dijo uno de los consumidores de esta red noticiosa.

Una red noticiosa así cumple el papel de mitificar los hechos, y provoca un distanciamiento entre la realidad del consumidor de noticias y el medio de comunicación, el cual adquiere la fuerza de un mito, con sus presentadores como ídolos o dioses.

Los sondeos de opinión del ERIC indican que los medios de comunicación son, junto a las iglesias, las dos instituciones que gozan de la mayor confianza de la población; por tratarse de instancias que mueven mensajes e información, se constituyen en los principales diseñadores de la conciencia de la sociedad y, por eso, pueden montar o desmontar válvulas de escape.

Por estar vinculados a grandes corporaciones y recibir fuertes suministros económicos de fondos públicos, los medios de comunicación contribuyen a construir, diseñar y legitimar la cultura del escape, de modo que todos los factores que inciden en la vida de la población, pueden ser convertidos en válvulas de escape.

Los medios de comunicación son uno de los arquitectos en la construcción distorsionada de la conciencia; alimentan pasiones, construyen y destruyen ídolos conforme a conveniencias, y desvían la atención de la sociedad de su responsabilidad ciudadana para asumir y resolver sus problemas.

Desmontar la cultura de evasión, una prolongada tarea política y cultural

Luego de más de un siglo, pero acentuada desde hace siete décadas, la cultura de escape ha penetrado y cruzado generaciones. Y ante cualquier conflicto o situación precaria, buscamos una válvula de escape.

La tendencia a evadir conflictos, especialmente cuando son agudos, es propio de la naturaleza humana; para ello se recurre a aquellos dinamismos o factores que más pueden contribuir a esa evasión; como nos recuerda un autor, “siempre hay que intoxicarse”[6].

Las válvulas de escape pueden dar seguridad y estabilidad humana y psicológica y, cuando se saben conducir, hasta la misma lucha liberadora puede significar, para espíritus rebeldes y nobles, una válvula, ya no de escape, sino canalizadora de solidaridad y justicia.

Aquí hemos anotado algunas, las más significativas por su influencia social, pero existen muchas más, y en una cultura de evasión, hasta los datos o factores humanos y sociales menos significativos, pueden derivar en válvula de escape. Así podemos referirnos a las drogas, el consumo de bebidas embriagantes, el sexo o el trabajo.

Sin duda, temas envolventes como la pandemia, la corrupción pública y privada, el narcotráfico, la tecnología con sus redes sociales, se suman a esta cultura del escape, de la evasión, en el propósito de exacerbar el individualismo con su lógica del sálvese quien pueda, la divisa que subyace en esta cultura.

Los factores que dan lugar a las válvulas de escape no son en sí mismos el problema; por tanto, no se trata de eliminarlos sino de reorientarlos. Sobre todo corresponde trastocar la realidad de sobrevivencia, la cual será siempre terreno fértil para desviaciones. Hemos alcanzado un alto nivel de cultura de escape ante la realidad, porque el estado de sobrevivencia se ha consolidado.

Cuando esta realidad humana, social, política y económica de subsistencia se interioriza, como ha ocurrido a lo largo de muchos años en la población hondureña, se produce una conciencia cultural que induce a buscar en otro lugar y en otros niveles, distintos a la realidad cotidiana, respuestas a los problemas y angustias. Cuanto más hondo es el deterioro social, humano e institucional, más condiciones favorables existen para manipular la sociedad, convirtiendo diversos factores en válvulas de escape.

Válvulas para respirar dignidad, no para evadirla

Si una persona o un grupo social está angustiado por el hambre y la falta de empleo, el camino cuesta arriba, pero que resuelve, debería ser encontrarse con otras personas que padecen los mismos males y, entre todas, responder a las preguntas de por qué estamos así de afectados. Si es un asunto de la naturaleza o un estado creado por dinámicas humanas, sociales y económicas, preguntarse quiénes están provocando tal situación, y qué podemos hacer para transformarla.

Cuando se emprende este camino, es muy difícil que las personas se dejen llevar por válvulas de escape, porque juntas pueden emprender un proceso de conciencia y de lucha que podrá llevar a válvulas orientadas a transformar la situación de hambre y desempleo, como la organización, la cooperativización, la presión y las demandas hacia quienes conducen el Estado. Lo mismo puede ocurrir cuando la población campesina no tiene tierra, o la tierra ha sido acaparada por terratenientes.

Para emprender este camino, es necesario un proceso de formación en conciencia a contracorriente de los dinamismos dominantes que atrapan nuestra sociedad. Todos necesitamos válvulas para canalizar nuestras energías; pero la mayoría de esas válvulas han sido de escape, y los resultados han sido de mayor hundimiento humano, social y político. Construir válvulas que no sean de escape, sino canalizadoras positivas y creativas de energías acumuladas, es una gran tarea política.

Las válvulas de escape están íntimamente vinculadas con el bajo nivel de escolaridad y la escasa cultura ciudadana; por tanto, para romper con esa cultura de escape, es necesario invertir en escolaridad y en formación cultural.

Sin embargo, ningún proceso de cambio hacia la ruptura con las válvulas de escape será posible mientras persistan las condiciones de precariedad económica, social, ambiental e institucional, que siempre mantendrán a la sociedad en estado sistémico de subsistencia, que crea todas las condiciones para que se disparen las válvulas de escape.

Honduras ha carecido de un modelo endógeno de desarrollo y bienestar. El enclave bananero sentó las bases de un modelo definido desde el exterior, sin contar con la población y con frecuencia contra su bienestar. Desde entonces se ha dependido de fuerzas externas y nunca se emprendió la búsqueda de propuestas nacidas de dinámicas internas.

La sociedad, con sus diversos liderazgos, se conformó con arañar apoyos y ayudas que vienen de fuera del país. Hemos acabado aceptando, casi como destino, vivir en estado de sobrevivencia y, mientras esto persista, no habrá manera de reorientar las válvulas para que dejen de ser de escape. El estado de sobrevivencia encierra a la gente en sus afanes individuales; la aleja de la atención a los problemas comunes.

Personas de fuera del país se sorprenden ante la pasividad de la población frente a los golpes y decisiones que las cúpulas políticas le imponen. “Aquí no pasa nada”, se oye decir con frecuencia.

En mayo, miles de personas se volcaron a las calles a celebrar el triunfo de su equipo de fútbol, pero muy poca gente elevó su voz cuando los diputados aprobaron en el Congreso Nacional la puesta en marcha de las ZEDE. Y menos salieron a las calles. Sin duda, saldrán multitudes a vencer las adversidades de la pandemia, cuando los candidatos en contienda electoral convoquen a actividades proselitistas.

Trabajar por un modelo propio, endógeno, que articule todos los recursos para impulsar un desarrollo que beneficie a toda la sociedad, es condición para romper con la cultura de escape que ha consumido las iniciativas y ha distorsionado las respuestas a las problemáticas locales y nacionales.

Ningún esfuerzo de formación en conciencia tendrá resultados transformadores a largo plazo, sin que a la vez no se trabaje por romper con el modelo generador de subsistencia. Por muchas energías que se inviertan en formar sectores sociales en torno de una conciencia ciudadana, mientras persista el modelo productor de subsistencia, siempre habrá respuestas evasivas o de escape por parte de la población.

Simultáneamente en dos bandas

Romper con los dinamismos que sostienen la subsistencia y sus válvulas de escape, supone trabajar simultáneamente en dos bandas. La primera es impulsar entre los sectores académicos, centros de derechos humanos, políticos y sociales, propuestas sobre un modelo económico, social, fiscal, ambiental, agrario, productivo e institucional que supere el modelo productor de desigualdades, subsistencia y corrupción.

La segunda banda es trabajar en la construcción de conciencia de pueblo, porque las válvulas de escape se sustentan en conglomerados sin conciencia de pueblo, sin identidad de pueblo. Es una opción que se ha de asumir en el presente, pero sin reducir la mirada al corto plazo, puesto que significa un compromiso de sembrar las bases de una sociedad sostenida en un modelo construido desde dentro del país, a partir de la conciencia de los diversos sectores de ser oprimidos, con capacidad para identificar a los opresores e impulsar procesos de emancipación para toda la sociedad.


*Director de Radio Progreso y del Equipo de Reflexión, Investigación y Comunicación de la Compañía de Jesús (ERIC-SJ).

[1] Concepto tomado de la tradición marxista de pensamiento.

[2] Cfr. Claude Lévi-Strauss, El pensamiento salvaje, FCE, México, 1964; Mitológicas, FCE, México, 1966.

[3] Cfr. Marvin Barahona, Honduras en el siglo XX: una síntesis histórica, Editorial Guaymuras, 2005.

[4] ERIC. Sondeo de opinión pública. El Progreso, 2020.

[5] Aquí retomo comentarios del artículo “La ‘izquierda’ política de espaldas al pueblo y la lógica del colibrí”, publicado en la revista Envío-Honduras, año 12, No. 44, diciembre 2014, pp. 1-9.

[6] Cfr. André Malraux, La condición humana, Edhasa, 2ª ed. revisada, 2017.

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