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 Jueves, 01 julio, 2021  

La causa raíz

En lugar de ser un instrumento al servicio de la humanización de la sociedad, la economía produce enormes desigualdades, desata ambiciones, genera exclusiones y niega oportunidades. La violencia encuentra una de sus raíces en la economía así como está organizada. Produce centenares de miles de personas sin comida, sin un trabajo digno, y obliga a que mucha gente joven emigre y sea discriminada. Y a la par, esa misma economía genera derroche, gasto superfluo, corrupción, privatización de bienes y servicios públicos e irrespeto a la soberanía. Economía y política son gemelas.

La mentira sin duda más agresiva, discriminatoria y racista, es la de decir a los pobres que estamos bastante bien, que vivimos con empleo y con vida mejor, que los maquiladores e inversionistas extranjeros llegan al país porque aprecian la mano de obra hondureña. Esa mentira se extiende cuando nos dicen que vivimos bajo el imperio de una ley que es igual para toda la gente. Mientras tanto, la gente sigue su camino hacia el norte, vive en la zozobra ante la amenaza de las lluvias, y el juez le dará siempre la razón al que tiene más dinero y mejor posición política.

La corrupción es también otro acto de violencia. Desde la marmaja que se le da a un alcalde tras el otorgamiento de un proyecto, hasta los desvíos de fondos a los funcionarios cuando se construye una obra de infraestructura. Desde usar las necesidades de la gente para elevar perfiles políticos en tiempos de elecciones, hasta buscar influencias partidistas para conseguir una chamba en la burocracia. La institucionalidad se ha convertido en un reflejo de la corrupción.

La violencia es algo más que la brutalidad que vemos en la calle. Es también nuestra actitud y el modo de vivir indiferentes ante la corrupción o la debilidad institucional. Y tanto la violencia delincuencial callejera y la organizada, como la irresponsabilidad social y falta de solidaridad, constituyen rostros diversos de un problema común. En una situación extrema como la que hoy experimentamos, y en la que nos acabó de hundir este modelo económico con su proyecto político dictatorial, hasta la indiferencia y el silencio, se convierten en un modo sui generis de ejercer violencia. 

Romper con la violencia que produce la economía es una enorme tarea política, ética y social. Necesitamos trabajar por una propuesta concertada en torno a una economía que en primer lugar responda a la población víctima del actual modelo demoledor de esperanzas, en donde no quepan planes invasivos como la ZEDE ni ningún otro enclave. Necesitamos un proceso de diálogo y debate que culmine en consensos de un nuevo modelo promotor y constructor de sociedad en donde toda la gente cabe con iguales oportunidades y en donde toda la gente por igual corre los mismos riesgos.

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