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Miércoles, 12 Agosto 2020

La Desafiante Fuerza Y Pujanza De La Juventud


La juventud siempre nos asalta con sus rebeldías. Nos pasa la factura por haberla marginado o por haberla ignorado. Nuestra juventud se nos está yendo, por centenares y miles han cruzado fronteras, buscando en un camino incierto un lugar y una dignidad que en nuestro territorio se les negó. Su presencia, su rebeldía, sus actitudes, su organización, a veces estructurada desde la violencia, siguen siendo un desafío para toda la sociedad.

La juventud de hoy se moviliza y cuestiona el estado de cosas desde las redes sociales, y establece relaciones efímeras de amistad y de compromisos desde el mundo de la virtualidad, mientras con su actitud ensimismada cuestiona todo aquello que, como la familia, la política, el Estado, las leyes, representan para los adultos, institucionalidad y estabilidad. La juventud de décadas atrás canalizaba sus rebeldías a través de luchas políticas organizadas, mientras que hoy, lo hace a través de la organización de pandillas, y de otras expresiones que no tienen nada que ver con lo que antes fue la revolución, el socialismo o incluso como se imaginaban el futuro.

Nuestra juventud demanda un espacio territorial propio, en el cual pueda reivindicar su identidad individual y grupal. Demanda respeto a su propio estilo de vida, situado siempre en los márgenes de la sociedad. La raíz de las actuales expresiones de rebeldía y de organización de nuestra juventud, se encuentra en una sociedad que no garantiza a la mayor parte de sus habitantes una vida digna, justa y segura.

De entre el conjunto de la población excluida, los jóvenes ocupan un lugar destacado por las amenazas en el presente y lo incierto de su futuro. Los adultos demandan orden y seguridad para controlar a la juventud. Sin embargo, los adultos propagan valores y normas contrarias a la convivencia pacífica y al respeto a los demás.

Los adultos olvidan fácilmente que construyeron sociedades fracasadas, olvidaron que se equivocaron cuando jóvenes, y siguen cometiendo los mismos errores siendo adultos, tanto en la vida privada como en el ámbito de lo público. Los corruptos y saqueadores de los bienes públicos, y los que enseñan a torcer las leyes, no son los jóvenes, sino la gente adulta.

Nuestra juventud no se traga el cuento de la honradez y el respeto que les exige la sociedad adulta. Es muy difícil que una juventud se comporte conforme a un exigente patrón ideal de ciudadano –respetuoso de leyes, solidario, tolerante, dedicado a los estudios, dispuesto a servir a los suyos—cuando sus padres, profesores y autoridades civiles y religiosas representan muchas veces todo lo opuesto, y cuando la sociedad en la cual les toca vivir a la mayoría de ellos es poco acogedora.

La juventud está en el centro de las tormentas sociales y culturales de nuestro tiempo. Y en la manera en que la sociedad y las diversas instituciones civiles y religiosas se sitúen ante esta realidad juvenil, se estará jugando el futuro de las siguientes generaciones y del talante e identidad de la sociedad futura.

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