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Efraín Aníbal Díaz Arrivillaga*

Los desafíos de hoy son enormes ante la tragedia nacional, inserta en una crisis de gobernabilidad de larga data. Sin duda, se necesita un enfoque integral para enfrentar la actual crisis política, social, económica y ambiental, exacerbada por los eventos climatológicos y sanitarios de la coyuntura.

Hoy estamos ante problemas estructurales nunca resueltos, que son el caldo propicio para la conflictividad social. No obstante, Honduras sigue esperando su primavera.


¿Aprendimos algo de la experiencia del Mitch?

A 22 años de que el país fuera abatido por el huracán y tormenta tropical Mitch, muchos hondureños nos seguimos preguntando si aprendimos algo de una experiencia tan dolorosa como aquella. Una reflexión similar se imponían nuestros compatriotas en aquel tiempo, respecto de fenómenos como el huracán Fifí de 1974, entre otros. Hoy, esa reflexión sobre nuestra capacidad de aprendizaje en el tiempo tiene igual validez y actualidad, cuando Honduras se encuentra en medio de una crisis humanitaria y sanitaria como resultado de la pandemia causada por la COVID-19 y la destrucción provocada por dos nuevos fenómenos naturales: Eta y Iota.

Vivimos tiempos difíciles para la nación, no solo por todo lo que estos hechos han dejado, sino también porque las vulnerabilidades sociales y ambientales que en aquel entonces se presentaron como una dura realidad, vuelven a surgir con mayor intensidad llenando de dolor, sufrimiento y muerte a muchos hondureños, creando una perspectiva futura de la nación llena de nubarrones e incertidumbre.

Poco aprendimos del pasado, y la reconstrucción que siguió al Mitch no transformó el país. Abundantes recursos de la cooperación, provenientes de la comunidad internacional, lograron gestionarse y aprobarse como resultado de la reunión de Estocolmo (1999), incluyendo la condonación de la deuda externa. La Estrategia para la Reducción de la Pobreza (ERP) resultó ser un esfuerzo fallido, pues no cambió en nada la pobreza y la desigualdad en que se debate al menos la mitad de la población, ni su vulnerabilidad. Fue una oportunidad perdida, como muchas otras a lo largo de nuestra historia.

Un liderazgo incompetente y corrupto

Los recientes fenómenos naturales y la pandemia pusieron nuevamente al desnudo las debilidades del sistema nacional de gestión de riesgos, la precariedad del sistema de salud pública para responder con relativo éxito a la emergencia y las bases movedizas sobre las que se viene construyendo nuestro país. Además, mostró un liderazgo incompetente y corrupto, incapaz de generar confianza y esperanza para forjar la unidad de la nación, tan necesaria en tiempos de calamidad.

Hemos venido interviniendo y destruyendo la naturaleza de manera sistemática; invadiendo y azolvando los ríos, despoblando y quemando montañas, acabando gradualmente con la biodiversidad, contaminando aguas, suelos y playas; avanzando la frontera agrícola, despojando a los pueblos originarios de sus territorios, explotando demencialmente los recursos naturales renovables y no renovables, sin generar riqueza y bienestar para la mayoría de la población.

Ni siquiera las áreas y reservas protegidas escapan a la insaciable codicia de los seres humanos, con un enfoque de extracción insostenible, que pone en serio peligro la base futura de nuestros recursos naturales y expone al país a los efectos cada vez más evidentes del cambio climático, rompiendo el sabio equilibrio que rige la naturaleza. Lo catastrófico no es el resultado de la acción de los fenómenos naturales, sino del más grande depredador sobre la faz de esta tierra: nosotros, la especie humana.

¿Reconstruir o transformar?

Hoy como ayer se debate el tema de la reconstrucción, pero igual que antes existe muy poca referencia a la necesidad de transformar el país. Es claro que la tentación de “construir” invade el ambiente, con el viejo tema de las represas, especialmente para controlarlas inundaciones en el valle de Sula, quizás la región más afectada por las recientes tormentas. Si bien es urgente retomar el tema, ya desde 1974 existía un estudio que planteaba esta prioridad, pero las decisiones nunca se tomaron. Solo se construyó la represa El Cajón, estimo que con mucha visión, pero la nación pagó el precio de la falta de planificación e indecisión en los años siguientes.

Sin embargo, muy poco se debate sobre los problemas fundamentales que han ocasionado los desastres por inundaciones y deslizamientos de tierra en el valle de Sula, el Litoral Atlántico, el valle del Aguán, el valle de Choluteca y el occidente, como en casi todo el país. Hasta ahora poca conciencia se tiene de que, mientras no exista un manejo sostenible de las principales cuencas hidrográficas, mientras no se reconozca la urgente necesidad de un ordenamiento del territorio urbano y rural, así como de diseñar una estrategia clara para la adaptación del país al cambio climático, la reconstrucción no se cimentará sobre bases sólidas. Tampoco se logrará una recuperación efectiva, si no se toman en cuenta las necesidades de la población más vulnerable.

La agricultura en laderas y la deforestación

Muy poco se debate actualmente que una de las características más importantes del paisaje rural hondureño, es el predominio de la agricultura en laderas (maíz, frijoles, hortalizas y café) y asentamientos humanos en las faldas de cerros y montañas, usualmente con un alto grado de deforestación. Las escenas impactantes de los deslizamientos de tierra en el occidente del país, tienen entre sus causas la adopción de sistemas productivos no sostenibles y sin prácticas de protección y conservación de los suelos, una agricultura migratoria y una ganadería extensiva, que propician el deslave y la erosión. Tampoco se ha extendido el uso de sistemas agrosilvopastoriles y cultivos de cobertura, a pesar de las pocas buenas experiencias agroecológicas realizadas en el país a lo largo de muchos años.

No podemos obviar el hecho de que sucesivos gobiernos han abandonado el área rural, olvidando a la pequeña y mediana agricultura así como a la economía campesina, que están sin infraestructura productiva básica, servicios sociales en educación y salud con rasgos claramente deficientes, y ausencia de un servicio nacional de extensión agropecuaria y forestal. La falta de acceso de la población rural a los activos productivos (tierra, agua y bosque) ha causado la despoblación del campo como resultado de la pobreza en aumento, la exclusión, inseguridad, violencia y falta de oportunidades, sobre todo para los jóvenes, mujeres y poblaciones indígenas.

Un frágil proceso de urbanización

La urbanización se expandió sobre bases muy frágiles; no como resultado de un creciente proceso de industrialización y modernización, sino de un acelerado crecimiento poblacional y del traslado de la pobreza rural de ese campo descuidado.

Así se fueron conformando ciudades con cinturones de marginalidad, en insultante contraste de afluencia y miseria, espejo de una profunda desigualdad social y económica, acompañada de una indetenible violencia, insalubridad y contaminación, que afectan la convivencia ciudadana y la calidad de vida.

El Gabinete para la Reconstrucción

Después del huracán Mitch, el Gobierno de entonces constituyó un Gabinete para la Reconstrucción, de donde surgió el Plan Maestro de Reconstrucción y Transformación. No obstante la renuencia inicial a incluir los ejes de la transformación del país, el Gobierno terminó aceptando, sin mucho convencimiento, el planteamiento de diferentes espacios y organizaciones de la sociedad civil, entre ellos el Foro Ciudadano e InterForos, que permitieron fortalecer la propuesta de Honduras ante la comunidad internacional.

Para que no se olvide y aprendamos de nuestra historia, la propuesta que presentó el Foro Ciudadano sobre la Reconstrucción y Transformación Nacional se insertaba en una visión integradora y de largo plazo, que orientara estratégicamente los programas y proyectos del Plan. Se decía que se haría trabajando con los tiempos de Honduras y no con el tiempo de los organismos internacionales, a fin de aprovechar el impacto destructivo del Mitch para construir una Nueva Honduras, con menos pobres, más democrática, transparente, participativa y equitativa, bajo la premisa de invertir en la gente, de lo que poco se hizo.

Los ejes centrales de la reconstrucción nacional eran: 1) Fortalecimiento democrático; 2) Cultura para la transformación; 3) Transparencia y control ciudadano; 4) Combate a la pobreza y equidad y, 5) Ambiente y sostenibilidad. Pero, de lo planteado, muy poco se materializó; el país transitó por la misma senda del pasado. Hoy pagamos un alto precio por la falta de visión y previsión de las elites políticas, económicas y militares de Honduras; sin embargo, esos ejes continúan teniendo vigencia.

Los retos son gigantescos

Los desafíos de hoy son enormes ante la tragedia nacional, inserta en una crisis de gobernabilidad de larga data, que plantea la necesidad impostergable de impulsar un proceso que haga posible construir la cohesión social, la estabilidad y el diálogo social y político. Sin embargo, quienes gobiernan, envían señales que inducen a pensar que existen intenciones, reales o veladas, de postergar las elecciones y buscar un posible continuismo. Si esto se lleva a cabo—un escenario que no debemos descartar—, originaría una crisis política y un estallido social de imprevisibles consecuencias para la nación.

Evidentemente, se necesita un enfoque integral para enfrentar la actual crisis política, social, económica y ambiental, exacerbada por los acontecimientos climatológicos y sanitarios de la coyuntura. Hoy estamos ante problemas estructurales nunca resueltos, que son el caldo propicio para la conflictividad social. Un gobierno disfuncional, sin respuestas adecuadas y oportunas ante la emergencia, y una actitud confusa frente a lo que viene, no ofrece mucho optimismo respecto a que los graves problemas del país se abordarán con seriedad, patriotismo, eficiencia, eficacia y honestidad.

El estilo autoritario, patriarcal, vertical, y a ratos impregnado de un rancio populismo demagógico, caracterizan la administración de Hernández Alvarado, cual lobo con piel de oveja, que solo ha ofrecido fracaso tras fracaso, mentiras constantes, medias verdades, sectarismo, clientelismo político, rampante corrupción, pero no confianza y credibilidad para impulsar un verdadero proceso de reactivación, reconstrucción y transformación nacional. Más bien corre el peligro de caer en lo mismo de siempre: el pasado y no el futuro.

Los países cooperantes y el necesario control ciudadano

La comunidad internacional es vista de nuevo como la gran protagonista, la proveedora que sacará del hoyo al país endeudado. Me pregunto si los países cooperantes estarán dispuestos, junto con la sociedad hondureña, a propiciar las transformaciones que Honduras requiere o seguirán haciéndole el juego a un gobierno desprestigiado que el pueblo ya no quiere; un pueblo fatigado, agobiado e indefenso, aunque todavía a la espera de un país diferente. Nadie puede imaginar lo que viene.

Muchos sectores del país claman, con toda razón, por una transición de gobierno. Sin embargo, si no se suscitan masivas movilizaciones que den al traste con el régimen actual, lo más probable es que este continúe y quiera continuar. Uno de los ejes fundamentales que debe impulsarse con fuerza ciudadana es el fortalecimiento democrático, con el objetivo de que, finalmente, se aprueben las reformas políticas; entre otras, la segunda vuelta electoral y la definición del tema de la reelección, así como garantizar elecciones limpias, transparentes y confiables. Esta es una aspiración genuina que, estoy seguro, anhela la mayoría de los ciudadanos.

En tanto dure la emergencia como consecuencia delacovid-19 y la imperativa rehabilitación por los desastres naturales, la responsabilidad debe recaer, principalmente, en los gobiernos municipales y las mancomunidades de municipios, la sociedad civil, el sector privado y las comunidades organizadas.

Mientras, el gobierno nacional, cuyo papel es necesario, no puede quedar a su libre albedrío; debe ejercerse un fuerte control ciudadano para que los recursos de la ayuda humanitaria destinados a la rehabilitación y reconstrucción, lleguen a quienes los necesitan, sin ningún sesgo político sectario ni fines propagandísticos, que es lo que se palpa día a día en la actualidad.

¿Podemos soñar un país diferente?

El Profesor Ramón Oquelí, de grata recordación, escribía:

Para Aldous Huxley, la lección más importante que nos brinda la historia, es la de que no aprendimos mucho de sus lecciones, pese a que son ya varios los milenios en que por necesidad vital, los hombres se han preocupado por la sucesión del tiempo en sus dimensiones más elementales. Linda y sabiamente se designa en la Ilíada a Calcas, el experto intérprete del vuelo de los pájaros, como el que “conocía lo que es, lo que será y lo que era antes”…y añadía, quizá por aquello de don Antonio Machado: “ni está el mañana –ni el ayer– escrito”[1].

Honduras se encuentra a la espera de una posible primavera, que deseamos y queremos. Podemos perder todo, menos la esperanza, la solidaridad, la verdad, el amor, la justicia, la amistad y la familia. Honduras es nuestra. Salvemos y recobremos nuestra Patria.


[1] Ramón Oquelí, Honduras, Estampa de la Espera, Ediciones Subirana, Choluteca, 1997, p. i.


*Economista con especialidad en economía agrícola, planificación y desarrollo. Fue diputado por el Partido Demócrata Cristiano de Honduras y candidato a la Presidencia de la República por el mismo partido. Se desempeñó, además, como embajador de Honduras en Alemania y la ONU en Ginebra, Suiza.

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