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  Miércoles, 08 Septiembre 2021    

La independencia desde el reverso de la historia oficial

Invitamos a ver la fiesta bicentenaria de independencia desde el corazón de la población enferma, sin atención médica, desde la población campesina de los cerros y montañas, cuyos niños y niñas no tienen ni para comer malamente tres tiempos tortillas o frijoles. Esta población campesina es la que construye luego casuchas en las orillas de los ríos y de los barrancos en nuestros centros urbanos. Allí se amontona la juventud subempleada y desempleada. Están las miles y miles de familias que viven de las remesas de los trabajadores que sortearon el peligroso camino hasta llegar a conseguir una chamba, casi siempre indigna, en los Estados Unidos.

Toda esta población es la perdedora. La misma que infla su pecho entonando las notas del Himno nacional y hasta se siente orgullosa de la selección. Es esta misma población, la perdedora, la que llora de nostalgia por estar lejos de la patria, y se para firme ante el pabellón nacional.

¿Desde dónde releemos la independencia?: desde un marco ideológico que cubre la realidad, como un invisible manto, para ocultar sus contradicciones. Es esa fiesta que se erige como ideología, en tanto nos muestra la independencia con todos sus símbolos patrios para presentarla con entusiasmo, fervor y orgullo, mientras ese manto tiene la poderosa función de ocultar los dinamismos opresores. Ese manto ideológico oculta las profundas desigualdades, la corrupción y la impunidad de los ganadores, y hace que los perdedores aplaudan a sus victimarios y lloren ante la bandera, aunque estén muertos de hambre.

La fiesta, los discursos y los símbolos no tienen nada de ingenuidad. Son instrumentos para que los perdedores y oprimidos celebren la fiesta de los opresores como si fuese fiesta nacional, y a fin de cuentas, las víctimas se sientan con tanto fervor que sean capaces de defender y dar la vida por sus opresores. Y todo en nombre de la patria.

Identificar ese manto ideológico, y quitarlo de la mente y de los corazones de la población perdedora, es una gigantesca tarea contracultural. Es una tarea complicada porque no solo se ha de contar con la oposición férrea de los triunfadores y herederos de aquella acta que se firmó para “prevenir” que el pueblo se tomara la independencia por su propia mano, sino que al ser una ideología que se interiorizó en los corazones de toda la sociedad, se contará con la oposición irracional de los mismos sectores oprimidos.

Sin duda, independencia y soberanía las alcanzaremos no por discursos y por fervores patrios, sino cuando la sociedad reorganice sus bienes no para que se beneficien unos cuantos ganadores, sino compartir equitativamente los bienes de la tierra, y cuando la propiedad quede subordinada al bien común. Así lo dice la Doctrina Social de Ia Iglesia: “Los bienes, aun cuando son poseídos legítimamente, conservan siempre un destino universal. Toda forma de acumulación indebida es inmoral, porque se halla en abierta contradicción con el destino universal que Dios creador asignó a todos los bienes”.

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