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Memoria de una amistad

Ramón Romero*

Sábado 10 de julio de 2021, 6.40 am. Mauricio Torres Molinero perdió la batalla contra la covid, a sus 74 años. Estas notas son un homenaje al gran ser humano que se nos fue. En medio de la noche oscura que vivimos, hay hombres y mujeres que, desafiando el desorden establecido, sin muchos aspavientos, renuevan la esperanza en la humanidad. Mauricio está entre ellos.

  1. SU ACTITUD

Fue un humanista. En su pensamiento y acción privilegió el valor de las personas y respetó la dignidad de cada ser humano. Sus hechos evidencian que incorporó a su vida la idea rectora de que cada ser humano es un fin, sin importar su condición, y que así merece y debe ser tratado por la sociedad; jamás como un medio en beneficio de otros. Los seres humanos fueron el centro de su pensamiento y acción. Dignificar a las personas, especialmente a las oprimidas y degradadas en esta sociedad antihumana, era su norte. Fue una persona de quien hay mucho que aprender; por ello es valioso asomarse al pensar y hacer de este hondureño idealista y generoso.

Empecé a saber de Mauricio por la lectura de sus artículos en diario Tiempo, a principios de la década de 1980. Aquellos trabajos bien escritos, con ideas frescas, expresaban una voluntad genuina de aportar a la transformación de Honduras. Escribía con propiedad, rectitud y gentileza. Jamás se valió de la ofensa para referirse a quienes hacen daño a nuestro país; para ello le era más que suficiente la verdad, el dato preciso y la afirmación contundente. Aquella actitud me provocó verdadera simpatía.

Un amigo en común, Guillermo Jiménez, se encargó de que nos conociéramos una soleada tarde de verano en Ciudad Universitaria, 33 años atrás. A partir de entonces la amistad fue fortaleciéndose, afianzada en ideales compartidos, búsquedas intelectuales, más un hondo compromiso político, social y ambiental en favor de nuestro pueblo. Fue hermoso ser amigo de Mauricio, entre muchas otras cosas, por el genuino don de gentes que le era propio.

Desde que lo conocí, me evocó la figura de un quijote contemporáneo. Soñador, idealista, sano en el pensar, bien intencionado, absolutamente desinteresado —incluso candoroso—, dedicado a «deshacer entuertos», aun sabiendo que enfrentaba gigantes y que le podía ir la vida de por medio. Nada lo atemorizaba ni le bajaba la moral cuando estaba convencido de batallar por una causa justa. Era en esos momentos cuando, henchido el corazón, se entregaba con pasión a las luchas en que creía. Por ello también son aplicables a Mauricio las palabras con que en Honduras caracterizamos a José Trinidad Cabañas: Un caballero sin tacha y sin miedo.

Fue una persona dedicada a servir. Solidario en el más pleno sentido del concepto. Siempre buscó maneras de ser útil a los demás. Su identificación con los otros se expresaba de múltiples maneras; además de compartir lo material, brindaba ánimo, acompañamiento y apoyo a quien sentía que lo necesitaba.

Era un sembrador de esperanzas. Con sus acciones animó a los luchadores por causas justas —notorios y anónimos— a que no desmayaran, a pesar de las hostilidades y riesgos enfrentados. Un abrazo, una palabra oportuna, un apretón de manos, eran maneras suyas de identificarse con los otros.

Como sembrador de esperanzas, fue un animador. Se mantuvo siempre en lucha contra el pesimismo destructivo, que en lugar de sumar resta y que, en lugar de impulsar a seguir una noble causa, induce a la postración, a la aceptación resignada y a la derrota prematura. Contrario al pusilánime y al derrotista, fue un optimista racional, con los pies muy bien puestos sobre la tierra. Desde esa actitud suya creó una expresión para referirse a quienes inoculan pesimismo y castran esperanzas, actitud contra la cual escribió más de un artículo. Les llamó «matasueños» o «robasueños», y se lamentaba de cuánto abundan en nuestro medio, y del gran daño que causan al dejar a los demás sin esperanza y sin ánimo de lucha.

Jamás cruzó por su mente la idea del egoísmo ético o la moral reciprocante, desde la cual se da para recibir. Nunca actuaba para obtener algo a cambio, como lo hace la mayoría de los mortales. No esperaba nada de nadie; su satisfacción era ayudar con generosidad. Desde diversas teorías éticas, este es el sentido profundo de la moral humanista: darse a los que necesitan y hacerse uno con ellos. Ética de la Razón Solidaria o de la Razón Cordial son nombres con que grandes eticistas actuales identifican esta actitud moral, nutrida de sentimientos y afectos.

No fue hombre de manada. Siempre se rebeló a ser conducido como rebaño, a que otros decidieran por él y a ser instrumentalizado. Era un ser libre, pensante y dialógico. Oía a otros y buscaba criterios diferentes, cuando lo consideraba necesario, para decidir sobre algo; pero sus decisiones eran siempre suyas de manera genuina, asumiendo de frente las consecuencias que estas traían consigo. Enfrentó con entereza las responsabilidades de sus decisiones, de manera especial en los terrenos de la justicia y la solidaridad. Del ejercicio de su autonomía emanaba su ética, al estilo en que enseñó el filósofo Kant.

Su profundo sentido de la libertad lo llevó a desconfiar de religiones e ideologías manipuladoras que pudieran atarle. Estuvo de manera frontal contra los dogmas que, apelando al temor, la fe, la autoridad, y aprovechándose de la ingenuidad de las personas, les someten y controlan. Se rebelaba al observar cómo, cuando una persona está sometida por los dogmas, se van reduciendo y aun anulando sus espacios de pensamiento propio, libre voluntad, decisión autónoma y acción independiente. Por ello las religiones, iglesias, partidos y otras instituciones que demandan fe y obediencia, estuvieron fuera del horizonte vital de Mauricio. Su actitud fue la de un librepensador, guiado siempre por su razón, ideas y convicciones.

Mauricio nunca fue hombre rico, ni aspiró a serlo. Y eso no fue obstáculo para que fuera generoso, pues compartía lo que tenía. El dinero era para él un medio para servir, jamás un fin. Lo que daba era mucho más importante que las monedas; se daba a sí mismo, su tiempo, su dedicación y esfuerzo, su pensamiento y sus sentimientos nobles, siempre con el mayor desprendimiento, sin cálculo alguno.

Era hombre sencillo, de vida modesta. En el lugar donde vivía no tenía televisor, pero sí atesoraba libros. Los últimos tiempos los vivió solo; estuvo unos años en San Lorenzo y algunos meses en Siguatepeque, regresando luego a Tegucigalpa.

  • SUS IDEALES

Mauricio era Morazanista de convicción profunda. Afirmaba que los hondureños no necesitamos importar ideologías, pues el pensamiento de Morazán es lo suficientemente amplio y orientador para cohesionar y guiar a la nación.

En más de una ocasión, por iniciativa y cuenta propia, realizó homenajes al gran héroe en el lugar mismo de sus batallas. Uno de tales homenajes, de grata memoria, lo organizó en el lugar de la primera gesta épica de nuestro gran ciudadano en armas, La Trinidad, donde ganó su primera batalla contra el oscurantismo y en favor de la causa centroamericanista. Ahí Mauricio reunió a otros morazanistas para limpiar el lugar, leer textos y reflexionar sobre el significado de aquella gesta heroica que iluminó la primera parte del siglo XIX.

Fue también latinoamericanista. Su convicción de hijo de “Nuestra América” se vio estimulada por sus lecturas de José Martí, a quien admiró mucho. En varias ocasiones celebró homenajes a Martí, que consistían en lavar los dos bustos conmemorativos suyos que alberga la capital, uno en la Avenida Los Próceres, de Tegucigalpa, y otro en el Parque La Libertad, en Comayagüela. En esas ocasiones se leían textos de Martí y se pronunciaban discursos sobre su pensamiento y su acción heroica, incluyendo su paso por Honduras.  

En una ocasión promovió en Amapala, con el respaldo del embajador de República Dominicana, un homenaje a Máximo Gómez, el dominicano que dirigió el ejército emancipador de Cuba y luchó junto a Martí y Antonio Maceo. Durante el exilio de Gómez en Honduras, el gobierno de la reforma liberal de 1876 lo comisionó para organizar el ejército nacional y lo declaró General del mismo.

Con su latinoamericanismo en hombros, hace unos cinco años Mauricio viajó a Haití, por iniciativa propia, para ser solidario con los pobres de aquel país. A su regreso nos refirió las condiciones precarias, aún peores que las enfrentadas en Honduras por las mayorías, e invitó a ser solidarios con aquel pueblo. En su paso por República Dominicana —no precisamente por Punta Cana—, visitó el lugar del martirio de las tres hermanas Mirabal, asesinadas por órdenes del dictador Leónidas Trujillo en 1960, por su oposición a la dictadura. A su regreso, y en homenaje desde Honduras a aquellas mujeres patriotas, Mauricio promovió que una niña hondureña fuera llamada Minerva Mirabal. Hoy la hondureñita Minerva Mirabal es una niña de condición humilde, a quien Mauricio apoyó.

  • SUS LUCHAS VOLUNTARIAS

Sus interminables luchas, asumidas por decisión propia, fueron una constante a lo largo de su vida. Pensó que la acción voluntaria, libre y desinteresada rinde los mejores frutos. Por ello el voluntariado fue el componente clave de sus más importantes acciones. Entre ellas, son de recordar las siguientes.

A principios de la década de 1990, buscando orientar a la nación hondureña, Mauricio fundó el programa radial «Café y Naranja», que se mantuvo durante varios años. En ese programa —pionero de la ecología hondureña—, empezó a forjar la conciencia ambiental en nuestro pueblo e impulsó grandes luchas en defensa de los bosques, el agua, el aire, los territorios y la justicia económica, social y ambiental.

En «Café y Naranja» se libraron batallas contra la injusticia, la corrupción, la ilegalidad y el servilismo frente a la potencia dominante. Ahí se denunciaron y enfrentaron graves y alevosos actos contra Honduras, como la deforestación por tala de bosques impulsada por la Asociación de Madereros de Honduras (AMADHO), el establecimiento de la empresa extractora Stone Container y la construcción de cienes de casas del proyecto Ciudad Mateo, a muy escasos metros del principal embalse que provee de agua a Comayagüela y Tegucigalpa.

Cada una de estas luchas aglutinó a amplios sectores nacionales y paró la ejecución de aquellos proyectos de destrucción. La contribución de Mauricio para lograrlo, su protagonismo, fue decisivo. En una ocasión su campaña incidió en detener la descarga de basura tóxica, que un gobierno nacional había autorizado que se viniera a botar a La Mosquitia hondureña, desde países lejanos.

Detrás de «Café y Naranja» solo había el esfuerzo y sacrificio de dos personas: Mauricio Torres y Joselina Juárez. Ellos no solo dirigían, producían, daban contenido y presentaban el programa que se transmitía durante una hora en las mañanas de domingo por Radio América; además, pagaban el espacio con su propio dinero —que no les sobraba— obligándose con ello a una vida muy modesta. El programa no tenía patrocinadores, para evitar presiones y condicionamientos.

La entereza moral y el gran esfuerzo de Mauricio y Joselina hicieron imposible que los intereses económicos y políticos, que estaban detrás de los proyectos destructores, les callaran o sobornaran, como ha sido práctica usual en el medio. El programa duró mientras ellos pudieron sostenerlo, y en ese tiempo ejerció una influencia importante en la sociedad hondureña.

Años después, las grabaciones de todos los programas de «Café y Naranja» fueron donadas por Mauricio a la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, para que formaran parte de sus archivos históricos, donde pueden ser consultados. «Café y Naranja» también fue un periódico impreso; circularon por lo menos quince números, siempre financiados por Mauricio.

Atalayado en su entrega voluntaria y desinteresada, sentía desconfianza hacia las ONG. Temprano sospechó que estas, al captar recursos externos, podían prestarse para lucrar a sus organizadores, más que para beneficiar a la población que debían servir. Previó que fácilmente podían derivar en el oportunismo, la corrupción y la politización sectaria. Por ello siempre rechazó las ofertas que muchos le hicieron de organizar una u otra ONG, y optó por emprender sus iniciativas y luchas dedicando solo sus esfuerzos y recursos propios, por limitados que fueran, sin aceptar financiamientos externos de ningún tipo ni a ningún título.

Sus luchas voluntarias trascendieron el ambientalismo. Eran suyas las causas patrióticas en favor de la justicia, soberanía, identidad nacional, defensa de grupos étnicos y del patrimonio natural y cultural de la nación, entre otras. Libró múltiples batallas contra la miseria a que las mayorías están sometidas, en este país de muchos recursos.

Una pasión suya fue el periodismo. Lo practicó siempre. «Café y Naranja» es una muestra de tal vocación, al igual que sus columnas en diarios y revistas nacionales. Siendo abogado, cursó la carrera de Periodismo en la UNAH, y era frecuente su ejercicio del periodismo voluntario. Cuando Honduras estaba siendo abatida por el huracán Mitch, se incorporó al equipo de Radio América; trabajó arduamente como periodista y locutor, sin devengar salario alguno, llevado por el deber moral de servir a su pueblo. Con frecuencia participaba en los noticieros nocturnos de esa emisora, al lado de don Napoleón Mairena Tercero, Luis Edgardo Vallejo, Mario Valentín Sánchez y otros. Era frecuente que por las noches les llevara a la cabina de radio un termo con café y algo para comer. Fue hombre de grandes causas y de pequeños detalles de generosidad.

Participó en la organización de la Barra de Abogados Contra la Corrupción, y fue presidente de la misma. Entre los miembros de su equipo de trabajo en la Barra destaca Rafael Virgilio Padilla; juntos, desde dicha organización y aún después de haber salido de ella, hasta pocos días antes de la muerte de Mauricio, asumieron la responsabilidad ciudadana de presentar recursos de inconstitucionalidad y de amparo contra aquellas resoluciones y actuaciones de los tres poderes del Estado que causan perjuicio al país, como la reelección presidencial, múltiples acciones de corrupción y la reforma de la Constitución de la República para legalizar las ZEDE.

Supo reconocer, admirar y promover el talento de hondureños valiosos que el poder desestima, a pesar de que hacen obras importantes para el país. Entre estas personas Elías Sánchez, padre de la agricultura orgánica en Honduras; Víctor Menchaca, ingenioso inventor en el terreno de la energía; y su propio sobrino, Carlos Molinero, dedicado a la protección de la gente, fauna, flora y ambiente de La Mosquitia. Todos ellos tuvieron el aprecio, amistad y solidaridad de Mauricio.

La protección de árboles simbólicos en algunas ciudades, que se han encontrado en peligro de tala o muerte por vejez, fue otra preocupación suya. Para proteger esos árboles y generar conciencia ambiental en las poblaciones cercanas a ellos, Mauricio concibió y llevó a la práctica una ingeniosa idea: celebrar el cumpleaños de los árboles. Lo hizo muchas veces en distintos lugares de Honduras; inició en el parque Guanacaste de Tegucigalpa, con los árboles del mismo nombre, muchos años atrás. Unos días antes de su muerte, en junio de 2021, junto al escritor Julio Escoto, celebraron el cumpleaños de un árbol en San Pedro Sula, cuya municipalidad amenazaba cortar. Meses atrás, con Ricardo Bueso, lo hicieron para el más que centenario árbol de tamarindo que se encuentra en el local de una escuela donde antes fue el Instituto La Fraternidad, en Juticalpa, Olancho, cuya sombra cobijó a miles de estudiantes de aquel instituto; guardaron memoria de él escritores como Froylán Turcios, Clementina Suarez y Medardo Mejía; este último escribió el hermoso poema «El tamarindo del colegio», dedicado a aquel árbol.

En estas amenas celebraciones se invitaba al público en general, a los niños y jóvenes de las escuelas, colegios y universidades; varios personajes hablaban sobre la historia y anécdotas de la ciudad relacionadas con el árbol celebrado, y la necesidad de cuidarlo entre todos. Además, se brindaba información sobre la tala de bosques, la desertificación, pérdida de agua y oxígeno, calentamiento global y otros asuntos de relevancia ambiental y social; se interpretaba música, se leían poemas, se repartían semillas de árboles para que fueran plantadas y bellotas de pino conmemorativas.

Después del huracán Mitch, como un símbolo de esperanza vital, Mauricio, junto a Alfredo Landaverde y otros amigos, plantaron un árbol que hoy es muy frondoso, en plena calle, a inmediaciones del Centro Loyola, en Tegucigalpa.

Mauricio fue un admirador del conocimiento, el talento, la capacidad de aprender, la sencillez y flexibilidad de los hombres y mujeres sabios, y los aportes que hacen a la humanidad. Su actitud hacia el conocimiento y el talento lo mantuvo en búsqueda permanente. Estuvo siempre interesado en abrevar en fuentes del conocimiento novedosas y confiables. Llevado por esa pasión, asistió con frecuencia a los congresos de Mentes Brillantes, que se realizan en España. Ahí se informaba de manera directa sobre investigaciones y resultados en los diversos campos del conocimiento, y sobre las personas, en muchas ocasiones muy jóvenes, que están aportando, creando y desarrollando conocimientos científicos, tecnológicos y humanísticos. Era hermoso hablar con él sobre lo acontecido en estos eventos cada vez que regresaba de ellos. Siempre se esforzó por dar a conocer al mayor número posible de personas, lo visto y aprendido en cada jornada de aquellas.

Era también visitante frecuente de una feria mundial donde se presentan las novedades técnicas e inventos en diversas áreas, que se celebra en la ciudad de Chicago. En muchas ocasiones utilizó la información que traía para apoyar, sin ganar dinero, a micro y pequeñas empresas hondureñas. Conocí dos apoyos de ese tipo: la localización y adquisición de una moderna máquina extractora de jugo natural de naranjas, que hoy funciona en un negocio de comidas populares en el mercado de San Lorenzo, y un equipo de tostado, procesamiento y envase de café, para una familia de Marcala.

Convencidos de los grandes beneficios de la educación, desde la más elemental hasta la educación superior, muchos años atrás decidimos aportar juntos a la educación de los futuros profesores del instituto que las comunidades de La Tigra estaban organizando en esa zona, llamado Desarrollo y Sostenibilidad. Empezamos a impartir, de manera voluntaria, un curso sobre desarrollo y sostenibilidad. Fue lamentable que la formación solo durara dos sábados, pues los profesores, una vez nombrados en sus cargos, se negaron a asistir a las capacitaciones, argumentando su derecho al descanso, con el respaldo de su colegio profesional en tal decisión.

Hace varios años Mauricio vivió una temporada en San Lorenzo, Valle, donde observó la dura vida de los pobres de esa zona. Testimonió cómo luchan por subsistir de múltiples maneras, bajo las más inclementes condiciones de sol y calor. Entre las estrategias de sobrevivencia observó que, para hacer rendir los frijoles, las mujeres los combinaban con las cáscaras que, con forma de orejas, envuelven a las semillas de guanacaste. Para él, las mujeres pobres de San Lorenzo, que soportan las mayores cargas, son heroínas anónimas, siempre buscando, en medio de la más grande estrechez e incertidumbre económica, la manera de poner comida cada día en los platos de sus hijos.

Durante su estadía en aquella ciudad del Sur, hizo suya y levantó una causa de interés local y nacional: que el Estado se interesara en el aeropuerto de San Lorenzo, cuya existencia y valor estratégico muy pocos conocen hoy en día. Refería Mauricio que, en la primera parte del siglo XX, el piloto estadunidense Charles Lindbergh fue contratado por la aerolínea Pan American para identificar los mejores lugares donde ubicar aeropuertos en distintos países de América Latina. En Honduras, Lindberg seleccionó un predio en San Lorenzo, teniendo en cuenta las inigualables ventajas de aproximación a la pista, altura, baja humedad y visibilidad, entre otras.

La recomendación de Lindberg dio lugar a la construcción del aeropuerto de San Lorenzo, desde el cual la Pan American realizó vuelos comerciales a los Estados Unidos. Luego, el aeropuerto fue usado por las avionetas que fumigaban los cultivos de algodón en las décadas de 1950 y 1960; en la década de 1980 en ese aeropuerto y de manera no declarada, aterrizaron grandes aviones de carga de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, que traían equipo de guerra para la contra nicaragüense.

El aeropuerto de San Lorenzo reúne las mejores condiciones para ser un aeropuerto internacional; sin embargo, intereses mezquinos se cruzaron antes y ahora contra ese proyecto. Con pesar, Mauricio presenció en fechas recientes que los políticos locales se estaban preparando para repartirse los terrenos del aeropuerto y hacer lotificaciones que venderían a las personas de escasos recursos que viven en los alrededores. Sus llamados a autoridades y líderes locales fueron infructuosos, constatando que priva en ellos la visión estrecha y el interés mezquino.

Era aficionado al arte fotográfico y en sus fotos evidenciaba sus causas. Concurrí a dos muestras suyas: una exposición colectiva de tema libre, en la que se enfocó en la miseria en el sur de Honduras, y otra montada con su amigo Evaristo López sobre un tema peculiar: los zopilotes. En esta, Evaristo y Mauricio, con interesantes fotografías, mostraron el importante papel ambiental de estas aves, objeto de prejuicios y desprecio por el común de las personas. En un esfuerzo por reivindicar a estos animales, mostraron la función de sanidad que desempeñan los zopilotes, y de la cual los humanos nos beneficiamos.

En su actitud vigilante, en guardia siempre contra lo que pudiera afectar al país, en tiempos recientes integró, junto a otros ciudadanos, el grupo de análisis y denuncia “Patria Insurrecta”. Ahí, con el sacerdote Ismael Moreno, Julio Escoto, Leticia Salomón, Víctor Meza, Marvin Barahona, Helen Umaña, Ramón Barrios, Hugo Noé Pino, Joaquín Mejía, Rodolfo Pastor Fasquelle, Efraín Díaz Arrivillaga y Rafael Del Cid han mantenido una atalaya patriótica para pronunciarse, denunciar y orientar a la ciudadanía sobre asuntos relevantes en la vida de la nación.

  • SU PENSAMIENTO ECONÓMICO Y POLÍTICO

Tuvo gran apertura al sector social de la economía, fue partidario de la reforma agraria, de la economía y el desarrollo sostenible, y del Estado social de Derecho. Era consciente de la necesidad de ejecutar profundas reformas económicas y políticas para que en Honduras disminuyeran las injusticias y desigualdades.

Fue un partidario decidido de las microempresas familiares y las pequeñas empresas. Sus convicciones en este terreno surgieron del hecho de que él mismo fue un pequeño empresario, que impulsó varias iniciativas de producción, llevándose algunos reveses que jamás lo doblegaron, sino más bien fortalecieron su confianza en estas empresas, para mejorar la vida de los hondureños.

Decía que un pequeño empresario era un ser creativo, luchador y valiente, cuya actividad generaba amplios efectos sociales en favor de la nación. Siempre supo que las micro y pequeñas empresas son las grandes generadoras de empleo y las mayores aportantes de impuestos al Estado, además de que reinvierten sus ganancias en nuestro país, en lugar de enviarlas al extranjero, como hace la mayoría de los grandes empresarios. Estaba consciente de que los beneficios de la gran empresa a la sociedad y el Estado eran pequeños, pero que los de las empresas pequeñas eran grandes. Afirmaba que la corrupción se cultivaba en la relación entre la gran empresa y el Estado, no entre este y las pequeñas empresas.

Condenó siempre, con gran energía, a los gobiernos que, en lugar de apoyar y proteger la producción de los micro y pequeños empresarios, los destruían autorizando la importación de bienes como alimentos, zapatos, ropa, utensilios y muchos otros artículos. Afirmaba que los gobiernos de los últimos cuarenta años habían asesinado los talleres de ropa, las zapaterías y las pequeñas industrias en general, y que habían hecho desaparecer muchos oficios con los que miles de personas se ganaban la vida, como las costureras, modistas y sastres, que eran tan populares en los barrios.

Además, condenaba que las crecientes importaciones eran, cada vez más, de objetos usados. Calzar zapatos antes usados por gente de países a los que se idealiza —decía Mauricio—, es una práctica que sepulta la autoestima de los consumidores, haciéndolos sentir personas de segunda o tercera clase.

En una de sus últimas visitas a mi casa me mostró un par de hermosos zapatos «burros», fabricados en una zapatería de Minas de Oro, Comayagua, hasta donde llegó rastreando noticias de su antepasado Frutos Molinero. Mirá —me dijo—, qué tienen que envidiarle estos lindos burros, hechos con buen conocimiento por zapateros nuestros, en un pueblo remoto, a los que importamos pagando con divisas y sin que generen empleos a otros hondureños. A nuestros pequeños productores y artesanos hay que abrirles mercados internos y externos, protegerlos en lugar de destruirlos; eso hacen los gobiernos sensatos —afirmó en esa ocasión.

  • SU FAMILIA Y AMIGOS

En su condición más íntima, fue un amante de su familia. Se sentía feliz por su hijo Edwin Omar, a quien se refería con el diminutivo «Wito», por su hermana Mabel y por todos sus hermanos. Vivió el dolor de perder a dos de ellos, que vivían en el extranjero.

Como es propio de personas de su condición humana, cultivó la amistad con gran dedicación. Fue siempre leal, fraterno y cercano con sus amigos. Muchas veces le oí referirse con cariño y respeto a amigos suyos que no conocí, como Alberto Galeano, Roy Smith y la madre de este, doña Rosita. También mencionaba a sus amigos del Aeroclub, del cual había sido parte.

Visitaba y dedicaba tiempo a amigos que vivían lejos, a quienes iba a ver, en especial cuando estaban enfermos. En momentos difíciles, él sabía estar presente al lado de sus amigos, sin mezquinar su tiempo y haciendo cualquier esfuerzo. Una de sus últimas visitas a un amigo que vivía lejos, en este 2021, fue a su excompañero de aulas universitarias Miguel Izaguirre Fiallos en Jesús de Otoro, Intibucá, quien estaba viviendo quebrantos en su salud. En esa ocasión tuvo una larga y memorable conversación sobre Honduras con el historiador Evelio Inestroza, que luego me refirió con gran emoción.

Soy testigo de su amistad y cariño hacia Alfredo Landaverde, Fernando Martínez, Evaristo López, Julio Escoto, Guillermo Jiménez, Rafael Virgilio Padilla y, en época más reciente, Ricardo Bueso. A cada uno de ellos lo ligaba la práctica de acciones voluntarias, patrióticas y ambientales.

El último 31 de diciembre, Ligia, mi esposa, cocinó la cena de fin de año para tres personas queridas que, en condiciones de pandemia estaban solas, incluyendo a Mauricio. Cuando llegué a su apartamento a entregarle la comida vi en su rostro la felicidad de un niño y no cesó de decirme: «Decile por favor a Tey que muchas gracias». Jamás imaginamos Ligia y yo que pronto la pandemia nos lo llevaría.

Él gustaba de visitarnos los domingos, en la montaña donde vivimos. Con frecuencia pasábamos el día juntos y disfrutaba las comidas que con cariño Ligia y yo le preparábamos. Siempre llegaba con un presente; bien una lámpara solar de mano, un libro, una caja de ginkobilova y otras tantas cosas útiles.

Nuestras conversaciones abarcaban temas muy diversos. Hablábamos de avances científico-tecnológicos y sus impactos en la sociedad; del futuro de Honduras, de Filosofía; del pensamiento crítico; de la racionalidad; de los métodos de las ciencias; de la política nacional; de las iglesias y líderes religiosos; de nuestra amada Comayagüela, donde ambos crecimos, o de asuntos tan cotidianos como nuestra afición compartida por los viejos carros Willys y por el motociclismo. Cualquiera que fuese el tema, una plática con Mauricio era siempre genuina, amena y a la vez profunda.

Su última visita a nuestra casa, menos de un mes antes de su muerte, fue para llevarse unas bellotas de pino y orejas de guanacaste que repartiría en la celebración del cumpleaños de un árbol, que estaba organizando con Julio Escoto en San Pedro Sula. Nuestras conversaciones telefónicas eran largas y muy frecuentes, y así supe casi de inmediato que aquel evento sampedrano había sido muy concurrido y significativo, con amplia cobertura de los medios de comunicación.

La partida de Mauricio es la pérdida de un hombre excepcional. Ricardo Bueso, quien reside en Siguatepeque, dio a conocer la siguiente nota el mismo día en que Mauricio falleció:

Reintroducir el árbol de Matasano es un proyecto entre varios amigos comprometidos ambientalmente. Jorge Guevara donó las semillas de «Matasano Blanco» y Mauricio Torres aportó para la compra inicial del suelo para sembrar el vivero en la casa. Los dos amigos fueron arrebatados por el covid; Jorge murió hace unos dos meses; Mauricio este día. Los jóvenes liderados por el P. Castañeda llegaron para recoger plantas y reforestar solares en la Aldea El Rincón. Les conté la historia de los co-impulsadores del proyecto, dos amigos librepensadores. En silencio escucharon y el Pastor concluyó: “Al final lo importante es que dejaron un legado. Vamos con alegría a plantar”. Hermosa forma de honrar la memoria de quienes nos preceden. Cuídense del covid. 

Luis Romero, mi tercer hijo, ese mismo día de tristeza para toda nuestra familia publicó esta nota, llena de admiración y cariño:

La coherencia entre el pensar y el vivir es un arte y una decisión de vida que pocos logran cumplir. Saludos hasta donde se encuentre, don Mauricio Torres Molinero. Siempre recordaré con alegría sus visitas a la casa de mis padres; se le extrañará, querido Maestro. Exista o no la vida eterna, su recuerdo perdurará en mi familia. Gracias por su amistad sincera con mi padre Ramón A. Romero Cantarero. Todos lo recordaremos como un guerrero en contra de cualquier acto injusto o incorrecto.


* Doctor en Filosofía, exdirector de la Dirección de Vinculación Universidad Sociedad en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH), y exmiembro de la Junta de Dirección Universitaria en la misma institución. En 2015, la UNAH lo distinguió con el premio Investigador Universitario de Larga Trayectoria.

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