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  Sábado, 31 julio 2021    

San Ignacio de Loyola y nosotros

El 31 de julio celebramos la fiesta de nuestro fundador San Ignacio de Loyola quien un día como hoy, hace 465 años, fue recibido por los brazos del Padre-Madre para quedarse en la Compañía de Jesús y en la Iglesia como una inspiración perpetua al servicio de la Mayor Gloria de Dios y bien de la humanidad, especialmente de los más pobres.

Ignacio de Loyola supo interpretar los signos de los tiempos que demandaban renovación en la vida y misión de la Iglesia. Supo vivir su fe a partir de la apertura a los desafíos de su época, metido en las turbulencias muchas veces oscuras de la iglesia sin ruptura con ella. Así nos heredó una manera de ser y vivir dentro de la iglesia pero en plena apertura a los signos de los tiempos, algo así como vivir para siempre en el filo de la navaja. En la Iglesia, dentro de la Iglesia, siendo conciencia crítica desde dentro, pero insertos en la realidad histórica.

Con Ignacio de Loyola la Compañía de Jesús recibió la hermosa pero compleja herencia de la espiritualidad de las polaridades, de vivir en tensión entre los polos. Desde su inicio, el gran lema de Ignacio lo expresa con nitidez: Todo a Mayor Gloria de Dios y bien de las almas, que hoy llamamos fe y Justicia, Oración y acción, ad intra y ad extra, gratuidad y eficacia. Vivir en tensión entre esos dos polos es lo propio de la Compañía de Jesús, y desde esa tensión discernir lo que más nos acerca a cumplir la voluntad de Dios.

Ignacio de Loyola impulsó una espiritualidad en la Iglesia de apertura a la sociedad, justamente cuando la institucionalidad eclesiástica se esforzaba en cerrar sus puertas como respuesta defensiva ante los aires transformadores y cuestionadores de una sociedad europea que se abría a las ciencias, a la explicación de la vida, la naturaleza y la sociedad ya no solo a partir de lo divino, sino también a partir de la razón. Ignacio de Loyola fue un impulsador del diálogo de la fe con las ciencias, de la fe con la razón, rompiendo así el paradigma eclesiástico de acabar explicando todo desde la cómoda referencia a la actuación divina. Unir la razón y la fe en la búsqueda de respuestas a los desafíos de la sociedad es parte de esa espiritualidad que mantiene tensas las relaciones entre los polos.

La Compañía de Jesús, en seguimiento a San Ignacio de Loyola, está llamada en su misión a romper paradigmas, incluyendo aquellos que con más argumentos sagrados defiende la Iglesia. Busca romperlos, pero ofreciendo nuevas propuestas paradigmáticas. Al romper con el paradigma eclesiástico de ver el mundo a partir de la providencia de Dios, Ignacio de Loyola y la Compañía de Jesús por él fundada puede muy bien definirse como el puente entre la religión y la sociedad, la fe y la razón, la fe y la vida, la oración y la acción. Para la Compañía de Jesús nada de lo humano queda fuera de la misión.  

Estos son tiempos muy propios para la espiritualidad de la Compañía de Jesús, para desarrollar nuestra capacidad de apertura, para estar en las encrucijadas y fronteras culturales y conflictivas. Son tiempos oportunos para redescubrirnos a la par de quienes cargan con lo más pesado de la injusticia, la exclusión y la discriminación. Esas fronteras, o periferias como gusta llamarlas el papa Francisco, esperan a la Compañía de Jesús, desde sus preferencias apostólicas.

Ir a las periferias de la juventud marginalizada, insertarnos en las realidades de las familias que sufren las consecuencias de la cultura del desecho, meternos a fondo a caminar junto a la gente indignada contra la corrupción y la impunidad, incluso equivocarnos con estas poblaciones, entrar en conflicto con las jerarquías, hasta caminar al filo de la navaja ideológica, política y religiosa, como consecuencia de correr la suerte de la gente sospechosa por sus comportamientos morales y su lejanía de los templos y de las liturgias oficiales, sería muy propio de una Compañía de Jesús que nació en plena apertura a los convulsos desafíos del siglo XVI.

Hoy, al estar haciéndose añicos tantos paradigmas que antes parecían intocables, puede ser la ocasión más propicia para ratificar nuestra condición de pecadores mientras nos metemos a fondo en la construcción, con mucha otra gente, de nuevos paradigmas eclesiales, sociales, culturales, políticos, humanos, y por qué no, también jesuíticos.

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