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“BUSCANDO LAS PALABRAS” son reflexiones cortas de la Comisión de Apostolado Social de la Provincia Centroamericana de la Compañía de Jesús, sobre la realidad actual y el mundo que soñamos y que aspiramos construir en comunidad. Son más preguntas que respuestas, porque en eso estamos, apenas “buscando las palabras”. Confiamos en que estos mensajes contribuyan a pensar nuevas rutas, en las que podamos caminar juntas, juntos y sobre todo esperanzados.


Vivimos tiempos de incertidumbre y dolor, pero…¿debemos regresar a la normalidad?

Las preguntas son muchas y nos tocan profundamente

¿A qué normalidad queremos volver? Necesitamos hacer un ejercicio personal y colectivo para pensar con cuál normalidad queremos reencontrarnos cuando pase lo más duro de la pandemia. ¿Qué podemos hacer para impulsar “otra normalidad”? ¿Estamos llamados, llamadas a cuestionar la noción misma de “lo normal”?

¿Queremos volver a la normalidad de la violencia y del miedo? ¿Queremos retornar a la normalidad del desempleo y de no poder alimentar a nuestros hijos? ¿Queremos seguir atestiguando la normalidad de una salud precaria y privatizada? ¿Queremos regresar a la normalidad del saqueo de los bienes comunes y públicos? ¿Queremos retornar a la normalidad de la migración desesperada, organizada en caravanas porque la gente no soporta seguir malviviendo dentro de sus países?

¿Queremos seguir lamentando la normalidad de la violencia contra las mujeres y de la violencia en contra de la niñez que se ve obligada a trabajar en la calles en lugar de ir a las aulas escolares? ¿Queremos seguir padeciendo la normalidad de los abusos por parte de las autoridades? ¿Queremos retornar a la normalidad de una actuación corrupta por parte de altos funcionarios públicos? ¿Queremos de vuelta la normalidad del consumo desmedido, de la indiferencia o de las desgarradoras desigualdades en los ingresos?

Ya vivíamos en encierros…es hora de que el sol nos entibie el rostro

Parecemos incapaces de notar el largo tiempo en el que nos hemos sometido al encierro, aún y cuando no mediaba una pandemia. El autoconfinamiento en las tecnológicas, la sospecha en las relaciones humanas, el enrejado de nuestras casas, el miedo a la contaminación, al contagio, al estigma, ya eran modos de vida que nos acechaban y nos apagaban como especie, como comunidad.

Es verdad, este coronavirus infecta, mata y está obligándonos a asumir otros modos de conducirnos y de resistir, pero las grandes mayorías del planeta lo enfrentan en circunstancias muy adversas y eso no hay que perderlo de vista. Sin duda vendrán otras crisis, otros virus, otras peligrosas contaminaciones y muchas más muertes. Por eso, necesitamos un reencuentro con la tierra, desde una relación fecunda y sanadora. Nos urge recuperar el amor a la vida desde una nueva ecología humanista y solidaria, recuperar tantas y tantas experiencias locales, esos pequeños aportes que ya están dejando huellas de cambio y a los que hay que volver los ojos y el corazón.

Tengamos en cuenta que la globalización y los poderes del mundo se desnudaron en su incapacidad para dar respuesta a la crisis sanitaria. Prevalece la lógica de “sálvese quien pueda”, alentada por gobernantes
megalómanos, perversos e incompetentes. Y es muy probable que las décadas siguientes sean de duras fricciones entre “una normalidad deshumanizante y destructiva” que buscará sostenerse y “otrasformas de ser y estar”, en las que la solidaridad, el cuidado, la empatía, la dignidad y la lucha por la justicia buscarán abrirse paso. Lo segundo nutre nuestra esperanza. Es urgente que se imponga la lógica de “salvarnos en racimo” y asumir modos de vida basados en “el decrecimiento” como condición para restablecer la armonía entre los seres humanos y la naturaleza.


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