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Gustavo Zelaya[*]

Además de una efectiva solidaridad, necesitamos edificar nuevas formas de humanismo que potencien a escala global esa solidaridad que respeta las diferencias culturales, la diversidad humana y construye condiciones reales de salud y educación pública sin exclusiones.


Introducción

Hablar de Humanidades y Artes en tiempos de desastres que parecen naturales, del genocidio contra el pueblo palestino, de corrupción, desempleo, femicidios y miseria en gran parte de la población hondureña parece un disparate, en especial cuando en espacios académicos, empresariales y políticos y en instancias internacionales la consigna de moda es eficiencia, competitividad y libre mercado.

En principio, el sentido tradicional del humanismo es fundamental en la formación de cualquier persona. Ahora se trata de generar nuevos contenidos para este concepto, de recrear la vieja aspiración renacentista de forjar una personalidad integral, que consideraba a la persona como un ser emotivo, racional, libre de dominaciones externas, tolerante, respetuoso de los demás; características que no son consideradas por los abanderados del neoliberalismo y su variante libertaria.

Desde una mirada individual es complicado proponer los nuevos elementos del humanismo o establecer la crítica definitiva a las concepciones actuales sobre qué debe ser el humanismo. Pero sí se puede proponer algunos aspectos que pueden servir a una relativa comprensión de nuestra realidad y las implicaciones de una nueva visión sobre el humanismo en el contexto nacional.

Uno de los propósitos del trabajo humano, además de captar la realidad y esclarecer las condiciones del pensamiento, es la comprensión integral de su propia existencia. Y parece extraño que, para captar integralmente la existencia, debo antes descomponerla, abstraer sus partes, separar sus componentes y luego relacionarlos conceptualmente.

Esa posibilidad puede objetivarse si nos damos cuenta de que la formación integral implica trabajo material, ciencia, tecnología, artes y humanidades. Por ello, la palabra sofía en la tradición cultural también significaba visión integral de la existencia y esto implicaba prudencia, habilidad, astucia, sentido común y capacidad práctica.

Esa reflexión filosófica significaba, entonces, manejo conceptual para interrogar la realidad y para tratar de entender que las cosas pueden ser de otra forma; que es posible edificar sociedades justas, respetuosas de la naturaleza y de las personas.

En el espacio histórico donde nace la filosofía occidental y con escasas herramientas científicas, supieron sugerir que una característica del dedicado a las humanidades es poseer la voluntad de superar ciertas cosas que están mal y mostrar inconformidad con los aspectos de la realidad que son vistos como normales; y lo más importante, profundizar en esa característica que no es más que incomodar cualquier orden establecido.

Ese es uno de los aportes esenciales de esa tradición: la capacidad de cuestionar y, así, tal vez decir y hacer algo que ayude a superar tantos momentos de dependencia, atraso material y corrupción en el sistema político nacional.

De ahí se derivan otras cuestiones, por ejemplo: ¿Cómo mantener esa tradición? ¿Cómo seguir sosteniendo la tesis de Sócrates de que el conocimiento conduce al bien? ¿Cómo fundir el fundamento socrático con la radical tesis número 11 de Marx, de que no basta interpretar el mundo sino que se requiere transformarlo?

A partir del intento reflexivo y transformador de las humanidades y las artes se puede decir mucho sobre la cultura, la política, las relaciones sociales, la identidad y los valores, temas centrales en las discusiones humanísticas.

Humanidades, artes y el modelo educativo

El abordaje de esos asuntos no puede desligarse de las dificultades académicas que enfrentamos, dejando de lado las principales como el hecho de habitar en un país altamente empobrecido, violento, con una tradición política autoritaria que no vacila en atropellar derechos humanos, en fomentar la corrupción y la impunidad.

Lo anterior nos complica entender la vigencia de eso que llamamos Humanidades y Artes, cuando parece que el Triángulo Norte de Centroamérica ofrece pocas oportunidades. Los lugares para la práctica humanista son muy reducidos, con poco respaldo financiero y con autoridades que consideran las investigaciones humanistas como poco rentables.

Pero, gran paradoja, en la academia toman fuerza supuestas novedades, categorías indiscutibles, casi absolutas; nociones que parecen teóricas con potentes elementos provenientes de empresas financieras, fábricas y pulcras oficinas. Así se intenta introducir, como si fueran categorías educativas, la eficiencia, los insumos, la gestión, el valor agregado; términos como competencias básicas, benchmarking, calidad total, visión, misión, etc., son las nuevas esencias objetivas y absolutas en la vida académica y la razón de las reformas educativas.

No se dice abiertamente que la educación por competencias y la gestión de calidad total tienen su origen en las empresas, sobre todo en la cadena de producción al estilo de la industria automotriz. Se trata de proyectos educativos impulsados por organismos financieros internacionales.

El asunto es incrementar el rendimiento de las personas, volverlas emprendedoras, que la sociedad sea más productiva y el proceso de producción sea simple y automatizado. Para ello no es tan importante el conocimiento, mucho menos de las humanidades y las artes.

Se intenta capacitar en alguna técnica, en vez de profundizar en la comprensión y reflexión crítica. El mercado espera profesionales entrenados en resolver problemas sin mayor capacidad cuestionadora. Este parece ser uno de los fundamentos de las reformas educativas vigentes.

Se nota en esto un lenguaje poco vinculado al humanismo originado en la modernidad ilustrada y es uno de los elementos de los procesos de modernización de las sociedades latinoamericanas que convirtieron en seres invisibles a muchos grupos sociales; fue posible gracias al colonialismo, la explotación de los pueblos y el expolio de los bienes naturales.

Por ejemplo, si desde el modelo por competencias se trata de discutir el gran tema de Hegel acerca de la relación entre lo abstracto y lo concreto, lo que interesa es la capacidad de preparar una presentación utilizando medios tecnológicos; se evalúa la forma de comunicar el tema con ayuda de ejemplos prácticos y si el trabajo se hizo en equipo; eso será lo esencial.

Por ello es prioritario en las humanidades y las artes enfrentar la precariedad del trabajo y de los contratos, averiguar el sentido de las prácticas autoritarias, la importancia de los procesos participativos, indagar cómo la sustitución de ciertos términos impacta en las prácticas académicas; ahora ya no hay empleados sino colaboradores, y a los profesores se les llama facilitadores.

Si los planes de estudio están orientados a la formación de hombres y mujeres para ingresar y competir en el mercado laboral, en vez de intentar formar ciudadanos solidarios, educados y conscientes de sus derechos, es algo que debe debatirse y tratar de establecer si realmente aportamos algo en la formación de hombres y mujeres para las condiciones actuales. Averiguar si los cambios tecnológicos, económicos, climáticos, sociales, etc., permiten la existencia de una educación integral y qué impacto podrá tener en la sociedad hondureña. Cuál es el lugar, entonces, de las humanidades en el dinamismo de estas condiciones.

El traslado del modelo de competencias a los procesos educativos nos hace creer que somos parte de las “tendencias novedosas” de la enseñanza. Se incorpora al lenguaje académico y quien no participe de esos inventos queda fuera de la posibilidad de ser reconocido como autorizado gurú de la reciente pedagogía.

Lo que se impone es la gestión de calidad total como meta del quehacer educativo, cuando no es más que un medio importante en la administración. A la sombra de esa técnica se reducen los derechos laborales, se desacreditan los gremios profesionales, se instala como regla el contrato temporal y el profesor por hora, el trabajo precarizado y la pedagogía de las competencias.

Puede decirse, entonces, que la expresión neoliberal del capitalismo no sólo se apodera de la economía y de la política; también hace suya las universidades y a los componentes del sistema educativo. Así, no es raro encontrar el lenguaje al estilo de Burger King y de los centros comerciales dentro del campus, de modo que nos convertimos en colaboradores y facilitadores de los insumos pedagógicos y el estudiante se convierte en cliente a quien ofertamos servicios educativos.

Frente a esa complejidad social, se puede edificar formas de pensamiento que tomen en cuenta las continuidades producidas por el trabajo humano en toda su diversidad; que intenten reflexionar y superar los aspectos negativos de la racionalidad dominante que pone en altares la eficacia y la competencia y que rechaza cualquier otra opción; incluso parece que esa racionalidad del mercado pone en peligro la reproducción de la existencia humana.

Parece que el sistema educativo prepara personas para competir en el mercado laboral donde todo es objeto de compraventa. Los graduados son vistos como productos que reciben insumos en el aula y son componentes de una cadena de producción donde lo fundamental es obtener éxito material, sin importar a costa de qué se logre el supuesto prestigio individual.

Incluso, en ciertos espacios académicos hay secciones de servicio al cliente como parte del traslado mecánico del lenguaje empresarial al espacio formativo. De modo que la educación se ha convertido en instrumento al servicio del sistema económico y quienes participan son tratados como objetos intercambiables con base en criterios mercantiles de costos y beneficios.

Es lamentable que no se desarrolle la pedagogía constructivista generada a partir de Piaget, y que sólo sea tema de discusión en los programas; es la que trata de crear técnicas participativas para construir conocimiento sobre el mundo y comprender los procesos implicados en la profesión elegida.

Conocer implica comprender, no sólo memorizar o repetir; incluye la capacidad de realizar juicios críticos. La pedagogía de Paulo Freire se fundamentó en algo de lo anterior: la palabra y el alfabeto son herramientas para reflexionar sobre la realidad y decodificarla para describirla y cuestionarla.

Los objetivos de estas teorías están alejados de los intereses de las empresas, que no pretenden que el estudiante sepa de fundamentos ni que perciba de forma crítica las cosas. Y parece que eso se ha convertido en un factor determinante para cierta “pedagogía” de moda en las universidades.

Entonces, ¿se podrá incorporar otros contenidos a las ideas humanistas sobre la persona integral cuando las exigencias de los mercados son otras? ¿Podrá el debate profundo enfrentar esos temas y proponer alternativas que enaltezcan la dignidad de las personas? ¿Tendremos sólidos fundamentos para discutir sobre el estatus epistemológico y axiológico de los modelos por competencias?

Humanidades, Artes y Ética

No es nada nuevo decir que las Humanidades y las Artes tienen como fundamento al ser humano en su integralidad; por ello todas las disciplinas, tanto de las ciencias puras como aplicadas, son de importancia esencial para la formación humanista; no es extraño que desde los primeros centros académicos nacionales, como la Universidad Central fundada por Juan Lindo en 1834, se desarrollara un gran empeño para cultivar los estudios clásicos, las buenas costumbres, la ciencia y el arte.

Pero más o menos a partir de 1880 las discusiones teóricas sobre axiología y ética parecen marginales, propias de especialistas y casi un estorbo en los planes de estudio. Aunque debido a la necesidad de mantener una imagen pública correcta, se dice que son elementos primordiales en la academia.

Hay experiencias que muestran que la formación ética es considerada como traba curricular y que puede ser impartida por cualquiera que tenga buenas intenciones al respecto. No se le aborda como eje esencial en la forja del profesional ni es tratada con la misma seriedad con que se habla de física o de biología.

Bien sabemos que los temas de la ética y la moral son muy complejos, ya que impactan a nivel individual y colectivo. Ahora se les enfrenta con la expresión “transversalización de contenidos éticos”, hasta hacerlos desaparecer; esto posibilita que cualquiera crea que está hablando de ética o que pretenda escribir al respecto cuando, en realidad, está imponiendo códigos de comportamiento sin cuestionar las normas vigentes.

La crítica desde la academia debe poner en su lugar los intentos de grupos del poder por mostrar sus normas como si fueran las únicas; esclarecer la intención de separar la ciencia de las implicaciones morales; mostrar, pues, que el objetivo de la formación humana no se limita a producir conocimientos, sino que incluye la construcción de una vida digna y sin exclusiones. En nuestro caso, el medio para ejercer esta actividad no es más que la razón, sus resultados teóricos y la construcción de la llamada educación popular.

Uno de los ejemplos de los grupos que pretenden establecer normas y valores como algo definitivo, es la defensa que hacen de la familia integrada. Este tipo de familia muestra que hemos experimentado cambios importantes y que no se puede seguir viendo la familia como un núcleo estable, homogéneo, ideológicamente coherente ya que, por ejemplo, hay otras formas dirigidas por madres solteras.

El concepto de familia desintegrada alude a padres o madres muertos, divorciados, separados, o con una vida social intensa y poca estadía hogareña. Parece pues, que disminuye el contacto familiar, que el desarrollo técnico ha penetrado la vida y que hay una notoria influencia de los medios de comunicación que muestran formas de existencia diferentes a las tradicionales.

Además, la crisis social global dificulta la búsqueda de instituciones y personas que puedan ser vistas como modelos de valores positivos. Pero existen y surgen de la misma crisis. Son personas que no son presentadas en sociedad ni aparecen junto a las VIP[2]. Pero enseñan que los valores morales no están del todo alejados de la cotidianidad; aunque no formen parte del sistema educativo, se están forjando en las comunidades. Igual ocurre con los valores estéticos y del trabajo que son invisibilizados en sociedades más interesadas en la ganancia que en la formación humanista de los ciudadanos.

Así, en tiempos de la inteligencia artificial, ¿es posible reivindicar la ética y la política como formas de relación humana? En tiempos de crisis social y ambiental, ¿tiene sentido la ética? ¿Se puede debatir sobre la academia como gestora de visiones tecnócratas-empresariales interesadas en certificaciones internacionales o como formadora de profesionales al servicio de los desprotegidos?

Humanidades, Artes e Identidad Nacional

Durante mucho tiempo el tema de la identidad nacional ha sido parte del debate académico y político. A veces la discusión es seria y en otras ocasiones no pasa de ser un lugar común.

Desde el punto de vista de los grupos que controlan el poder político y económico, el Estado es factor necesario de la identidad nacional. Pero creer que es el depositario de la identidad encarna la idea de una identidad homogénea y compacta; significa que en los marcos de la sociedad nacional sólo serán aceptados quienes admitan las razones impuestas por el poder. Los demás se convierten en material desechable.

Esa es la visión de quienes conducen muchos países, en oposición a uno de los supuestos fundamentales del pensamiento político moderno: la existencia del pluralismo ideológico.

Sin embargo, a pesar de las sospechosas identidades nacionales absolutas, emergen otras en contra de las versiones oficiales; son formas periféricas, regionales, a veces en ascenso, en otras ocasiones invisibles, negadas, rechazadas, pero impulsadas por dinámicas sociales y económicas como la globalización y la defensa de los territorios; van formándose alrededor de la participación ciudadana, de la discusión sobre el concepto de género, de las etnias, de las poblaciones negras, de las personas excluidas convertidas en objetos de estudio para especialistas, como oportunidad mercantil interesante para el turismo y los museos.

Si la identidad fuera un espacio efectivo, pleno de diversidad y diferencias, donde se proponen alternativas a partir de los intereses particulares, independientemente del Estado, desde ese sistema de contradicciones pueden desarrollarse otros contenidos para la libertad, la justicia, el respeto y la calidad de vida.

Proponer reivindicaciones como la lucha contra la supremacía patriarcal, la militarización de la sociedad, contra la explotación de los cuerpos, la violación de los derechos humanos, la criminalización de las luchas sociales y la lucha contra el racismo y otras fuentes de marginalidad de las personas que no sólo quieren vivir, sino vivir con sentido humano.

Los nuevos momentos identitarios podrán fundamentarse en una educación que supere la formalidad de los sistemas oficiales ahora llenos del lenguaje de la fábrica y de la informática, que forje conciencia sobre la necesidad de la economía solidaria y la memoria histórica, con otras comprensiones de la diversidad humana y la protección de la naturaleza; que considere que las sociedades se han convertido en lugares inadecuados para la mayoría y que aseguren la reparación de los daños provocados a la naturaleza, a la cultura y a las personas, que reconduzcan los procesos de vida y desmantelen la capacidad destructiva de los sistemas sociales, que imponen visiones únicas del mundo que posibilitan la producción y reproducción de formas de dominio sobre la especie humana.

En esta circunstancia, ¿cuál será la respuesta de las Humanidades y las Artes frente a los problemas de las identidades? ¿Tendremos capacidad teórica de enfrentar estos asuntos? ¿Será importante recuperar la discusión sobre la identidad a partir de Hegel y ver si tiene alguna vigencia?

Podemos edificar una forma de pensamiento que enfrente esas rupturas y que tome en cuenta las continuidades producidas por el trabajo humano en toda su diversidad. Reflexionar sobre los aspectos negativos de la racionalidad del mercado que pone en altares la eficacia y la competencia y que rechaza cualquier otra opción; esa racionalidad que pone en peligro la reproducción de toda la existencia.

La razón dominante se manifiesta a escala global con el nombre de Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional, Organización del Tratado del Atlántico Norte o como Organización Mundial del Comercio; esas entidades establecen medidas económicas y definen las necesidades de los países. Son formas de control sin espacio para las humanidades y las artes.

Todo ello plantea obstáculos para construir sociedades justas y condiciones de vida que enaltezcan a las personas; igual ocurre en el ámbito de los derechos humanos vinculados al trabajo digno, a los procesos sociales y a la cultura. Ejemplo de ello es el deterioro ambiental, el incremento en las materias primas, el costo de la canasta básica y, en los países desarrollados, el deterioro del supuesto estado de bienestar a raíz de la guerra en Ucrania y el genocidio en Gaza.

Entonces, ¿tendremos argumentos suficientes para construir una racionalidad diferente? ¿Podemos proponer elementos teóricos que permitan reconocernos en una razón más incluyente? Frente a cualquier autoritarismo, ¿será tarea nuestra debatir sobre procesos participativos democráticos?

Humanidades, Artes y Cultura

Desde la Antigüedad se discutió sobre la superioridad o inferioridad de la naturaleza y de la cultura. El estado natural y el civilizado se presentaban como valores entre los que había que escoger.

Para la escuela cínica de la Grecia clásica, la cultura era signo de corrupción y decadencia. Aristóteles, en cambio, propuso que el perfeccionamiento humano y la calidad moral de los ciudadanos era consecuencia necesaria del desarrollo de la polis. Para los estoicos, más cercanos a la cultura grecorromana, existía la obligación de vivir en armonía con la naturaleza para seguir el orden universal; claro que ese orden ideal ocultaba los intereses del imperio romano.

Los renacentistas pensaron la cultura como la formación que permitía vivir del modo más perfecto en el mundo, aunque esa cultura era propia de una elite. La Ilustración del siglo XVIII intentó superar el sentido elitista de la cultura de dos maneras: extendiendo la crítica racional a todos los objetos y con la difusión máxima de la ciencia para renovar la vida social e individual.

Ser culto significó poseer conocimientos de matemáticas, de ciencias naturales, de historia, política, etc.; significó, entonces, enciclopedismo, conocimiento general de todos los dominios del saber. Pero siguió persistiendo el sentido elitista de la cultura y se profundizó con el progreso de las relaciones capitalistas a escala mundial.

Desde finales del siglo XIX el desarrollo social y diversas investigaciones demandan conocimientos especializados y se reduce la participación en las actividades culturales. La sociedad exige eficacia y rendimiento en las tareas asignadas. Esto no significa posesión de una cultura general sino conocimientos específicos en una disciplina particular.

Es decir: se esperan técnicas y habilidades exclusivas, precisión en el uso de instrumentos materiales o conceptuales. Esos elementos ya no son de una cultura entendida como formación equilibrada y armoniosa del individuo; hablan solamente de una educación especializada, pero incompleta.

Esto presenta algunos inconvenientes: en principio provoca desequilibrios en la personalidad humana, incomunicación con otros saberes y nos encierra en pequeños mundos; en segundo lugar, la especialización nos desarma frente a problemas que no se resuelven con una disciplina.

Hay que tratar, entonces, de armonizar la especialización propia del desarrollo cultural con una formación humana equilibrada. Esto podría abordarse con la noción de cultura general, que enriquece la personalidad y su capacidad de comunicación.

La posesión de una cultura general posiblemente desarrollaría en el individuo un espíritu libre y abierto para comprender otras ideas y reconocer su valor; no se encerraría en ámbitos limitados de opiniones y creencias, sería capaz de elegir entre ideas, modelos y creencias; se formaría en el dominio de la técnica y en la capacidad crítica.

En otras palabras, se requiere de una formación humanista, poseer rigor en la abstracción y capacidad de elaborar proyectos de vida. Por tal razón, la cultura general no es un programa o un discurso, sino un proceso que debe ser enfrentado por distintas disciplinas para equilibrar la personalidad.

La cultura también indica el conjunto de los modos de vivir y de pensar cultivados, eso que llamamos civilización; son los modos aprendidos y transmitidos por un grupo social. Es decir, la cultura es la persona, su historia y el proceso de transformación del mundo y de las instituciones sociales.

La cultura se refiere, pues, tanto a las llamadas formas cultas de la vida, como a las más toscas y rudimentarias, sin valorar una más que las otras. Así, una forma rústica de cocinar es un producto cultural al igual que una sinfonía de Beethoven o un concierto de Led Zeppelin, de modo que puede afirmarse que la sociedad primitiva es un mundo cultural autónomo al igual que la sociedad actual.

Cultura y civilización, entonces, son sistemas de contradicciones, proyectos de vida compartidos y su carácter histórico les confiere posibilidades de cambio, incluyendo la posibilidad de ser modificadas por elementos de otros ambientes sociales como la técnica, la ciencia, la moralidad, la religión, la filosofía, las expresiones artísticas y la interacción entre ellas.

Esa relación de técnicas, ciencias y formas simbólicas sirve de base a las instituciones económicas, jurídicas, políticas, religiosas, educativas, etc. Ahora bien, faltaría discutir más sobre si esas relaciones son suficientes para que la existencia sea considerada digna de ser vivida; o si hay que trabajar más en producir otras relaciones que hagan más eficiente el dominio técnico y más justa y placentera la existencia civilizada.

Además, hay que considerar otras dificultades como la existencia de entidades que alteran libertades fundamentales como la libertad de conciencia, y hacen a un lado el papel principal de la educación pública y laica como el lugar donde se revisan las creencias y se enseñan valores para la convivencia.

La educación laica puede contribuir a superar conflictos religiosos y a fortalecer prácticas de respeto, equidad y tolerancia. No se trata, pues, de rechazar las creencias y sistemas religiosos, sino de construir espacios de convivencia entre creyentes y no creyentes, manteniendo la autonomía estatal respecto a la religión y respetando las diferencias culturales. En consecuencia, el proceso de construcción de la cultura es una de las tareas fundamentales de la formación humanista.

Hay más cuestiones

El desarrollo social proporciona elementos para una mejor formulación de los valores culturales y morales, del mismo modo que inciden el establecimiento de una paz duradera o la agudización de los conflictos sociales.

Podría asegurarse que la cultura y sus implicaciones pueden verse como un proyecto permanente que se va logrando con la construcción de unos contenidos donde los seres humanos nos vamos reconociendo, proyecto cultural que no puede imponerse desde un supuesto objetivismo extraño al sujeto.

Esto significa que tiene que ser comunicable, entendible y aceptable por todo ser humano; por tal motivo, no se puede aniquilar los productos culturales anteriores o desconocer los aportes de otras latitudes, sino que habría que posesionarse de ellos y superarlos.

Además, es fundamental propiciar condiciones sociales de existencia donde no exista espacio para los conflictos bélicos ni para el sufrimiento humano; darse cuenta de que en la esfera de la vida individual y colectiva es importante construir valores y principios morales que tengan como cimiento el respeto de la vida humana, la cordialidad, el afecto, el juego, la satisfacción de las necesidades y la convivencia pacífica de las culturas.

Ahora bien, todas las nociones sobre la cultura han sido puestas en entredicho a partir del año 2020. No es nada nuevo decir que el coronavirus alteró todo: los vínculos personales, las relaciones entre países, la forma de comprender la vida humana, la naturaleza, la economía, la política; y algo que se repite: hizo sacar lo mejor y lo peor de las personas que habitamos la Tierra.

Esto trastorna los fundamentos materiales y espirituales de la sociedad; bien sabemos que estamos en peligro, que las instituciones están erosionadas y que nos afectan sin importar diferencias, pero los más vulnerables son los grupos sociales marginados, las mujeres, los desempleados, las personas que viven en la calle.

Ingenuamente creíamos que el sistema de salud estaba compuesto por personal de salud, hospitales, clínicas, equipos médicos, farmacias, códigos éticos y un conjunto de teorías y prácticas médicas encargadas de cuidarnos. Ahora vemos que hay más cosas que no estaban tan ocultas y que parecen opuestas al cuidado.

Sabemos también que hay control y monopolio de patentes, de medicamentos, empresas que elaboran insumos médicos para generar ganancias, un sistema mundial que controla, organiza, distribuye, negocia y pone precio a todo dependiendo de la demanda del mercado. Toda una organización global que se esfuerza en privatizar y banalizar los sistemas de salud pública. Y, sin perdón alguno, grupos políticos y empresariales que se lucraron en la pandemia a costa de la salud de miles de personas.

Parecía claro que lo mejor era coordinar esfuerzos globales para producir y distribuir equitativamente alimentos e insumos médicos, pero tal cuestión se volvió poco probable en las condiciones de la supuesta sociedad globalizada y del libre mercado.

Sigue sin considerarse que las mejores respuestas a las enfermedades están en relacionar de mejor forma el conocimiento, la cultura y a los países, en vez de amenazar con invadir, bloquear, arrestar e imponer sanciones a supuestos enemigos políticos.

Algo importante derivado de la crisis sanitaria mundial y del impacto climático es que se puede replantear la vida, las relaciones, la convivencia, la forma de expresar afectos, revisar las expresiones culturales; ojalá ocurra también en la organización del poder, en el desarrollo de la conciencia, en la lucha contra la desigualdad, en el cuidado de la naturaleza y de las personas.

Por ello, además de una efectiva solidaridad, necesitamos edificar nuevas formas de humanismo que potencien a nivel global esa solidaridad que respete las diferencias culturales, la diversidad humana y propicie condiciones reales de salud y educación pública sin exclusiones.

Parece que desde ese momento de crisis global hay otras actividades que deben rendir cuentas sobre su forma de manifestarse; me refiero a la política y a la ciencia. Es evidente la necesidad de hacer realidad la política verdadera, que no es más que la que hace efectiva la mejora de las condiciones de vida de los más desprotegidos, propiciando condiciones para reducir la desigualdad con menos desempleo y mejoras en los sistemas de salud y educación.

Esa política que vale la pena repensar para democratizar la sociedad, respetar la naturaleza, garantizar alimentos, reducir la criminalidad, combatir la violencia contra las mujeres, frenar los crímenes de odio y, sobre todo, el incondicional respeto a la vida humana y a todas las creencias y opiniones.

Estos momentos de desarrollo son impensables de lograr en las condiciones actuales, cuando grupos económicos ávidos de riquezas materiales tienen como regla de vida la corrupción, el saqueo de los fondos públicos y la impunidad.

Por otro lado, las limitaciones de lo que comúnmente se denomina ciencia pueden verse en que el método no ha sido suficiente para estudiar algo tan básico como las posibilidades de edificar vidas dignas sin necesidad de imposiciones.

La ciencia moderna tiende más bien a la especialización y fragmentación de la realidad, cuestión ajena a la convivencia humana y a la necesidad de disfrutar de la felicidad. La ciencia que se cultiva en nuestras universidades sólo podrá formar personas atentas al horario, plegadas a los códigos y capacitadas en la descripción de las cosas.

En definitiva, es indispensable mostrar las relaciones que hay entre la ciencia y sus consecuencias éticas y tener presente que no es suficiente discutir sobre ellas para creer que estamos a tono con los tiempos ni afirmar que la crítica es el instrumento fundamental del debate, cuando todo puede tomar forma de simulación académica. Y en especial, tener presente que el capitalismo hace de la cultura uno de sus instrumentos más eficaces de dominación.

Cierro con algo dicho por Bertrand Russell (1872-1970), un notable matemático, literato y filósofo inglés, a quien le parecía que ahora se trata de domesticar en vez de formar en el conocimiento crítico y en la alegría del pensamiento libre:

La alegría de la aventura intelectual es más común en los jóvenes que en los hombres y mujeres maduros… El pensamiento es subversivo y revolucionario, destructor y terrible; el pensamiento es inclemente con los privilegios, las instituciones establecidas y los hábitos cómodos; el pensamiento es anárquico y sin ley, indiferente a la autoridad y despreocupado de la bien probada sabiduría de la edad… Pero si el pensamiento ha de ser posesión de muchos, no privilegio de unos pocos, hemos de acabar con el temor. Es el temor el que hace retroceder a los hombres: el temor a que sus queridas creencias resulten erróneas; el temor a que las instituciones por las que viven resulten perjudiciales, el temor a que ellos mismos sean menos dignos de respeto de lo que se imaginan… ¿Debe pensar libremente el trabajador acerca de la propiedad? Entonces, ¿qué será de nosotros los ricos? ¿Deben pensar libremente los jóvenes en las cuestiones sexuales? Entonces, ¿qué será de la moralidad? ¿Han de pensar los soldados libremente acerca de la guerra? Entonces, ¿qué será de la disciplina militar? ¡Fuera el pensamiento! Regresaremos a las sombras del prejuicio para que la propiedad, la moral y la guerra no resulten comprometidas. Es preferible que los hombres sean estúpidos, perezosos y opresivos a que su pensamiento sea libre, pues si su pensamiento fuese libre no pensarían como piensan. Y a toda costa debe impedirse este desastre[3].

Así argumentan los adversarios del pensamiento en la inconsciente profundidad de sus almas. Y así obran en sus iglesias, en sus escuelas y sus universidades.


[*]       Profesor de Filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH), jubilado.

[2]       Very Important Person, persona muy importante.

[3]       Para una referencia bibliográfica sobre los temas aquí tratados, puede consultarse: redfilosoficadeluruguay.wordpress.com

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