Chema Tojeira: El paso de un ángel por nuestras vidas y recuerdos

Ismael Moreno (sj)*

José María Tojeira (Vigo 1947 – Ciudad de Guatemala 2025) fue generoso ante las debilidades de los demás y nunca condenó a nadie. Fue un verdadero colaborador, cercano y discreto consejero, sin hacer sombra, no obstante el reconocimiento que recibió por su papel decisivo en la lucha por el esclarecimiento del asesinato de los jesuitas de la UCA, y de Elba y Celina, en 1989.


Lo conocí en 1974. Estaba yo en el Instituto San José, en El Progreso, y él fue invitado a darnos un retiro espiritual junto al Padre Miguel Barbieri, también jesuita, en el edificio que se construyó para lo que entonces se llamaba apostólica; es decir, un internado de jóvenes postulantes a la Compañía de Jesús. 

Para entonces, el edificio estaba en franco proceso de decadencia. Era de dos pisos, y el de abajo estaba habilitado para encuentros y retiros cortos. Ahí llegaba el flacucho y espigado Chema Tojeira, con sus ojos azules que despertaban la emoción de las jovencitas y su capacidad para atraer a la muchachada con su sentido del humor como para reírse de todo, desde lo más sagrado hasta sus propios defectos; y así lo hizo durante toda su vida, incluso en los peores y críticos tiempos de sangre y fuego que le tocó vivir y también sufrir.

En aquel encuentro pasé desapercibido; nunca supo que fue entonces cuando lo conocí. Sería dos años después, en 1976, cuando habría de comenzar nuestra amistad. Estaba yo en el último año de colegio, era el presidente de los estudiantes del Instituto, y estábamos prontos a celebrar el mes de la Independencia que, en la ciudad de El Progreso, coincide con las fiestas patronales de la Virgen de Las Mercedes. 

Chema era entonces el director de Radio Progreso, cuyas instalaciones estaban en la planta baja de uno de aquellos barracones heredados de las compañías bananeras en el mero centro de la ciudad, justo al lado del templo católico principal. Hecho un amasijo de nervios, me acerqué ante el hombre espigado para decirle que quería hablar con él. 

En esas circunstancias, mis nervios dejaban expuesta mi tartamudez, la que cargué a lo largo de mi vida, acentuada cuando los nervios me jugaban las malas pasadas que me han acompañado siempre. Me vio y me preguntó si era yo del San José, y de inmediato se puso a contar historias y a reírse de lo que contaba. Entonces le pedí el favor: si la radio podía apoyarnos en la organización de unas carrozas-protesta que estábamos organizando para un desfile el mero día de la Independencia. 

Tanto le debió sorprender aquella iniciativa al joven cura jesuita que, de inmediato, me dijo que contara con la unidad móvil y los anuncios en la radio, todas las veces que quisiera. Así iniciamos una amistad que duraría hasta que en la mañana del 5 de septiembre expiró, abatido por un fulminante infarto.

Una prueba de fuego

Tanta confianza tenía en la muchachada que, una vez que pasó aquella actividad de las carrozas, me buscaba y me invitaba a que fuera a visitarlo a la radio. Un día llegué sin avisar —como siempre habría de ocurrir en el transcurso de la vida, él y yo nos buscábamos sin previo aviso—, pero esa vez seguramente tenía asuntos inmediatos por resolver y, en lugar de decirme que no podía recibirme, me dio un papel y un lápiz y me dijo que escribiera un editorial para la radio, sobre lo que había sido aquella experiencia de las carrozas-protesta. 

Yo agarré el papel y el lápiz y, cuando él regresó una hora después, no había escrito ni siquiera una línea. «La próxima vez lo harás —me dijo— estoy seguro». Y de inmediato me lanzó la tarea: «Tendrás un programa de radio una vez a la semana, el sábado en la tarde». Y qué hago yo con eso, me dije, sudando de miedo. «Lo harás muy bien», dijo con su risa siempre sonora. Y no lo hice nada bien. Al contrario, lo hice pésimamente. 

Aquel impresentable programa se llamaba «Así es Honduras»; sin imaginarlo en ese momento, ese «Así» habría de acompañar el título de muchos de mis artículos: «Así es la vida», «Así van nuestros políticos», «Así nos tratan los gringos», «Así va Centroamérica», «Así es la Iglesia»… Un día, sin que ellos se enteraran, escuché cuando Chema y un maestrillo jesuita, destinado a trabajar en la emisora, hablaban en un pasillo de la radio. Escuché, con toda claridad, cuando el maestrillo le dijo con tono de español enojado: «¿Y cuándo le quitarás ese programa estúpido a ese muchacho tartamudo?». Fue un feroz aviso, que me llevó casi de inmediato a facilitarle la decisión a Chema: le dije que ya estaba aburrido de ir los sábados a presentar el programa. 

Salíamos los fines de semana

Chema vivía en un antiguo barracón que la compañía bananera le había cedido a la Compañía de Jesús. Aquella propiedad pasó de compañía a Compañía, una decisión que tanto fustigó el Padre Guadalupe Carney quien, con ese argumento, decidió vivir en otra casa, fuera de la ciudad, en la aldea Camalote, en la carretera que conduce al puerto de Tela. 

Tan pronto almorzaba, Chema agarraba la moto, y yo sabía que a eso de la una de la tarde sonaría el motor de aquella moto. Entraba a saludar un ratito a mi señora madre, hacía una que otra broma con quienes estaban en casa, y salíamos, para mí, sin rumbo fijo. Pero Chema sí sabía los rumbos. Una vez a Tela. Otra vez al Merendón, la hermosa cordillera que bordea San Pedro Sula; ahí nos tomábamos una coca-cola en una cafetería que se encontraba exactamente debajo del gran rótulo de Coca-Cola que podía verse desde todo el valle de Sula. Otras veces nos quedábamos en esa ciudad —llamada de los zorzales— para saborear un helado, mientras yo escuchaba a Chema hablar de cualquier cosa. 

En otras ocasiones concertaba una cita con algún amigo o con un personaje de la política, como ocurrió en una ocasión en una cafetería en el centro de aquella ciudad. Se citó con Herminio Deras, un comunista de pura cepa, maestro, dirigente político y formador. En esa plática logré captar que no era propiamente la primera vez que se encontraban, y no era solo por amistad —que la tenían, y mucha—, sino también por una relación de trabajo y coordinación política. En otra ocasión se sentó a conversar con un militar, y con frecuencia lo hacía con periodistas, como Manuel Gamero, el respetable director de Diario Tiempo

Otras veces conseguía el carro de la unidad móvil de la radio y entonces buscábamos a Oswaldo Martínez, Beto Acevedo o a Marvin Barahona, y nos íbamos a la casa jesuita del Triunfo de la Cruz y bañábamos por largos ratos, mientras Chema nos contaba historias, o yo los escuchaba discutir sobre política.

Yo sólo escuchaba…

Por ese entonces, Chema estaba convencido de que yo tenía una mentalidad de derecha, e intuyo que creía que lo sería por el resto de mi vida. Quizá por eso tenía un trato algo diferente, porque Oswaldo y Marvin eran jóvenes que militaban en el partido comunista pro soviético, y con ellos podía polemizar sobre la izquierda.

Chema siempre los provocaba, especialmente porque cuestionaba que la Unión Soviética había tomado el giro opresor y tiránico de Stalin. Marvin, sobre todo, argumentaba con mayor soltura porque a su corta edad ya leía incansablemente, y así lo fue durante toda su vida, hasta descollar por encima de los demás con sus estudios superiores en Historia, siempre con el apoyo de Chema. 

Yo solo escuchaba, pues no tenía capacidad para hablar de esos temas. Y no es que fuera de derecha, sino que me faltaba lectura, y aquellas discusiones me provocaron la necesidad de acudir a los libros, tanto de política como luego de literatura e historia. En parte me sentí retado por lo que escuchaba en aquellas discusiones, muchas de ellas seguramente estériles, al recuerdo de la distancia. Pero me provocaba envidia escucharlas y no tener capacidad para intervenir. 

Fue entonces cuando me dieron unos deseos enormes de leer y leer, y luego, por militar en el partido comunista; y comencé a leer insaciablemente folletos y panfletos, casi todos pro soviéticos. Así comencé, con timidez, pero con interés, a participar en aquellas discusiones, y Chema comenzó a tomarme en cuenta. Todavía no sabía lo que él buscaba conmigo. Tampoco creo que lo buscara. La amistad bastaba. Casi siempre que salíamos solos, acabábamos en una misa en alguno de los barrios o colonias de El Progreso. Y casi siempre, al terminar y cuando nos subíamos a la moto, me preguntaba sobre las lecturas, de modo que yo debía estar atento en la misa.

El primer atarrayazo

Terminé mis estudios en el colegio San José, y Chema se encargó de buscarme una beca con los jesuitas, para que me trasladara a Tegucigalpa e iniciar mis estudios de Derecho. Él mismo se encargó de gestionar para que yo formara parte de la comunidad de estudiantes del Centro Loyola, que en aquel entonces dirigía el padre Miguel Barbieri, con quien logré entablar una relación de mucha cercanía; pero, unos pocos meses después, él decidió salir de la Compañía de Jesús y dejar el sacerdocio. 

Mientras cursaba el primer mes de estudios en la universidad, Chema me lanzó el primer atarrayazo: «¿Y vos no has pensado en hacerte jesuita? Yo te veo en la Compañía de Jesús». No le respondí, pero sentí que aquello era como una estaca que se me clavaba en el corazón. Yo estaba enamorado de una jovencita de El Progreso quien, seguramente, nunca le perdonó a Chema que se hubiese entrometido en aquella relación que podría haber avanzado hacia el matrimonio. 

Pero, además, me había metido hasta los tuétanos en la política. Ya pertenecía a una célula comunista que la dirigía, primero, el dirigente obrero Tomás Nativí; y luego, el catedrático de filosofía, Matías Funes. Yo me había ilusionado con los jesuitas en 1974, cuando hacía excursiones a las montañas. Pero, una vez que me entusiasmé con la política, perdí el interés. 

En ese tiempo, Chema me visitaba constantemente cuando coincidía con sus incursiones en el mundo político, social y académico de la capital. Y siempre salíamos a tomar la coca-cola, o a saborear el helado. Tanta era su preocupación por mi situación, que antes de irme a vivir a la capital me llevó a San Pedro Sula para comprarme una «chumpa». «Es para el frío que te espera en Tegucigalpa», me dijo, mientras pagaba en una tienda de la tercera avenida de la llamada capital industrial del país.

Respondí a su pregunta

Ocurrió el asesinato de Rutilio Grande, el 12 de marzo de 1977. Los jesuitas fueron noticia de primera plana no solo en El Salvador. En Honduras también. Al día siguiente, Chema se paseaba por los pasillos del Centro Loyola, y me le acerqué. «Chema —le dije, más tartamudo que nunca— si mataron al Padre Rutilio, entonces te respondo a lo que me preguntaste la otra vez. Sí, quiero ser jesuita». Así sellé mi vida. Lo demás fue asunto de puro trámite. 

En febrero de 1978, Chema me llevó de El Progreso a Tegucigalpa, luego de tratar de dar consuelo a doña Lita, mi madre, quien no entendía que yo me separara de ella, siendo el menor de sus hijos varones. El 12 de febrero me condujo al Aeropuerto Toncontín para tomar, por primera vez, un vuelo en avión de TAN-SAHSA, con rumbo a Panamá para iniciar el noviciado.

Debo reconocer que, durante muchos años, tuve con Chema una relación de dependencia. Siempre fue la persona referente, quizás incluso como sustituto de mi padre, cuya muerte ocurrió un poco antes de que Chema apareciera en mi vida. Y debieron pasar muchos años, para lograr superar esta dependencia. 

Su ruptura más honda

El proceso no dejó de ser algo doloroso. Para ambos. Ocurrió durante el tiempo de mis estudios de Teología en San Salvador, entre 1985 y 1989. Yo estaba en mi etapa de magisterio en la parroquia de Tocoa, cuando supe que el superior provincial había elegido a Chema para ser rector de los estudiantes de Teología. Debía dejar Honduras, justo cuando había alcanzado un alto nivel de reconocimiento en el mundo eclesial y el ámbito de lo político y social. 

Fue su ruptura más honda, y en ella Chema puso a prueba su obediencia a la Compañía de Jesús. Le costó mucho tiempo, quizás años, encajar esta ruptura con un país y una gente donde había decidido echar sus raíces y con la que echaría a rodar su suerte. Pero así va la vida en la misión de la Compañía de Jesús. 

Ya había pasado por el dolor y la frustración de haber experimentado el cierre abrupto de Radio Progreso, en marzo de 1979, como consecuencia de la impronta que le imprimió a la radio en su compromiso con las luchas sociales y las organizaciones populares; y haber puesto la comunicación al servicio de la fe y la justicia. 

Pasó tres meses intensos, moviéndose a la capital para presionar por la reapertura de la radio. Recurrió a sus amigos políticos, funcionarios y religiosos, fraguados en esos años, para contar con palancas, sin las cuales es imposible lograr que la justicia actúe conforme al Estado de derecho, en ese tiempo truncado por los continuos golpes de Estado impulsados por los militares.

Cuando a inicios de 1985 recibió el nombramiento para ser rector de teólogos, me animó a que iniciara mis estudios de teología. Acepté con muchas dudas en mi corazón. Decidí algo a ciegas, dejándome llevar por lo que yo creía que Dios me llamaba, a través de la invitación de Chema Tojeira. Ya en El Salvador, ocurrió seguramente el proceso de mi independencia con respecto de Chema, justamente cuando nos tocó compartir comunidad y él era mi superior. 

La relación cotidiana con mis compañeros jesuitas me fue dando autonomía, y me planté con una crítica acre y con ínfulas de cuestionamiento, la mayoría argumentos insensatos. Cuando conversamos con tranquilidad, Chema me hizo saber lo mucho que lo hacían sufrir mis críticas, sobre todo cuando las hacía en público; decía que le dolían más puesto que yo era quien más lo conocía en aquel grupo de estudiantes de teología. «Sabés aprovechar las debilidades que conocés, para hacerme daño», me dijo en varias ocasiones, con mucho dolor. Alguna vez ambos terminamos llorando por nuestras miserias humanas. Muchísimas más las mías que las de él, siempre generoso y con capacidad de sacudirse de todos los problemas por muy hondos que pudieran haber sido para su vida.

Nunca condenó a nadie

Chema tuvo una especial capacidad para reconocer sus fragilidades y expresarlas con humildad a sus compañeros cercanos. Esto lo capacitó, sin duda, para ser generoso ante las debilidades de los demás. Nunca condenó a nadie, y lo escuché muchas veces decir cuánto hubiese deseado no haber escrito tal o cual cosa, o no haber dicho aquellas expresiones. 

Y así lo testimonió en sus intercambios epistolares con nuestro común amigo, el exjesuita español Javi García Ordiz quien, en 1983, criticó acremente a Chema tras los sucesos trágicos relacionados con la columna guerrillera que, en su intento de hacer la revolución, salió de Nicaragua y fracasó tan pronto ingresó a territorio hondureño. 

En esa columna venía el Padre Guadalupe, quien ya había dimitido de la Compañía de Jesús. Siendo superior de los jesuitas de Honduras, Chema Tojeira escribió un comunicado en el cual calificó como un «error» la decisión de Lupe de alzarse en armas. Cuarenta años después, en su intercambio epistolar, Chema le escribió a Javi:

Releyendo el comunicado que escribí (21 de sept de 1983) veo con claridad ahora (26 de marzo de 2020) que no debí escribir esas dos palabras «aunque errónea». Era más que suficiente decir que su decisión la tomó en conciencia. Añadir lo de errónea no deja de ser una mezcla de soberbia en el juzgar con un desmarque innecesario. Estaba joven y probablemente era un poco prepotente de más, pero bueno, la vida pasada no se puede cambiar, solo aprender de ella… 

Sus raíces en El Salvador

Así fue Chema. Su grandeza se mide por su extraordinario don ser humano, su capacidad para vivir cotidianamente con su don de gente servicial, ameno, agradable y lúcido en su manera cotidiana de vivir y de compartir. Aunque crecí en autonomía, nunca dejé de estar a remolque de su manera de vivir y de sus decisiones. 

Siendo provincial, fue quien me animó a dar los pasos siguientes en mi vida de jesuita, primero para mi ordenación en enero de 1989, con el destino que me dio a la parroquia de Tocoa, luego para que aceptara ser superior de la comunidad en la zona del Aguán, para ir a la Tercera Probación y luego como uno de sus consultores de provincia.

Su vida como rector de teólogos le resultó difícil por su apego y nostalgias hondureñas. Esto fue así porque Chema estaba arraigado en Honduras, se había hecho un hondureño más, incluso en su lenguaje, además de haberse nacionalizado formalmente. El desarraigo fue un dolor profundo. Necesitaba arraigo en El Salvador. Él mismo contaba que constantemente estuvo pidiendo a su provincial que lo devolviera a Honduras. Y, mientras esperaba el retorno, escribió su libro Panorama histórico de la Iglesia en Honduras. Uno entraba a su habitación y se encontraba con una cama cubierta de papeles, un escritorio con un promontorio de documentos y con un hombre tecleando en su máquina Olympia. Entraba yo, casi siempre sin tocar la puerta, y tan pronto lo miraba le decía: «Siempre el Chema, disparando auroras». 

Así escribió su libro: pegado a su país Honduras y en resistencia a dejarse enraizar en El Salvador. Él lo cuenta de manera sencilla: 

Mi raíz en El Salvador la comencé a enterrar luego que ocurrió el terremoto del 10 de octubre de 1986. Los teólogos estaban apoyando a los damnificados, y me invitaron a la zona. Cargaba sacos de maíz, frijoles, arroz o harina; en las noches dormía encima de los sacos. Y comencé a relacionarme con las señoras y los chavos, quienes a su vez me llevaron a conocer a sus amigos presos en Mariona, la cárcel de San Salvador. 

Así vació el cariño con este pueblo. Cuando el provincial le preguntó si todavía quería regresar a Honduras, Chema ya había comenzado a echar las raíces en un pueblo del cual ya no se desprendió a lo largo de cuarenta años. Para entonces, se había abierto camino con su amistad con los jóvenes. 

Lo cierto es que tenía una capacidad admirable para relacionarse con la gente, tanto que cada uno de quienes lo tuvimos cerca lo experimentamos siempre como amigo único. Así fue: centenares de personas experimentaron un vínculo humano y espiritual exclusivo, porque cada uno fue exclusivo para él, porque Chema personalizó cada relación de amistad. Sin duda, lo podemos nombrar como el amigo personal de la gente, el amigo de su pueblo, pero con una relación única con cada persona de ese pueblo.

Cuando yo estaba en el sector social de la Provincia, muy cercano de Piquito y Ricardo Falla, este último me molestaba diciendo que yo era un espía del provincial en las reuniones y seminarios del sector social. En una ocasión, escuché cuando en una reunión de este sector le pidieron que enviara a un jesuita, que estuviera claro de los riegos, a cubrir las vacaciones de Ricardo Falla en el Ixcán, zona de guerra, en el norte del departamento del Quiché. 

Una vez que terminó la reunión fui donde Chema. Le dije que escuché lo que habían hablado y que yo me ofrecía para ir a esa zona. Me dijo: fíjate que solo en vos había pensado, pero no te lo podía pedir porque me preocupa que te pase algo. No me lo perdonaría doña Lita. Se levantó, llamó a los del sector social —el CIAS, se llamaba todavía— y les dijo: «Melo irá al Ixcán». 

Ricardo Falla, medio en broma medio en serio, como es él, se acercó con su socarrona sonrisa y me dijo, «Así que vas de espía del provincial». Y me dio un abrazo muy agradecido por mi decisión y el envío del provincial. 

Esto significaba que yo debía dejar, al menos por un tiempo, mi misión como párroco en Tocoa. Así fue primero, por cuatro meses, a finales de 1990. Pero luego fue por año y medio, cuando Falla debió salir del Ixcán por amenaza real de muerte por parte del ejército de Guatemala. 

Rumbo a tierra sagrada

Chema me acompañó a la sede del obispo Julio Cabrera, en Santa Cruz del Quiché. Como un padre, me presentó y entregó al obispo para que quedara en sus manos. Ir a la zona del Ixcán era complejo. Debía ir primero a México, desde donde debía entrar clandestinamente a Guatemala sin documentos, por una zona ciega de la frontera. Debía ingresar de noche para evitar al ejército, tanto de México como de Guatemala. 

Una vez en territorio guatemalteco, debía caminar al menos por dos días entre la selva y lodazales hasta llegar a la primera Comunidad de Población en Resistencia. Y andar caminando todo el tiempo, listo para salir huyendo cuando se apareciera el ejército. Chema me presentó al obispo Julio Cabrera, quien me dio un gran abrazo de saludo, me explicó lo que significaba ir a esa misión y los peligros a los que me exponía. Entonces me arrodillé ante el obispo, teniendo a Chema de testigo. Me dio la bendición, con las siguientes palabras:

Melo, vas a una tierra sagrada, bañada de sangre indígena inocente, vas en mi nombre, tú serás mi delegado entre esa población. Vas con mi bendición, lo que hagas es como si yo lo hiciera, y si te equivocas es porque yo también me estaré equivocando.

Vi de reojo a Chema y sus ojos estaban humedecidos. Cuando me puse de pie me dio un abrazo, cabal como el de un padre que deja ir a su hijo a una aventura en la que ponía en alto riesgo su propia vida.

Un verdadero colaborador y discreto consejero

Después de estar de párroco en Tocoa por cerca de ocho años, el provincial que sucedió a Chema, Adán Cuadra, me destinó a acompañar en la formación de los jóvenes jesuitas. Chema era entonces rector de la UCA, y me tuvo como su superior en la comunidad de los estudiantes, siendo yo rector de teólogos y a la vez superior de filósofos, en una de cuyas casas vivía Chema. 

Fue un verdadero colaborador, cercano y discreto consejero, sin hacer sombra, no obstante el alto reconocimiento que para entonces —la segunda mitad de la década de 1990— ya tenía en el país, un reconocimiento cristalizado por su papel decisivo en la lucha por el esclarecimiento del asesinato de los jesuitas de la UCA y Elba y Celina en 1989. 

Regresé a El Progreso en agosto de 2001, para asumir la misión como director del ERIC y, siendo también superior, el provincial me encargó dar todos los pasos necesarios para convertir al ERIC y Radio Progreso en una única plataforma apostólica, empresa que me llevó al menos doce años. En esta tarea conté siempre con el apoyo y la palabra oportuna de Chema. Pocas veces nos comunicábamos, podíamos pasar meses enteros sin un solo correo, pero bastaba que surgiera una necesidad para que lo buscara, y siempre lo encontraba con toda su disponibilidad.

La Compañía de Jesús sabía de nuestros estrechos vínculos, y así procedía cuando las ocasiones conflictivas se presentaban. En 2002 y 2003 participamos como ERIC en las movilizaciones contra la privatización del agua potable. Organizamos diversas actividades de protesta, demandando que el Congreso Nacional no aprobara el dictamen de ley que se había elaborado con el auspicio del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). 

El dictamen decía que el agua sería municipalizada, pero a través de esa figura se pasaba a la privatización. En la movilización, que acabó con una fuerte represión, tuve una participación pública que conllevó a que parte de la jerarquía de la Iglesia pidiera que la Compañía de Jesús me sacara del país. El provincial envió a Chema como visitador y, con base en su informe, se tomaría una decisión. Por supuesto, él recomendó que no podían sacarme del país y, por el contrario, dijo que debía recibir mayor respaldo de la Provincia centroamericana. 

Para la llamada crisis poselectoral, luego de las elecciones fraudulentas por las que Juan Orlando Hernández se reeligió inconstitucionalmente, en diciembre de 2017, en un ambiente de fuerte represión y amenazas para nuestra Radio y nuestros periodistas y promotores sociales, la Compañía de Jesús, a nivel de la Conferencia de Provinciales, envío una delegación, encabezada por Chema Tojeira, para que diera un informe de la situación.

La comisión ratificó el servicio apostólico que Radio Progreso y el ERIC debían seguir ofreciendo a la sociedad hondureña desde su apostolado social. Chema no solo entrevistó a miembros de la Compañía de Jesús, de la Iglesia y organismos de derechos humanos y sociales, sino que también acompañó caminatas de protesta, siempre a mi lado, como en todos los acontecimientos fundamentales de mi vida.

Nos hizo llevaderas nuestras tristezas

En noviembre de 2021, Chema dirigió los Ejercicios Espirituales de los jesuitas en Honduras, y fue la ocasión que aprovechamos para dar rienda suelta a tantas cosas de nuestras vidas no compartidas a lo largo de casi veinte años de andar cada cual en sus andadas apostólicas y humanas. Hicimos recuento de nuestras vidas y confirmamos nuestra amistad sin hacer juramentos de sangre, pero sí complicidades tácitas. Chema tenía una memoria prodigiosa y recordaba los detalles y los nombres de las personas con quienes trataba. Y lo que no recordaba, se lo inventaba. 

Salía yo de la misa en la Catedral de Las Mercedes, el domingo 31 de agosto. Eran las 10:20 am. Una mujer de unos 80 años, ministra de la Eucaristía, se me acercó. «Padre Melo, hace mucho tiempo quería decirle algo, pero como sólo lo veo y lo escucho por la televisión y la radio, no se lo he dicho». La señora delgada, en tono discreto y con señales de muchas cargas en su vida, prosiguió. «Yo sé que usted y yo tenemos un ángel que un día el Señor nos envió y nos llenó de vida, nos hizo llevaderas nuestras tristezas». 

Yo todavía no me quitaba los ornamentos, esos trapos estrafalarios de las liturgias formales de catedral que incluye la casulla con el aumento del sofoco que esto supone en esta zona calurosa del valle de Sula. Decidí seguir escuchándola, pensando que sin duda me hablaría de la Virgen María o de Monseñor Romero. «¿Sabe a qué ángel me refiero, verdad, padre?», me preguntó más como retórica que como pregunta real. «Me refiero al Padre Chema Tojeira. Él me habló mucho de usted, me dijo que lo conocía desde jovencito». Entonces recordé que Chema me había hablado de la familia Menjívar, a la cual conoció a través de su apego por la muchachada. Una familia que conoció después de que yo ingresé a la Compañía de Jesús.

«Soy Martha —me dijo—, el padre Chema me conoció por medio de mis hijos, cuando yo había enviudado. Él fue el ángel que el Señor nos envió para que mis hijos estudiaran. Ellos siempre están en comunicación con el padre. Y yo sé que el padre y usted son muy amigos. Y por eso usted y yo también somos amigos. Nos une un ángel». Nos despedimos con un abrazo.

Cuando a las 10:20 am del viernes 5 de septiembre una compañera de la Radio me llamó para darme la apabullante noticia de la muerte de Chema, llamé de inmediato al sacristán de la catedral para que me diera el número de doña Martha. «Esperaba su llamada», me dijo con voz cortada, «sabía que me llamaría porque se nos fue el ángel a través del cual el Señor nos visitó».

Pero no vamos a estar tristes, porque ese ángel nos seguirá cuidando, y nos irá librando de los peligros. Sobre todo, a usted, Padre Melo. Él lo cuidará porque a usted y a sus hermanos jesuitas les toca seguir con su misión. Hasta que usted y él se encuentren de nuevo. 

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